Donde coinciden nuestras coordenadas

X. La costumbre de guardar

Violet guardaba cosas que nadie más habría pensado en conservar.

Una entrada doblada de una tarde cualquiera.

El nombre de una calle que está escrito en el reverso de un papel.

Una flor seca entre las páginas de un libro.

Y, en algún rincón de su equipaje, cosas que todavía olían un poco a casa.

Una pulsera que su madre había dejado alguna vez sobre sus manos como quien entrega algo pequeño sin saber que puede volverse enorme. Una vieja fotografía en la que su padre todavía parecía joven. Algún dibujo de sus hermanos, hecho con esa torpeza hermosa de las cosas que no nacen para ser guardadas y terminan siéndolo. No se había llevado demasiado. Solo aquello que no podía reemplazarse. Porque irse no había significado dejar de quererlos.

Había querido la distancia y lloraba por ella. Había necesitado marcharse y, aun así, hubo noches en las que deseó que alguien la llamara para decirle que volviera.

Qué extraño era amar a quienes también habían sido parte de aquello de lo que una necesitaba escapar. Nunca supo dónde poner ese sentimiento. Así que lo guardó, como guardaba todo.

Las tardes que alguna vez fueron felices. Las palabras que todavía dolían. Las personas que había conocido solo por un tramo del camino. La risa de sus hermanos atravesando alguna habitación que ya no era suya. La voz de su madre diciendo su nombre desde algún lugar de la memoria. Incluso aquellas cosas que había jurado olvidar terminaban encontrando un pequeño espacio entre sus pertenencias. No porque quisiera volver. Sino porque había aprendido que alejarse no borra el amor.

A veces solo lo convierte en una cosa más silenciosa.

Más liviana.

Más lejana.

Pero todavía viva.

Violet guardaba cosas. Quizás porque necesitaba recordar que había pertenecido a algún lugar, aunque aquel lugar nunca hubiera sabido del todo cómo hacerla sentir en casa. Quizás porque, en el fondo, todavía estaba aprendiendo que dejar una casa no significa dejar atrás a quienes vivieron en ella. Y que soltar no siempre es olvidar. A veces es simplemente aprender a llevarse el amor sin llevarse también todo lo que dolía.




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