Donde el amor no tuvo nombre

Dos estrellas fugaces.

Al salir de la fiesta, creí que ya no lo volvería a ver esa noche. El ruido quedaba atrás, las luces se apagaban poco a poco, y yo solo quería irme con la sensación intacta, sin arruinarla.

Pero nos volvimos a topar.

Edward estaba bailando, perdido entre la música y las personas, como si nada hubiera cambiado. Lo vi de lejos y seguí caminando, fingiendo que no lo había notado, que no me importaba. No quería volver a cruzar esa línea que ya se sentía frágil.

No funcionó.

Alberto, su mejor amigo, me llamó antes de que pudiera escapar. Me sonrió con esa naturalidad imprudente de quien no quiere saber que está invadiendo un silencio necesario. Nos juntó, como si fuera lo más normal del mundo.

El momento fue incómodo.

Edward y yo nos miramos sin saber desde dónde hablar. La conversación ya había sido de más, ambos lo sabíamos. No éramos así. Nunca lo habíamos sido. Y aun así, ahí estábamos, atrapados en un espacio que ya no nos pertenecía.

Alberto bromeó, nos molestó sin malicia, pero con demasiada precisión. Como si entendiera que había algo flotando entre nosotros y decidiera tocarlo sin cuidado.

Edward sonrió, pero era distinta.
Yo asentí, incómoda.

No dije lo que quería.
No pregunté lo que necesitaba.

Me despedí.

Fue un adiós simple, casi educado. De esos que no dicen nada, pero significan demasiado. Me di la vuelta antes de arrepentirme y me fui, con la certeza extraña de que ese gesto —irme sin mirar atrás— iba a quedarse conmigo más tiempo del que imaginaba.

Y no volví a verlo esa noche.

Salí de la fiesta con el ruido todavía pegado al cuerpo, con la música retumbando en la cabeza y con la sensación de que algo había quedado abierto, sin saber cómo cerrarlo.

Al principio pensé que estaba bien así, que no todo tenía que resolverse, que a veces las cosas simplemente pasan y se quedan donde están.

Pero no fue así.

Caminé sin prisa, evitando pensar en él, evitando recordar la forma en que me miró, la manera en que su cercanía se había vuelto demasiado real, demasiado tarde.

Creí que el silencio sería compartido, que ambos entenderíamos que había sido un momento suspendido, nada más.

Me equivoqué.

El mensaje llegó después, no de Edward, sino de Mariana, y su nombre en la pantalla ya traía una incomodidad que no supe explicar.

No preguntó cómo estaba, no dudó, no suavizó nada.

Edward se había encerrado con una muchacha apenas llegué.

Leí la frase más de una vez, como si cambiarla de orden pudiera quitarle peso, pero no lo hizo.

El rumor ya corría y yo lo supe sin que nadie tuviera que decirme más, porque en ese tipo de historias los detalles no importan; lo único que importa es la certeza.

Ahí lo entendí todo.

Entendí por qué se fue a bailar sin mirar atrás, por qué su sonrisa tenía algo de despedida, por qué el gesto de acomodar mi cabello no fue una promesa, sino un límite.

La conversación había sido de más. No éramos así, nunca lo habíamos sido, y aun así yo había querido creer que ese instante significaba algo distinto.

Me quedé con el teléfono en la mano, sin saber qué sentir, esperando que el cuerpo reaccionara con rabia, con llanto, con algo claro, pero lo que llegó fue una calma amarga, una aceptación que dolía más que cualquier grito.

No había perdido nada, porque nunca había sido mío.

Y aun así, me sentía vacía, como si me hubieran quitado algo que apenas había empezado a reconocer.

Edward no volvió a aparecer. No explicó, no negó, no buscó cerrar nada.

Se fue como había llegado, sin ruido, dejando detrás una ausencia que con el tiempo aprendí a cargar en silencio.

Esa noche entendí que hay personas que se acercan lo suficiente para que las recuerdes siempre, pero nunca con la intención de quedarse.

Y yo me quedé ahí, con todo lo que no pasó, con todo lo que no se dijo, aprendiendo a nombrar un dolor que todavía no sabía cómo soltar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.