Donde El Amor No Descansa

2. Lo que la casa escucha

Lucía despertó con la sensación de no haber dormido sola.

No había recuerdos claros de la noche, solo fragmentos: un susurro demasiado cerca del oído, el peso invisible en el borde de la cama, una respiración que no era la suya acompasándose a su ritmo. Cuando abrió los ojos, la habitación estaba inundada por una luz pálida que entraba a través de las cortinas.

El reloj marcaba las once.

No había avanzado ni un minuto.

Lucía se incorporó con el corazón acelerado. Se levantó despacio, temiendo que cualquier movimiento brusco rompiera algo que no veía. El silencio de la casa era distinto al del día anterior. Ya no se sentía abandonada, sino… ocupada.

Bajó a la cocina. El suelo crujió bajo sus pies, y por un instante creyó escuchar una respuesta, como si alguien caminara al mismo tiempo que ella, imitando sus pasos con una precisión inquietante. Se detuvo. El sonido también se detuvo.

—No —susurró—. No empieces.

Abrió una ventana. El aire frío entró de golpe, llevándose consigo el olor a encierro. Afuera, el jardín parecía descuidado, pero no muerto. Las plantas crecían torcidas, aferrándose a la tierra como si no supieran cómo rendirse. Lucía pensó que la casa era igual.

Pasó la mañana limpiando. Cada objeto que tocaba parecía cargado de memoria. Fotografías en blanco y negro, cartas atadas con un listón oscuro, un collar antiguo escondido en un cajón. Lo sostuvo entre los dedos y sintió una punzada en el pecho, como si el metal reconociera su piel.

Lo dejó donde estaba.

A mediodía, salió al pueblo. Las calles estaban más animadas, pero la sensación de estar fuera de lugar no desapareció. Algunos la saludaban con cortesía; otros fingían no verla. Nadie mencionó su nombre.

La biblioteca se había convertido, sin darse cuenta, en su refugio.

Adrián estaba allí, como si nunca se hubiera ido. El sonido de las páginas al pasar le resultó extrañamente reconfortante.

—Pensé que no volverías hoy —dijo él, sin levantar la vista.

—Pensé que tú tampoco —respondió ella.

Se sentó frente a él. Durante varios minutos, ninguno habló. El silencio no pesaba; se extendía entre ambos con cuidado, como algo que debía respetarse.

—La casa… —comenzó Lucía, y luego se detuvo—. ¿Siempre ha sido así?

Adrián cerró el libro.

—Siempre ha escuchado —respondió—. A veces, eso es peor que ver.

Lucía frunció el ceño.

—Anoche sentí que alguien estaba conmigo.

Adrián apretó la mandíbula. Por primera vez, parecía verdaderamente asustado.

—No estás imaginando cosas —dijo con suavidad—. Pero tampoco deberías intentar entenderlo todavía.

Caminaron juntos al salir. El cielo estaba cubierto y el aire olía a lluvia. Adrián mantenía una distancia respetuosa, pero su presencia era constante, como una promesa silenciosa.

—Si en algún momento quieres irte —dijo él—, hazlo de día.

—¿Y tú? —preguntó ella—. ¿Por qué no te vas?

Adrián se detuvo.

—Porque algunas deudas no se pagan yéndose.

No dijo más.

Al llegar a la casa, Lucía sintió un rechazo físico. Como si cruzar esa puerta fuera aceptar algo que aún no estaba lista para comprender.

—No entres si escuchas que te llaman —repitió Adrián—. Aunque suene como yo.

Lucía lo miró.

—¿Por qué sonaría como tú?

Él sostuvo su mirada durante un segundo demasiado largo.

—Porque lo que vive ahí sabe copiar lo que amas.

Esa noche, Lucía se acostó con la luz encendida. El silencio fue profundo. Casi respetuoso.

Hasta que la luz se apagó sola.

Lucía se sentó de golpe. En la oscuridad, alguien susurró su nombre con una voz idéntica a la de Adrián, cargada de una ternura peligrosa.

—No le tengas miedo —dijo la voz—. Yo siempre estuve aquí.

Lucía cerró los ojos, temblando.

Y la casa escuchó.




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