Donde El Amor No Descansa

28. Lo que el recuerdo ya no puede tocar

Lucía despertó con la sensación extraña de haber dormido profundamente y, aun así, seguir consciente de todo.

La luz de la mañana se filtraba por la ventana en líneas suaves, marcando el contorno del cuarto. Adrián seguía a su lado, boca arriba, con un brazo extendido que ella había usado como refugio durante la noche. Su respiración era tranquila, sin sobresaltos, sin ese leve temblor que antes lo acompañaba incluso dormido.

Lucía no se movió de inmediato.

Se permitió quedarse ahí, observando el ascenso lento de su pecho, la calma que había en su rostro. No había urgencia. No había miedo a romper el momento.

Apoyó los dedos sobre su clavícula, apenas tocándolo, como si quisiera asegurarse de que era real.

Adrián abrió los ojos lentamente.

—Buenos días —susurró.

Lucía sonrió sin darse cuenta.

—Buenos.

No se besaron enseguida. Se quedaron mirándose, compartiendo ese silencio que ya no pesaba. Adrián fue quien habló primero.

—Soñé con la casa —dijo.

Lucía sintió un leve nudo en el estómago, pero no retrocedió.

—¿Y?

—Estaba ahí… pero no podía entrar —continuó—. Era solo un lugar vacío.

Lucía exhaló con suavidad.

—Yo también soñé algo parecido.

Se sentó en la cama, acomodando la sábana alrededor de su cuerpo. Adrián hizo lo mismo.

—Anoche pensé que iba a doler —admitió ella—. Que estar tan cerca iba a despertar todo lo que dejé atrás.

—¿Y lo hizo?

Lucía negó con la cabeza.

—No como antes. Fue… distinto.

Adrián la observó con atención, como si temiera preguntar demasiado.

—Elias apareció en mi sueño —dijo ella entonces—. Pero no como sombra. No como amenaza.

Adrián tensó apenas la mandíbula.

—¿Y cómo era?

Lucía cerró los ojos un segundo.

—Cansado —respondió—. Como alguien que por fin entiende que no puede retener a nadie.

El silencio volvió a envolverlos. Adrián extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de ella.

—No tienes que cargar con eso sola —dijo.

Lucía apretó su mano.

—Lo sé. Y eso es lo nuevo.

Más tarde, mientras desayunaban con la ventana abierta, Lucía sintió algo que no había experimentado en mucho tiempo: el pasado estaba ahí, pero no tenía poder. No se imponía. No dictaba.

Era solo un recuerdo.

Adrián se levantó para lavar los platos y Lucía lo observó desde la mesa. Se dio cuenta de algo simple y profundo al mismo tiempo: no estaba esperando que algo malo ocurriera.

Eso, para ella, era libertad.

Cuando Adrián volvió, se inclinó y dejó un beso lento sobre su frente.

—¿Qué estás pensando? —preguntó.

Lucía lo miró con honestidad.

—Que por primera vez, el pasado no me está mirando.

Adrián sonrió y la besó, esta vez con calma, sin urgencia, como una promesa silenciosa.

Afuera, el día continuó.

Y adentro, Lucía entendió que algunos recuerdos ya no regresan para herir…
solo para confirmar que fueron superados.




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