Donde El Amor No Descansa

4. La forma de lo invisible

Lucía no supo en qué momento dejó de temblar.

Seguía con los ojos cerrados, el cuerpo rígido, escuchando esa respiración ajena —demasiado cercana, demasiado sincronizada con la suya— como si, al abrir los ojos, fuera a romper algo irreparable. No sentía peso real sobre el colchón, pero sí una presencia clara, definida, como una silueta hecha de intención.

No había frío.

Eso fue lo que más la perturbó.

Esperaba el hielo del miedo, la punzada helada en la piel, pero en lugar de eso había una tibieza suave, casi cuidadosa. Como si aquello que se había acostado a su lado supiera exactamente hasta dónde llegar.

Lucía apretó los dedos contra las sábanas.

—No —susurró—. No puedes estar aquí.

La respiración no se detuvo.

No respondió.

Pero el colchón se hundió apenas un poco más, como si alguien se acomodara con delicadeza. Lucía sintió un roce leve en el antebrazo. No fue una caricia, tampoco un agarre. Fue un contacto breve, exploratorio… respetuoso.

Eso la hizo abrir los ojos.

La habitación estaba vacía.

La cama, intacta.

Lucía se incorporó de golpe, con el corazón desbocado. Encendió la luz y miró alrededor, buscando cualquier señal, cualquier prueba de que no había sido solo su imaginación. No encontró nada. Solo el silencio… y el reloj, marcando las once.

Siempre las once.

No volvió a dormir.

A la mañana siguiente, la casa parecía más tranquila. Demasiado. Como si hubiera conseguido algo durante la noche y ahora descansara satisfecha. Lucía se movía despacio, con cautela, evitando pensar en la sensación que aún persistía en su piel.

Decidió salir temprano.

Necesitaba ver a Adrián.

Lo encontró en la biblioteca, sentado frente a una mesa vacía, con las manos entrelazadas y la mirada fija en un punto inexistente. Al verla, se levantó de inmediato.

—Pasó algo —dijo.

No fue una pregunta.

Lucía asintió.

—Anoche… —comenzó, pero se detuvo—. No quiero exagerar.

Adrián dio un paso hacia ella, bajando la voz.

—Dime exactamente qué sentiste. No lo que viste. Lo que sentiste.

Lucía respiró hondo.

—No estaba sola —dijo—. Pero tampoco tuve miedo. Y eso es lo que me asusta.

Adrián cerró los ojos por un segundo, como si esa confirmación le doliera.

—Entonces ya te reconoció.

—¿Quién?

Él la miró con una mezcla de culpa y algo más profundo. Algo que parecía afecto contenido.

—La parte que no sabe soltar.

Salieron juntos. El día estaba nublado y el pueblo parecía suspendido en una quietud incómoda. Caminaron sin tocarse, pero la cercanía era constante, casi magnética.

—¿Por qué tú no le temes a la casa? —preguntó Lucía de pronto.

Adrián tardó en responder.

—Porque no siempre fue una amenaza —dijo finalmente—. Antes fue un refugio.

Lucía lo miró, intentando leer entre líneas.

—¿Antes de qué?

Adrián se detuvo frente a la colina. La casa se alzaba sobre ellos, silenciosa, observándolos.

—Antes de que el amor se confundiera con la posesión.

Lucía sintió un escalofrío.

—Anoche —dijo— sentí que alguien se preocupaba por no hacerme daño.

Adrián bajó la mirada.

—Eso es lo más peligroso.

Se quedaron en silencio. El viento movía las ramas de los árboles, produciendo un murmullo bajo, constante. Lucía notó que Adrián parecía más cansado que otros días, como si cada palabra le costara un poco más.

—¿Te importa si me quedo? —preguntó ella de pronto.

Adrián levantó la vista, sorprendido.

—¿Aquí?

—En el pueblo —aclaró—. En la casa.

Él la observó largo rato. Cuando habló, su voz fue suave.

—Me importa… porque te quiero a salvo.

El corazón de Lucía se aceleró.

—Eso no responde mi pregunta.

Adrián dio una sonrisa mínima, triste.

—Entonces sí. Me importa.

Esa noche, Lucía regresó a la casa con una sensación distinta. No de confianza, pero sí de aceptación. Subió las escaleras sin prisa y se detuvo frente al cuarto del fondo. No entró.

Se acostó y apagó la luz.

Cuando el reloj marcó las once, la habitación no se llenó de pasos.

Solo de silencio.

Uno cercano.

Uno que no se sentía hostil… pero tampoco vacío.

Lucía cerró los ojos.

Y, por primera vez, no se sintió sola.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.