Aprender a quedarse
No todo es tan bonito como lo imaginé.
Y eso fue lo primero que entendí después de varias semanas en la universidad.
Al inicio todo era emoción… cuadernos nuevos, compañeros, profesores hablando de destinos que soñaba conocer. Pero poco a poco, la realidad empezó a sentirse diferente.
Más pesada.
Más real.
Había días en los que no quería levantarme.
No porque no me gustara la carrera…
sino porque no sabía si yo estaba lista para todo lo que implicaba.
Tareas, exposiciones, trabajos en grupo, presión…
y esa sensación constante de que tenía que demostrar algo.
A veces me preguntaba:
“¿De verdad pertenezco aquí?”
Veía a otros compañeros tan seguros, tan preparados…
y yo solo me sentía como alguien que estaba intentando no quedarse atrás.
Pero nadie habla de eso.
Nadie habla del miedo silencioso de no ser suficiente.
Un día, mientras copiaba apuntes sin muchas ganas, el profesor dijo algo que se me quedó grabado:
“El turismo no es para quien quiere viajar… es para quien está dispuesto a aprender a servir, a adaptarse y a crecer.”
Y ahí entendí algo importante.
Esto no se trata solo de llegar a un destino…
se trata de convertirse en la persona que puede estar ahí.
Esa tarde regresé a casa pensando en todo.
En lo difícil que se estaba volviendo…
pero también en lo mucho que había avanzado sin darme cuenta.
No era la misma del primer día.
Ahora sabía más. Sentía más. Dudaba más… pero también soñaba más fuerte.
Tal vez aprender turismo no era solo aprender sobre hoteles o lugares.
Tal vez era aprender a quedarse…
incluso cuando dan ganas de rendirse.
Y esa noche, antes de dormir, me hice una promesa en silencio:
No importa qué tan difícil se ponga… no voy a abandonar este sueño.