Éramos amigos.
Eso era lo único claro.
No hubo un día en que alguien dijera -desde hoy-, ni una promesa que marcara el inicio de algo distinto. Simplemente estuvimos ahí, creciendo uno al lado del otro, aprendiendo a reconocernos en gestos pequeños, simplemente en la forma en que Edward fruncía el ceño cuando pensaba demasiado, o cómo yo evitaba hablar cuando algo me dolía más de la cuenta.
A veces las coincidencias eran extrañas.
Demasiado precisas para ser casualidad.
Nos encontrábamos en lugares que no habíamos planeado compartir...una cafetería cualquiera, una calle al final de la tarde, una fiesta a la que ninguno de los dos parecía pertenecer del todo. Sonreíamos, hablábamos de cosas sin importancia, y seguíamos adelante como si no hubiera algo insistiendo entre nosotros.
Nunca lo llamamos destino.
Solo costumbre.
Edward siempre llegaba y se iba con la misma naturalidad. No prometía quedarse, pero tampoco decía adiós. Yo aprendí a no preguntar, a no leer entre líneas, a conformarme con su presencia intermitente. Era más fácil así. Menos peligroso.
O eso creía.
La gente suele decir que el amor se anuncia con señales claras, con gestos evidentes. En nuestro caso, llegó disfrazado de silencio. De risas que duraban un segundo más de lo necesario. De miradas que se escapaban justo antes de sostenerse.
Yo no sabía que algo estaba cambiando.
O tal vez sí, pero no quise verlo.
Hasta aquella fiesta...
El lugar estaba lleno.
Todos bailaban, las luces se movían sin descanso y la música vibraba tan fuerte que parecía atravesarlo todo. Risas, cuerpos en movimiento, copas en alto. Todo era exceso.
Y aun así, yo me sentía sola.
Estaba sentada, observándolo todo sin formar parte de nada, cuando Edward llegó. Se sentó a mi lado con esa sonrisa dulce y coqueta que aún no olvido, sosteniendo una cerveza entre los dedos como si no supiera que, con solo acercarse, ya estaba desordenándolo todo.
Reí con nerviosismo. Él me miró como si lo notara. Como si siempre lo hubiera notado.
Empezamos a hablar sin un rumbo claro, entrelazando conversaciones que iban y venían, recuerdos sueltos, frases que solo nosotros entendíamos. La cercanía se volvió natural, peligrosa, inevitable.
En algún punto de la noche, sin pedir permiso, acomodó un mechón de mi cabello detrás de la oreja.
Fue un gesto pequeño.
Demasiado íntimo para ser casual.
Demasiado lento para no significar nada.
Sentí que el tiempo se detenía justo ahí, como si ambos supiéramos que algo estaba a punto de cambiar. No pasó nada más, pero todo se movió por dentro. Una sospecha silenciosa, una certeza que todavía no tenía nombre.
Y luego, Edward desapareció.