Donde el amor no tuvo nombre

A medias

No pasó de inmediato.

Pasaron días. Luego semanas. El tiempo empezó a sentirse extraño, como si avanzara sin terminar de llevarse nada.

Yo seguía pensando en aquella noche no como un recuerdo claro, sino como una pregunta mal formulada. Había algo ahí que no supe cerrar, algo que quedó suspendido entre lo que pudo ser y lo que nunca intentamos.

Lo encontré sin buscarlo.

Estaba sentado en una cafetería casi vacía, con la mirada perdida y las manos quietas, como si esperara algo que no sabía nombrar. Dudé en acercarme. Dudé en irme. Al final, fue él quien levantó la vista.

—Rose.

Mi nombre sonó distinto en su voz. Más lento. Más pesado.

—Edward.

Nos miramos un segundo de más. El suficiente para entender que nada estaba resuelto.

—Pensé que no ibas a hablarme —dijo.

—Yo también —respondí.

Sonrió apenas, como si reconociera esa verdad incómoda.

—¿Te sentaste? —preguntó.

Lo hice.

El silencio llegó primero. Siempre llegaba primero con nosotros.

—Aquella noche… —empezó, deteniéndose—. No fue como pareció.

Respiré hondo.

—Entonces dime cómo fue.

Edward bajó la mirada.

—Fue confuso.

—Para ti —corregí—. Para mí fue claro.

Levantó la vista, sorprendido.

—¿Claro?

—Sí —dije—. Claro que algo cambió. Claro que cruzamos una línea. Claro que después desapareciste.

—No desaparecí —respondió rápido.

—Lo hiciste —dije sin elevar la voz—. No estuviste. Y eso también es una forma de irse.

Se quedó callado.

—No supe qué hacer —admitió—. Nunca supe manejar lo que pasa cuando alguien espera algo de mí.

Eso dolió más de lo que esperaba.

—Yo no esperaba promesas —dije—. Esperaba honestidad.

—Nunca quise confundirte.

—Pero lo hiciste —repetí—. Con tu cercanía. Con tus gestos. Con ese abrazo frente a todos, sabiendo que ella estaba ahí.

Edward cerró los ojos un instante.

—No fue planeado.

—Nada de lo importante lo es —respondí—. Y aun así, se hace.

El silencio volvió a caer entre nosotros, más espeso.

—¿Sabes qué es lo peor? —continué—. Que me quedé esperando algo que nunca ibas a dar. Y no por falta de sentimientos, sino por falta de decisión.

—No soy así, Rose.

—Lo sé —dije—. Por eso duele.

Edward apoyó los codos en la mesa.

—Nunca pensé que te importaría tanto.

—Ese fue tu error.

Se quedó mirándome, como si recién entendiera el peso de lo que decía.

—Lo siento —murmuró.

—Yo también —respondí—. Pero no por lo mismo.

Nos levantamos casi al mismo tiempo.

—Cuídate —dijo.

—Tú también.

Caminé hacia la salida sin mirar atrás, sabiendo que esa conversación no cerraba nada, pero al menos había dicho lo que necesitaba decir.

Y entendí algo tarde, pero necesario, en donde hay personas que no se pierden por falta de amor, sino por miedo a elegir.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.