Perfecto 🖤📖
Seguimos despacio, con un capítulo largo, íntimo, atmosférico, donde el miedo y el amor apenas se rozan.
Nada explota aún. Todo se insinúa.
Capítulo 3: La cercanía del silencio
Lucía comenzó a notar que el tiempo se comportaba de forma extraña dentro de la casa.
Las horas no avanzaban de manera uniforme. A veces una mañana se sentía interminable, pesada, como si el aire se espesara alrededor de cada movimiento. Otras veces, el día se le escurría entre los dedos y, sin darse cuenta, la tarde ya se desvanecía tras las ventanas.
Lo único constante era la hora.
Las once.
No importaba cuántas veces revisara el reloj del celular, ni cuántas veces intentara convencerse de que era solo una coincidencia. Siempre, de algún modo, su atención volvía a ese número. Once en punto. Once y nada más.
Ese día decidió no salir de la casa.
No porque quisiera quedarse, sino porque algo en su interior le decía que debía aprender a habitarla antes de huirle. Como si marcharse sin entenderla fuera un error más grave que quedarse con miedo.
Se sentó en la sala, con una taza de café entre las manos. El silencio era profundo, pero no vacío. Era un silencio atento, expectante, como el de alguien que escucha detrás de una puerta cerrada.
—No voy a hablar contigo —murmuró, sin saber exactamente a quién se dirigía.
La casa no respondió.
Aun así, Lucía sintió una calma extraña. Incómoda, pero real.
Por la tarde, el cielo se cubrió de nubes densas. La luz que entraba por las ventanas era gris, difusa, y hacía que todo pareciera un recuerdo antiguo. Lucía subió al segundo piso, decidida a ordenar el cuarto que había evitado desde su llegada: el cuarto del fondo, el que siempre aparecía en sus sueños.
La puerta estaba cerrada.
No recordaba haberla visto así antes.
Apoyó la mano en la manija y dudó. No sentía miedo exactamente, sino una mezcla de respeto y anticipación. Como si del otro lado no hubiera algo peligroso, sino algo que exigía ser mirado con cuidado.
Abrió.
La habitación estaba casi vacía. Solo una cama sencilla, una cómoda antigua y una ventana que daba al jardín trasero. No había polvo. No había telarañas. Era como si alguien hubiera estado ahí recientemente… esperando.
Lucía dio un paso adentro.
El aire era distinto. Más frío. Más denso.
Cerró la puerta tras de sí y se acercó a la ventana. Afuera, el jardín parecía más oscuro que el resto del mundo. Las plantas se inclinaban hacia la casa, no por el viento, sino como si buscaran algo.
—¿Qué eres? —susurró.
El vidrio se empañó lentamente.
Lucía dio un respingo. Su respiración se aceleró cuando vio cómo, desde el otro lado del vidrio, alguien trazaba una palabra con un dedo invisible.
LUCÍA
Retrocedió de golpe. El empañamiento desapareció como si nunca hubiera existido.
Salió de la habitación sin mirar atrás.
Esa noche decidió salir al pueblo.
No quería estar sola con la casa cuando oscureciera.
Encontró a Adrián caminando cerca de la plaza, con las manos en los bolsillos y la mirada perdida en el suelo, como si supiera que ella iba a aparecer.
—Hoy no deberías estar sola —dijo, sin preámbulos.
Lucía lo miró con una mezcla de alivio y cansancio.
—Eso mismo pensé.
Caminaron sin rumbo fijo. No hablaron mucho. No hacía falta. El silencio entre ellos era distinto al de la casa: no vigilaba, no esperaba. Acompañaba.
—Entraste al cuarto del fondo —dijo Adrián de pronto.
Lucía se detuvo.
—¿Cómo sabes eso?
Él también se detuvo, pero no la miró.
—Porque siempre lo hacen… cuando ya es tarde.
Lucía sintió un nudo en el estómago.
—¿Qué hay ahí?
Adrián tardó en responder.
—Recuerdos que no quieren quedarse quietos —dijo finalmente—. Y sentimientos que no aceptan el abandono.
Lucía lo observó. La luz del farol dibujaba sombras suaves en su rostro. Por primera vez, notó lo cansado que parecía, como si llevara años sin descansar del todo.
—A veces —dijo ella— siento que la casa me conoce.
Adrián levantó la vista. Sus miradas se encontraron y algo cambió. No fue un gesto, ni una palabra. Fue una comprensión silenciosa.
—Te conoce —admitió—. Porque tú también estuviste ahí antes… de una forma que no recuerdas.
El corazón de Lucía dio un vuelco.
—¿Antes de qué?
Adrián dio un paso atrás, rompiendo el momento.
—De que todo se rompiera.
La acompañó hasta la puerta de la casa. Se quedaron unos segundos frente a frente, demasiado cerca, lo suficiente para que Lucía notara el calor de su cuerpo, su respiración lenta.
—Si escuchas pasos esta noche —dijo Adrián en voz baja—, no abras los ojos.
—¿Y si eres tú? —preguntó ella.
Adrián dudó.
—Si soy yo… lo sabrás sin mirar.
Se fue.
Lucía entró a la casa con el corazón agitado. Subió a su habitación y se recostó sin cambiarse. La oscuridad llegó lentamente, como si la casa la dosificara.
Cuando el reloj marcó las once, Lucía cerró los ojos.
Los pasos comenzaron de inmediato.
Esta vez, no se acercaron a la puerta.
Se detuvieron junto a su cama.
Y alguien, muy despacio, se acostó a su lado.