Cuando le cuento a alguien que estudio turismo, casi siempre recibo la misma respuesta.
—¡Qué carrera tan bonita! Vas a viajar muchísimo.
Sonrío.
Porque sí, viajar es una de las cosas que más me ilusiona, pero la realidad es mucho más grande que eso.
Estudiar turismo no significa pasar todos los días con una maleta en la mano. Significa aprender a entender a las personas, resolver problemas, trabajar bajo presión y ofrecer un servicio de calidad incluso cuando el cansancio pesa más que las ganas.
Eso es algo que nadie me dijo antes de comenzar.
Y, sinceramente, me hubiera gustado saberlo.
Con el paso de los meses descubrí que cada asignatura tenía un propósito.
Al principio algunas parecían difíciles de relacionar con la carrera.
Había materias sobre administración, legislación, contabilidad, marketing, geografía, patrimonio cultural, planificación turística...
En ocasiones me preguntaba:
—¿Realmente voy a utilizar todo esto algún día?
Con el tiempo comprendí que sí.
Porque un profesional del turismo necesita mucho más que conocer destinos turísticos.
Necesita saber administrar recursos.
Tomar decisiones.
Trabajar con personas de diferentes culturas.
Resolver conflictos.
Hablar con seguridad.
Planificar experiencias.
Y, sobre todo, aprender todos los días.
Recuerdo una clase en la que el profesor nos preguntó:
—¿Qué es el turismo?
Algunos respondieron:
—Viajar.
—Vacaciones.
—Hoteles.
—Playas.
Él sonrió y escribió una frase en la pizarra.
"El turismo conecta personas, culturas y sueños."
Aquella frase cambió mi manera de entender la carrera.
Desde entonces dejé de verla como una profesión relacionada únicamente con destinos.
Comencé a verla como una profesión dedicada a las personas.
También descubrí algo sobre mí.
Soy mucho más fuerte de lo que imaginaba.
Hubo días en los que pensé en rendirme.
Días en los que los trabajos parecían interminables.
Exposiciones que me hacían sentir nerviosa.
Exámenes que me quitaban el sueño.
Pero cada vez que superaba uno de esos obstáculos, ganaba un poco más de confianza.
No era perfecta.
Seguía cometiendo errores.
Pero estaba creciendo.
Y eso era suficiente.
Aquella noche llegué a casa cansada.
Abrí mi cuaderno y escribí una frase que jamás quise olvidar.
"Estudiar turismo no solo me está preparando para conocer el mundo. También me está enseñando a conocerme a mí misma."
Leí esas palabras varias veces.
Después cerré el cuaderno.
Y por primera vez entendí que el viaje más importante no era el que algún día haría en un avión.
Era el que estaba haciendo dentro de mí.