🖤 Perfecto. Seguimos.
🕯️ Capítulo 16
El precio de quedarse
La primera señal fue el frío.
No llegó de golpe, ni como una ráfaga violenta, sino como una ausencia lenta de calor, como si la casa hubiera decidido retirar algo que antes ofrecía sin pedir nada a cambio. Lucía despertó con los pies helados y la respiración visible en el aire, aun cuando las ventanas estaban cerradas.
Adrián no estaba a su lado.
Se incorporó de inmediato, con el corazón acelerado. Lo encontró en el pasillo, apoyado contra la pared, con los ojos cerrados y la frente perlada de sudor.
—¿Adrián? —susurró, acercándose.
Él abrió los ojos con dificultad y sonrió, una sonrisa que no alcanzó a ocultar el cansancio.
—No quería despertarte.
Lucía pasó su brazo por su cintura.
—¿Qué pasó?
Adrián tardó en responder.
—La casa me pidió algo —dijo al fin—. No con palabras.
Lucía sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Qué cosa?
Adrián se llevó una mano al pecho, justo sobre el corazón.
—Tiempo.
La palabra quedó suspendida entre ellos, pesada.
Durante el día, Adrián empezó a fallar en pequeños detalles. Olvidó dónde había dejado las llaves, confundió la hora, repitió una pregunta que ya había hecho. Nada grave, nada que pudiera explicarse como miedo… excepto que no lo era.
Lucía lo observaba en silencio, conteniendo la urgencia de intervenir, de exigir respuestas que quizás nadie podía darle.
Por la tarde, la casa cambió otra vez.
Un cuadro que siempre había estado torcido apareció perfectamente alineado. Una puerta que solía atascarse se abrió sin esfuerzo. Como si la casa quisiera demostrar que podía ser amable.
—Eso no es buena señal —murmuró Lucía.
Adrián asintió.
—No. Es negociación.
Esa noche, mientras cenaban, Adrián dejó caer el tenedor. El ruido metálico resonó más de lo normal. Él se quedó mirándolo en el suelo, inmóvil.
—¿Qué pasa? —preguntó Lucía.
Adrián frunció el ceño.
—No recuerdo… —dijo—. No recuerdo cuándo compramos estos platos.
Lucía sintió que algo se quebraba por dentro.
—Los compramos juntos —respondió—. El día que llovía tanto que tuvimos que correr desde la tienda.
Adrián la miró, buscando algo en su rostro.
—Gracias —dijo—. Por prestarme tus recuerdos.
Lucía se levantó y lo abrazó, sin importarle si la casa observaba.
—No son prestados —susurró—. Son nuestros.
Más tarde, cuando la noche se cerró por completo, Lucía despertó con una presión en el pecho. Abrió los ojos y lo vio.
Elías estaba de pie al otro lado de la habitación, medio oculto por la sombra.
—Ya empezó —dijo, sin burla esta vez.
Lucía se sentó de golpe.
—Aléjate de él.
Elías negó despacio.
—No soy yo quien cobra. Yo solo… recuerdo.
Lucía apretó los puños.
—¿Cuánto le va a quitar?
Elías bajó la mirada.
—Lo suficiente para que dude.
—No lo hará —respondió Lucía.
Elías la miró con algo parecido a la compasión.
—Todos lo hacen. Incluso los que aman de verdad.
Desapareció, dejando tras de sí un frío más profundo.
Lucía se giró hacia Adrián. Dormía, pero su respiración era irregular. Ella apoyó la mano sobre su pecho, contando cada latido, como si pudiera anclarlo a ese momento.
—Quédate —susurró—. Aunque sea un poco más.
Adrián se movió levemente, como si hubiera escuchado.
—Siempre —murmuró, medio dormido—. Mientras me recuerdes.
Lucía cerró los ojos, sabiendo que ese era el verdadero precio.
Y aun así, decidió pagarlo.