Hay despedidas que no necesitan una valija. A veces alcanzan unas respuestas más cortas, dos sillas que dejan de encontrarse, un nombre que tarda demasiado en aparecer en la pantalla. Y nadie dice nada. Eso era lo peor.
Violet sabía marcharse cuando una puerta se cerraba. Lo difícil era reconocer cuándo había comenzado a cerrarse. Había personas que se alejaban despacio, como la luz de una habitación cuando llega la tarde.
Al principio todavía quedaba suficiente claridad para fingir que nada había cambiado. Ella también fingía. Porque había aprendido a no preguntar demasiado. A no poner el corazón sobre la mesa si podía guardarlo un poco más. Pero algunas personas conseguían atravesar eso. Le conocían las manías, las canciones repetidas, o las historias que contaba cuando ya había confianza. Sabían cuándo estaba cansada aunque dijera que no. Y Violet, sin darse cuenta, les hacía un espacio. Uno pequeño, pero suyo.
Quizás por eso le dolía tanto cuando empezaban a ocuparlo menos. No reclamaba.
Nunca fue buena para pedir que se quedaran. Solo comenzaba a desaparecer unos centímetros cada día. Hasta que un día ya no estaba. Y quizás nadie había querido irse. Quizás simplemente la vida hacía lo que siempre hace: cambiar de dirección sin pedir permiso. Pero Violet todavía no sabía que una despedida no siempre significaba abandono. Que algunas personas podían quererla y aun así marcharse. Que no todo silencio era una puerta cerrándose. Que no toda distancia era una forma de perderla. Todavía no.
Por ahora, cada pequeña ausencia le dejaba la misma pregunta escondida debajo de la lengua: ¿cuánto falta para que vuelvan a irse? Y quizás era por eso que, cuando alguien lograba quedarse, Violet lo quería con un poco más de fuerza de la necesaria. Como si abrazar más fuerte pudiera convencer al tiempo de no llevárselo.