Lucía no recordaba haber tenido miedo de esa casa cuando era niña. La recordaba grande, silenciosa, con el eco de pasos que no siempre eran suyos. Pero esa noche, al cruzar la puerta por primera vez después de tantos años, comprendió que el miedo no había nacido ahí… había crecido.
La cerradura cedió con un quejido largo, casi humano. El olor a humedad y a flores secas la envolvió de inmediato, llevándole un recuerdo borroso de manos arrugadas peinándole el cabello y una voz suave diciéndole que no mirara atrás. Lucía dejó la maleta junto a la entrada y avanzó con cautela, como si temiera despertar algo dormido.
El recibidor estaba intacto. Demasiado.
El reloj antiguo seguía colgado en la pared, detenido exactamente a las once en punto. Lucía frunció el ceño. Recordaba que ese reloj nunca funcionó bien, pero aun así, verlo detenido en la misma hora de sus sueños le provocó un escalofrío. Pasó los dedos por la madera del mueble y sintió el frío atravesarle la piel.
—Solo es el cansancio —murmuró.
Subió las escaleras despacio, contando los escalones sin saber por qué. En el octavo, una corriente de aire le rozó el tobillo. Se detuvo. El pasillo del segundo piso se extendía frente a ella, largo y oscuro, con puertas cerradas a ambos lados. Al fondo, la habitación de su abuela permanecía entreabierta.
Lucía tragó saliva.
Cada paso que daba parecía amplificarse, como si la casa escuchara con atención. Al entrar en la habitación, lo primero que vio fue la cama perfectamente tendida y, sobre la mesita, un ramo de flores secas atado con un listón negro.
No había dejado eso ahí.
El corazón comenzó a latirle con fuerza. Se acercó lentamente y tocó las flores. Estaban frías, como si acabaran de ser sacadas de un lugar sin vida. En ese momento, el reloj de la planta baja sonó.
Una campanada.
Lucía miró su teléfono. Eran las once en punto.
El silencio que siguió fue denso, sofocante. Entonces lo escuchó.
Pasos.
Venían del pasillo. No apresurados, no pesados. Pasos pacientes, seguros de que ella no podía escapar. Lucía se quedó inmóvil, con la respiración contenida, mientras la sombra de alguien se proyectaba bajo la puerta.
—¿Abuela? —susurró, odiándose por lo débil que sonó su voz.
La manija giró lentamente.
Lucía retrocedió hasta chocar con la pared. La puerta se abrió solo unos centímetros. Lo suficiente para que una voz masculina, profunda y cargada de algo que no supo nombrar, se filtrara en la habitación.
—Te fuiste sin despedirte.
El frío le recorrió la columna.
—¿Quién eres? —preguntó, apenas audible.
No hubo respuesta. La puerta se cerró sola con suavidad, como si nunca se hubiera abierto. Los pasos se alejaron, perdiéndose escaleras abajo.
Lucía no durmió esa noche.
A la mañana siguiente, el pueblo de San Umbriel parecía una mentira bien ensayada. La gente caminaba con normalidad, pero sus miradas se desviaban cuando ella las sorprendía observándola. Nadie mencionó a su abuela. Nadie mencionó la casa.
Buscando distraerse, entró a la biblioteca. El lugar olía a polvo antiguo y a páginas gastadas. Entre los estantes, alguien hojeaba un libro con cuidado excesivo.
—No muchos regresan —dijo una voz.
Lucía se giró.
El joven que la miraba tenía el cabello oscuro y los ojos más serios que había visto nunca. No sonreía, pero su expresión no era fría. Era… triste.
—Supongo que algunos lugares llaman de nuevo —respondió ella.
Él asintió lentamente.
—La casa de la colina siempre llama.
Lucía sintió que el estómago se le encogía.
—¿La conoces?
—Más de lo que debería —dijo—. Soy Adrián.
Cuando pronunció su nombre, algo se agitó dentro de ella. Una sensación cálida y peligrosa a la vez. Como un recuerdo que no le pertenecía.
—Lucía.
Adrián la observó durante unos segundos que parecieron eternos.
—No deberías quedarte sola ahí —dijo finalmente.
—¿Por qué todos dicen eso?
Él cerró el libro con cuidado, como si temiera hacer ruido.
—Porque esa casa no está vacía —susurró—. Y no le gusta compartir lo que ama.
Esa noche, de regreso en la casa, Lucía se miró en el espejo del pasillo. Por un instante, su reflejo no estaba solo.
Detrás de ella, alguien sonreía.