CONTINUACIÓN...
EL DUELO
Porque en cada viaje migratorio —forzado o voluntario— hay un duelo silente. Un duelo anticipado por lo que se pierde, y otro que se vive día a día por lo que no se puede recuperar. A veces, ni siquiera sabemos nombrarlo, pero lo sentimos: en el pecho apretado, en las lágrimas que no siempre caen, en el acento que con el tiempo empieza a confundirse, en los cumpleaños por videollamada, y en esa sensación constante de que algo falta… aunque tengamos lo “necesario”.
Desde la psicología, se habla del “duelo migratorio” como un proceso complejo donde convergen varias pérdidas simultáneas: la lengua compartida, el rol social, el paisaje cotidiano, el sentido de pertenencia. Y a eso se suma lo que no se ve: la identidad fragmentada, la culpa por haber partido o por querer quedarse donde ahora se sobrevive.
Y sin embargo, para muchos de nosotros, la fe ha sido el único equipaje ligero pero suficiente. Porque a falta de certezas, nos aferramos a las promesas. Porque aún lejos, seguimos orando por los que se quedaron. Porque aunque el cuerpo cruce fronteras, el alma aún se arrodilla en el mismo rincón donde aprendió a confiar en Dios.
¿Y qué nos llevamos?
Nos llevamos las voces de quienes amamos, los sabores que tratamos de replicar, los dichos que repetimos como mantras para no olvidar, el na'guara que nos delata; Nos llevamos pedacitos de un país que, aunque herido, sigue latiendo dentro de nosotros. Nos llevamos a Venezuela, como se lleva una cicatriz: visible para quien sabe mirar con amor.