La noche los encontró sentados en el suelo de la sala.
No porque no tuvieran muebles, sino porque ninguno quiso poner distancia. La luz era baja. Afuera, la ciudad seguía con su ruido lejano, pero adentro todo parecía suspendido, como si ese espacio fuera solo de ellos.
Lucía tenía las piernas dobladas contra el pecho. Adrián estaba frente a ella, apoyado en la pared, observándola con una atención silenciosa que no presionaba.
—Hay algo que no te he dicho —dijo ella al fin.
Su voz no tembló, pero sus manos sí.
Adrián no la interrumpió. No se acercó. Le dio el espacio que sabía que necesitaba para no cerrarse.
—Hubo momentos —continuó Lucía— en los que pensé que te iba a perder… no por la casa, ni por Elias… sino por mí.
Adrián frunció apenas el ceño.
—¿Por ti?
Lucía asintió.
—Porque había días en los que no sabía quién era sin el miedo. Y tenía terror de que, cuando todo terminara, tú vieras eso… y no quisieras quedarte.
El silencio cayó entre ellos, denso pero honesto.
Adrián bajó la mirada un segundo, como si pesara sus palabras.
—Yo también tuve miedo —confesó—. No de la casa… sino de no ser suficiente cuando el terror se fuera.
Lucía lo miró, sorprendida.
—Siempre estabas ahí —susurró—. Incluso cuando yo no podía estar.
Adrián soltó una risa breve, sin humor.
—Porque pensé que si me detenía… si dudaba… te perdería. Y la verdad es que hubo noches en las que sentí que ya te estaba perdiendo.
Lucía se arrastró lentamente hasta quedar frente a él. No lo tocó todavía.
—Yo no sabía cómo pedirte que te quedaras —dijo— sin sentir que te estaba pidiendo que me salvaras.
Adrián levantó la vista. Sus ojos estaban cargados de algo profundo, contenido.
—Y yo no sabía cómo quedarme sin convertirme en un refugio del que dependieras —respondió—. No quería ser otra casa.
Lucía sintió que esas palabras le atravesaban el pecho.
—No lo eres —dijo con firmeza—. Porque tú no me retienes.
Se quedaron mirándose, respirando el mismo aire. Esta vez, Adrián fue quien se acercó primero. Apoyó la frente en la de ella.
—Prométeme algo —murmuró.
—¿Qué cosa?
—Que si algún día sientes que vuelves a desaparecer… me lo dirás. Aunque te dé miedo.
Lucía cerró los ojos.
—Si tú me prometes que no te irás solo porque te tiemble quedarte.
Adrián sonrió apenas y la rodeó con los brazos. Lucía se acomodó contra su pecho, dejando que el peso de su cuerpo descansara ahí sin culpa.
No hubo besos urgentes.
Solo caricias lentas: su mano recorriendo su espalda, los dedos de ella aferrándose a su camisa como si anclara el presente. Adrián besó su cabello, su sien, con una ternura que dolía de lo sincera que era.
—No nos rompimos —susurró Lucía.
—No —respondió él—. Pero estuvimos cerca.
Se quedaron así durante mucho tiempo, escuchando el latido del otro, entendiendo que amar también era atreverse a decir lo que dolía.
Y que, esta vez, no se soltarían cuando el miedo hablara.