Donde coinciden nuestras coordenadas

V. Lo que queda cuando todo está bien

Qué extraño que la felicidad también pueda tener habitaciones vacías.

Hay días que llegan completos: la risa todavía tibia en los labios, el sol derramándose sobre las mesas, alguna canción haciéndose hogar por unos minutos. Y parece suficiente.

Casi.

Porque después, cuando la tarde recoge sus cosas y las calles comienzan a quedarse sin ruido, vuelve. No la tristeza. Algo más difícil. Una pequeña ausencia sin rostro, sin nombre, sin fecha de nacimiento. Algo que se sienta al borde de su cama y mira con ella todo lo que tiene. Y Violet tampoco sabe qué decirle.

Ha aprendido a estar consigo misma. A conocer el sonido de sus propios pasos, a elegir una ciudad solo porque le gusta cómo cae la lluvia, a entrar en lugares desconocidos sin necesitar que nadie le diga que puede habitarlo. Ha aprendido incluso a querer su propia compañía. Entonces, ¿por qué hay noches en las que el mundo entero parece caber en sus manos y aun así siente que le falta algo que nunca tuvo? Qué ironía, haber pasado tanto tiempo buscando dónde ir y no saber qué hacer cuando por fin tiene todas las puertas abiertas.

Quizás no quiere una puerta. Quizás quiere esa extraña certeza de que, detrás de alguna, alguien espera.

No. Ni siquiera ella lo sabe.

Tal vez solo está cansada. Tal vez mañana se le pase. Tal vez haya ciudades que todavía no conoce, cafés que todavía no probó, mañanas que todavía no aprendieron su nombre. Tal vez.

Y mientras tanto, sigue llenándose los ojos del mundo. Como si mirar suficiente pudiera hacerla olvidar esa sensación inexplicable de estar llegando a todas partes menos a ella misma.




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