Donde Coincidimos

Capítulo | 4

P.O.V: Nebraska Grey

La chica me ayuda con unas vendas y me pasa unos guantes, se nota que sabe lo que hace y es bastante parlanchina.

—Por cierto, me llamo Avery.

—Nebraska.

—¿Cómo el estado? —lo pregunta con burla, claramente cree que miento.

—Sí, mi hermana se llama Kansas.

—Nombres exóticos —admite riendo—. Ya está ¿Sabes golpear?

—No —admito.

—Está bien, nunca es tarde para aprender.

—Espera ¿Qué edad tienes?

—Diecisiete —dice mientras se arregla sus guantes.

—¿Y ese golpe?

—Compito en Karate profesionalmente por una academia, pero vengo a entrenar aquí porque el profe es un genio y ganó muchos premios. Tuve una competencia, gané pero me llevé golpes —rueda los ojos como si nada.

—¿Tus padres te dejan?

—Sí. ¿Tú a qué te dedicas?

—Soy psicóloga y psiquiatra —alza las cejas sorprendida.

—Mira, ven aquí. Espera ¿Pagaste?

—Por entrar y utilizar el lugar por una hora.

—Mal —hace una mueca y muerde el interior de su boca, varios de mis pacientes lo hacen por ansiedad—. Bueno, voy a hacer una excepción contigo, no creo que pase nada.

—Está bien. Dime que hacer.

—Primero yo siempre visualizo a alguien que quiero partirle la cara para buscar motivación, luego pienso en cuando daño quiero hacerle y esta es la técnica —ella golpea el saco y este con suerte se mueve un poco—. Así, tu puedes buscar el ritmo que quieras.

—¿Lo puedes repetir? —la chica hace el movimiento y se ve muy profesional—. No creo que pueda hacerlo así.

—Si puedes, solo intenta —tomo aire y lo boto decidida, me acerco al saco y lo quedo viendo para buscar inspiración.

—Espera, tienes que tomarte el cabello —señala y como nota que no tengo liga, ella busca una y amarra mi cabello—. Ahora sí.

Doy el primer golpe y admito que mi mano duele demasiado, me quejo y ella ríe divertida. Me trata de enseñar nuevamente, al final lo vuelvo a intentar y me gusta, es una manera sana de atacar a una persona, en realidad no muy sana, pero si efectiva porque aquí no me pueden denunciar por intento de homicidio.

—Oye, tengo que ir al baño, pero sigue si quieres —dice la chica toda sudada porque estuvo haciendo un ejercicio de patadas múltiples que jamás podría imitar.

—Está bien.

Ella se va y yo me doy un tiempo antes de volver a golpear el saco pensando en que el rostro de Josh está frente a mí burlándose, pero le quito la sonrisa a golpes que me duelen, pero la ira es más grande cada que pienso en él y lo que me hizo.

—Ey —alguien me jala de la cintura y me aleja del saco—. Para que te vas a hacer daño.

Me sueltan y cierro los ojos para calmarme, cuento hasta diez y los abro nuevamente. Frente a mí hay un chico, es muy guapo hay que admitirlo, me saca unos quince centímetros de altura, tiene los músculos definidos pero no se ve tan excéntrico, se ve muy bien en cuanto a compleccion y el tono de su piel me indica que el sol le ha bronceado muy bien. Su rostro es perfecto, mandíbula marcada con una barba de solo un día, sus labios son distintos a los de siempre, tiene el labio superior un poco más grueso que el inferior y eso le da un toque muy sexy, tiene un pequeño corte en el pómulo, su nariz es muy linda, recta y de seguro le hace un perfil perfecto, sus ojos son entre verde y marrón con unas pestañas largas y un tanto curvadas que van perfecto con su ojos almendrado, sus cejas están muy bien perfiladas y tiene un corte en la ceja izquierda que de seguro es estético, su cabezo de rizos castaños algunos cayendo en su frente, su corte es tipo un degradado.

—Gracias —digo recuperando con calma la oxigenación de mi cuerpo.

—Déjame ver si te hiciste daño —me enseña sus palmas y tiendo mis manos.

Con cuidado me quita los guantes y de a poco va quitando las vendas.

—¿Quién te dejó pasar?

—La chica que había aquí me invitó a pasar, me dio los guantes, las vendas también y me dijo cómo golpear —digo con la boca seca.

—No deberías escucharla, ella sigue aprendiendo y no entiende el lema.

—¿Cómo así? —alzo una ceja confundida.

—Las artes marciales o así, son para limpiar el alma, para buscar tu paz y tu equilibrio, no para botar ira ni golpear a medio mundo, es más bien para sanarte —su voz es suave, casi cómo que te relaja.

—¿Cómo sabes que estaba botando ira?

—La mayoría de las mujeres que vienen aquí a “aprender” y golpean como demonios los sacos es porque terminan con los novios y prefieren pasar por aquí antes de ir al psicólogo —revisa mis manos que se sienten demasiado calientes en comparación a las suyas.

—Soy Psicóloga —me mira por entre sus pestañas superiores.

—Bueno, eso es nuevo —admite dejando mis manos—. Tus manos están bien, no golpeaste demasiado como para herirte.

—Mmh —murmuro mordiendo mi labio sin saber qué hacer.

—¿Te quedas a aprender de verdad? 

—Yo creo que sí —frunce el ceño y alza una ceja, de seguro me veo indecisa—. Pero ¿Por qué dices eso de que luego de terminar una relación se debería ir al psicólogo?

—Porque es un trauma, una pérdida por así decirlo y superar las fases del duelo no es nada fácil, deberías saberlo y hacerlo, eres psicóloga.

—Por lo general, nosotros no hacemos lo que aconsejamos —digo meditando sus palabras, él sí entiende—. No pienso pasar por la depresión por un idiota que no lo vale.

—Pero aun así es suficientemente importante en tu mente cómo para incitarte a golpearlo de tal manera —tiene razón.

—¿Eres psicólogo y juegas conmigo?

—No —admite pero suelta unas risitas que mueven algo en mi estómago—. Soy boxeador y practicante profesional de karate, jiu jitsu, taekwondo y muchos más.

—¿Pero querías ser psicólogo o algo así?

—Mi papá era psicólogo.

—¿Era?

—Eres bastante curiosa —me encojo de hombros, entre disculpándome y no—. Falleció hace dos meses.




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