Donde El Amor No Descansa

9.5. Lo que no se dice cuando aún hay tiempo

Perfecto 🖤
Abrimos Capítulo 9.5 como un respiro tenso, íntimo, romántico y oscuro.
Nada se resuelve. Nada se rompe del todo.
Solo se profundiza.

Capítulo 9.5: Lo que no se dice cuando aún hay tiempo

La casa no cayó.

Se quedó suspendida en un estado extraño, como si hubiera contenido la respiración justo antes de gritar. Las paredes dejaron de crujir, el aire volvió a moverse lentamente y el silencio se volvió espeso, incómodo.

Lucía seguía en el pasillo, con el corazón latiéndole tan fuerte que le dolía el pecho.

—No pasó —susurró.

Adrián estaba frente a ella. No la miraba a los ojos.

—No todavía —respondió—. Él se retiró.

Lucía sintió un escalofrío.

—¿Por qué?

Adrián levantó la vista entonces. Su expresión no era de alivio, sino de preocupación.

—Porque la casa entendió que aún no estás lista para elegir.

Lucía apoyó la espalda contra la pared. La madera estaba fría, pero no hostil. Era como si la casa observara, expectante, aprendiendo.

—¿Esto va a empeorar? —preguntó.

Adrián dudó.

—Va a volverse más íntimo.

Eso la asustó más que cualquier ruido.

Caminaron hasta la sala sin hablar. El reloj antiguo volvió a marcar la hora, aunque las manecillas no coincidían con el tiempo real. Afuera, el pueblo parecía normal otra vez, pero Lucía sabía que era una mentira frágil.

Adrián se sentó en el sillón, agotado.

Lucía lo observó con atención por primera vez desde que todo se había intensificado. Su piel estaba más pálida, sus hombros caídos, como si cargara algo invisible.

—Te duele —dijo.

—No físicamente —respondió él—. Es como si la casa… me recordara constantemente que sigo aquí por error.

Lucía se sentó frente a él, en el suelo.

—No eres un error.

Adrián esbozó una sonrisa mínima.

—Díselo a ella —murmuró.

El silencio se estiró entre ambos. No era incómodo. Era cargado.

Lucía bajó la mirada.

—Cuando lo vi… a Elías —confesó—, no sentí amor.

Adrián no respondió de inmediato.

—¿Qué sentiste? —preguntó al fin.

Lucía apretó los dedos contra el suelo.

—Culpa —dijo—. Y miedo de convertirme en alguien que se queda solo por no lastimar.

Adrián cerró los ojos.

—Eso no es amor —susurró—. Es una jaula disfrazada.

Lucía alzó la vista hacia él.

—¿Y tú? —preguntó—. ¿Qué sientes cuando me miras?

Adrián abrió los ojos lentamente. En ellos había una verdad que había evitado hasta ahora.

—Miedo —respondió—. Porque cada vez que te quiero un poco más, sé que la casa me va a cobrar algo.

Lucía se acercó sin pensar. Se sentó a su lado, lo suficientemente cerca como para sentir su calor, pero sin tocarlo.

—Entonces no me quieras —dijo, con voz temblorosa.

Adrián negó con la cabeza.

—Ya es tarde para eso.

El reloj se detuvo.

Lucía apoyó la frente en el hombro de Adrián. Él se tensó un segundo… y luego se relajó, aceptando el contacto como si fuera un permiso sagrado.

—Si todo esto termina mal —susurró ella—, quiero que sepas que elegirte fue lo único que no me dio miedo.

Adrián cerró los ojos.

—Lucía… —dijo, con la voz rota—. Si llega el momento, no mires atrás.

Ella sonrió, triste.

—Nunca has sabido pedirme cosas pequeñas.

La casa crujió suavemente, como un suspiro desaprobatorio.

Desde algún lugar profundo, la voz de Elías se filtró apenas, lejana, casi melancólica:

—El amor siempre deja algo a deber…

Lucía se separó de Adrián.

—Nos está escuchando.

—Siempre lo hace —respondió él—. Pero aún no entiende esto.

—¿Qué?

Adrián la miró, y por primera vez no hubo miedo en su expresión.

—Que el amor también sabe irse.

El reloj volvió a moverse.

La casa no gritó.

Pero tomó nota.




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