Donde El Amor No Descansa

6. Lo que existió antes de su nombre

El sueño comenzó sin forma.

Lucía no supo decir si estaba dormida o despierta. No había oscuridad ni luz, solo una penumbra suave, como la de una habitación iluminada por velas. El aire era cálido, cargado de un aroma familiar que no lograba identificar.

—Llegaste tarde —dijo una voz.

No era la de Adrián.

Lucía se giró.

Frente a ella había un hombre que no reconocía y, aun así, sentía conocer mejor que a nadie. Su rostro era parecido al de Adrián, pero no igual. Sus facciones eran más duras, más antiguas. Sus ojos, oscuros y atentos, la observaban con una intensidad que no pedía permiso.

—¿Quién eres? —preguntó Lucía.

El hombre sonrió apenas.

—Eso depende de cuándo me recuerdes.

Antes de que pudiera responder, el mundo cambió.

Lucía estaba ahora en la casa… pero no como la conocía. Las paredes eran más claras, las ventanas abiertas, la luz del sol entrando sin miedo. Había risas. Voces. Vida.

Ella caminaba por el pasillo sin miedo, con la certeza de pertenecer ahí.

—No subas —le dijo una voz femenina desde la planta baja—. Todavía no es la hora.

Lucía se detuvo frente al cuarto del fondo.

La puerta estaba cerrada.

Despertó sobresaltada.

El reloj marcaba las once con un minuto.

Ese detalle la dejó sin aliento.

Nunca había avanzado.

Se sentó en la cama, con el corazón golpeándole el pecho, intentando aferrarse a la realidad. Pero algo del sueño se había quedado con ella. No como una imagen, sino como una emoción persistente. Nostalgia. Pérdida. Amor.

Al día siguiente, buscó a Adrián sin pensarlo.

Lo encontró en la biblioteca, hojeando un libro que no parecía leer. Cuando la vio, su expresión cambió de inmediato.

—Soñaste —dijo.

Lucía se detuvo frente a él.

—No fue un sueño normal.

Adrián cerró el libro con lentitud.

—Nunca lo son.

Caminaron juntos hasta un banco apartado, lejos de miradas ajenas. Lucía le contó todo: la casa distinta, la voz que no era la suya, el hombre sin nombre.

Adrián escuchó en silencio, con los hombros tensos.

—¿Se parecía a ti? —preguntó ella al final.

Adrián tardó en responder.

—Sí.

Lucía sintió un nudo en el estómago.

—Pero no eras tú.

—No —admitió—. No exactamente.

El viento sopló entre los árboles, arrastrando hojas secas por el suelo. Adrián se inclinó hacia ella, bajando la voz.

—La casa no siempre fue como es ahora —dijo—. Hubo un tiempo en que fue un lugar amado… demasiado amado.

Lucía cerró los ojos.

—En el sueño… yo estaba ahí. Antes.

Adrián asintió lentamente.

—No solo estabas —dijo—. Fuiste parte de todo.

Lucía lo miró, confundida.

—Eso no es posible.

—No de la forma que recuerdas —respondió—. Pero algunas historias no terminan cuando deberían. Algunas… esperan.

Lucía pensó en el hombre del sueño. En su mirada posesiva, en la forma en que la observaba como si ella fuera algo que ya le pertenecía.

—Él me ama —susurró—. Pero no como tú.

Adrián bajó la mirada.

—Él ama sin tiempo —dijo—. Sin límites. Sin aceptación de la pérdida.

—¿Y tú?

Adrián levantó la vista y la miró con una honestidad que la desarmó.

—Yo te amo sabiendo que puedo perderte.

Esa noche, Lucía volvió a soñar.

Esta vez, el hombre estaba más cerca. Demasiado.

—No deberías confiar en él —dijo, acariciándole el cabello con una ternura peligrosa—. Yo te cuidé primero.

—No te recuerdo —respondió Lucía, aunque su cuerpo temblaba.

—Lo harás —susurró—. Siempre lo haces.

La casa apareció detrás de él, oscura, viva, respirando.

—No me quites lo que es mío —dijo la voz, fundiéndose con las paredes.

Lucía despertó con lágrimas en los ojos.

A la mañana siguiente, encontró algo nuevo sobre la mesita de noche.

Un collar antiguo.

El mismo que había tocado días antes.

Ahora estaba abierto.

Esperándola.




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