Donde El Amor No Descansa

33. El último eco de Elias

Esa noche, Lucía soñó.

No con la casa.

No con pasillos interminables ni sombras que susurraban su nombre.

Soñó con Elias.

Estaba de pie frente a ella, tal como lo recordaba en los últimos días: sin fuerza, sin ese peso oscuro que lo rodeaba. Solo un hombre cansado.

—No vine a quedarme —dijo él, como si leyera sus pensamientos.

Lucía no sintió miedo.

—Lo sé —respondió.

El lugar era indefinido, sin paredes ni techo. No había nada que los encerrara. Elias la miró con algo parecido a tristeza, pero ya no era posesiva.

—Nunca supe amar sin retener —confesó—. Pensé que si no te dejaba ir, no me quedarían las manos vacías.

Lucía dio un paso hacia él.

—Me lastimaste —dijo con honestidad—. Pero ya no quiero cargar con eso.

Elias bajó la mirada.

—Lo sé. Y por eso… ya no puedo seguirte.

Lucía sintió algo soltarse dentro de ella. No fue alivio inmediato. Fue un cansancio profundo que, al fin, encontraba descanso.

—Te dejo ir —dijo—. Y me dejo ir a mí también.

Elias levantó la vista por última vez. No sonrió. Pero tampoco pidió nada.

—Cuídalo —dijo—. Él sí supo quedarse sin hacerte prisionera.

Lucía no respondió. No hizo falta.

El sueño se disolvió lentamente.

Lucía despertó con el corazón acelerado, pero sin angustia. Adrián dormía a su lado. Se giró y apoyó la frente en su pecho, escuchando ese latido firme que ya conocía de memoria.

Adrián se movió apenas.

—¿Todo bien? —murmuró, medio dormido.

Lucía sonrió, con los ojos cerrados.

—Sí —dijo—. Ya terminó.

Adrián la rodeó con el brazo, acercándola más.

Y por primera vez, Lucía supo con certeza que no quedaba nada pendiente.
El pasado ya no llamaría.

Había dicho adiós.




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