Hay noches en las que la ciudad entera parece tener un lugar al que volver.
Luces encendidas detrás de las ventanas, mesas esperando a alguien, abrigos abandonados sobre las sillas, una voz llamando desde otra habitación.
Y después está Violet. La llave gira, la puerta se abre y el mundo se queda afuera. No siempre le pesa. A veces agradece el silencio, se quita los zapatos, deja la mochila en cualquier rincón y se prepara algo caliente mientras la noche se acomoda alrededor de ella.
Hay días en que eso basta. Pero existen otros días en que una taza sobre la mesa parece demasiado sola. En que la cama se siente más grande de lo necesario. En que descubre que conocer una ciudad no significa tener un lugar en ella.
Y entonces mira sus cosas, los libros que viajó cargando, las fotografías sin marco, algún recuerdo comprado para no olvidar dónde estuvo. Todo le pertenece.
Pero nada parecía esperarla.
Quizás eso era lo que siempre había buscado sin saberlo: no un sitio donde quedarse, sino un sitio que también supiera que ella había llegado.
Algo tan sencillo como abrir una puerta y sentir que el día por fin terminó. Violet nunca habla de eso. Al día siguiente volverá a salir. Habrá una mesa junto a una ventana, un café enfriándose despacio, alguna persona nueva que terminará formando parte de una historia que quizá dure unos meses, quizá unos años.
Y estará bien. Estará realmente bien.
Porque también aprendió que una vida puede llenarse de momentos hermosos sin dejar de tener alguna habitación a oscuras. Solo algunas noches, cuando vuelve a girar la llave y escucha el pequeño eco de sus propios pasos, Violet se pregunta cómo será llegar algún día y no sentir que está volviendo a ninguna parte.