Donde El Amor No Descansa

30. Cuando el pasado toca y no puede entrar

El primer indicio fue el silencio.

No el silencio tranquilo al que Lucía ya empezaba a acostumbrarse, sino uno distinto, tenso, como si algo se hubiera detenido a mitad de un pensamiento. Estaba sola en el departamento. Adrián había salido temprano y ella aprovechó para ordenar, para ocupar las manos y no pensar demasiado.

Fue entonces cuando lo sintió.

No una voz.
No una imagen.

Una presencia.

Lucía se quedó inmóvil, con un vaso entre las manos, el corazón acelerándose por reflejo. Durante un segundo, su cuerpo reaccionó antes que su mente, preparado para huir, para cerrarse, para defenderse.

—No —susurró, sin saber por qué.

El aire se volvió más frío. La luz de la ventana pareció apagarse un poco, como si una sombra invisible se hubiera colocado frente a ella.

Siempre vuelves, pensó.

La casa no estaba allí. Lo sabía. Pero el recuerdo sí.

Lucía cerró los ojos y respiró hondo. El temblor le recorrió los brazos, no por miedo, sino por la costumbre de haberlo sentido tantas veces. Durante años, el pasado había tenido esa forma: algo que regresaba cuando menos lo esperaba, exigiendo atención.

—Ya no —dijo en voz alta—. Ya no te debo nada.

El recuerdo tomó forma en su mente. No como monstruo, no como amenaza, sino como Elias. Tal como era al final: cansado, vacío, aferrado a lo que no supo cuidar.

Te vas a quedar sola, parecía decirle la memoria. Siempre lo haces.

Lucía apoyó la mano en su pecho, sintiendo su propio latido.

—No esta vez.

Caminó hacia la ventana y la abrió de par en par. El aire fresco entró con fuerza, llevándose esa sensación opresiva. La presencia retrocedió, debilitándose.

Fue entonces cuando la puerta se abrió.

Adrián entró, dejando las llaves sobre la mesa. Se detuvo al verla.

—¿Estás bien?

Lucía lo miró. De verdad lo miró. Y en ese instante entendió algo con claridad absoluta: el pasado solo podía tocar cuando ella estaba sola.

Se acercó a él sin decir nada y lo abrazó.

Adrián respondió de inmediato, rodeándola con los brazos, apoyando la barbilla en su cabello.

—Volvió a intentar —murmuró ella.

—¿Y qué pasó?

Lucía levantó el rostro.

—Nada —dijo, sorprendida—. No pudo quedarse.

Adrián la besó con suavidad, sin urgencia, como sellando algo invisible. Lucía sintió cómo el último resto de tensión se deshacía dentro de ella.

—El pasado solo tiene poder cuando le abrimos la puerta —dijo él.

Lucía asintió.

—Y esta vez… estaba cerrada.

Se quedaron así unos minutos, abrazados en medio de la sala, mientras el mundo seguía afuera, indiferente. El recuerdo no regresó. La sombra no insistió.

Por primera vez, Lucía entendió que el pasado podía tocar…
pero ya no podía entrar.




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