Donde el amor no tuvo nombre

Lo que empezó sin aviso

Esa misma noche también conocí a Susana.

No fue una presentación formal ni un encuentro que pudiera recordarse como importante. Fue algo pequeño, casi accidental, como suelen empezar las historias que luego se vuelven indispensables. Yo estaba en el baño de la fiesta, frente al espejo, acomodándome el vestido, preguntándome si había elegido bien, si estaba demasiado arreglada o no lo suficiente, cuando ella apareció a mi lado con la naturalidad de quien no siente vergüenza de ocupar espacio.

Tenía el cabello recogido de cualquier forma y una expresión curiosa, como si el mundo le resultara interesante incluso en medio del ruido.

—¿Te queda cómodo? —preguntó, señalando mi vestido, sin contexto previo.

La miré confundida y luego me reí.

—Supongo que sí —respondí—. ¿Por qué?

Susana inclinó la cabeza, evaluándome como si nos conociéramos de antes.

—Es que me gusta —dijo—. El color, la caída. ¿Te molestaría si me lo pruebo un segundo?

La pregunta me tomó por sorpresa. No era algo que se pidiera en una fiesta, y menos entre desconocidas. Pero había algo en su tono, una falta absoluta de cálculo, que me hizo decir que sí sin pensarlo demasiado.

Nos metimos en uno de los cubículos, riéndonos del absurdo. Me pasó su vestido sin ceremonia, y yo hice lo mismo. Cuando salimos, nos miramos en el espejo y estallamos en risa. Nada encajaba del todo, pero tampoco se sentía mal.

—Te queda mejor a ti —dijo, sincera.

—No, a ti —respondí—. Yo solo lo estaba cuidando.

Ese intercambio sencillo, casi infantil, rompió algo en mí. Por un momento dejé de pensar en todo lo demás, en las miradas, en las preguntas que no sabía responder. Estaba ahí, compartiendo un gesto mínimo con alguien que no me debía nada.

—Soy Susana —dijo al final, como si recién recordara que los nombres existen.

Le dije el mío y asentimos, como si eso bastara.

Salimos juntas del baño, aún acomodándonos la ropa, aún riendo. Caminamos hacia la pista sin darnos cuenta, mezclándonos con la gente, comentando lo que veíamos como dos amigas de años. Susana hablaba rápido, saltando de tema en tema, señalando luces, música, personas que no conocíamos.

—Este lugar es un caos —. Me encanta.

Yo asentí.

Con ella, el ruido parecía menos pesado. No me preguntó por nadie, no quiso saber de historias previas, no buscó explicaciones. Simplemente estuvo ahí, compartiendo el momento.

Esa noche entendí algo simple; a veces no hace falta saber nada de alguien para empezar a querer su compañía.

No sabía entonces que ese gesto absurdo —prestarnos un vestido en medio de una fiesta— sería el inicio de una amistad tan intensa como desordenada. Solo sabía que, por primera vez en esa noche, me sentía acompañada de verdad.

Y eso, en ese momento, fue suficiente.

Después de esa noche, Susana no desapareció.

De hecho, fue ella quien me buscó primero. Antes de irse, cuando la música ya estaba bajando y la fiesta empezaba a despedirse de sí misma, se me acercó con esa sonrisa suya, entre traviesa y honesta, como si estuviera a punto de pedir algo absurdo.

—Oye —dijo—, ¿te molestaría pasarme tu número?

Lo dijo sin rodeos, como si no existiera la posibilidad de que yo dijera que no. Saqué el teléfono sin pensarlo, y mientras dictaba los números, sentí esa extraña certeza de que algo estaba comenzando sin que ninguna de las dos lo nombrara.

Antes de separarnos, miró el vestido que llevaba puesto —mi vestido— y soltó una risa corta.

—¿Sabes qué? —dijo—. Me queda demasiado bien como para devolvértelo esta noche.

La miré sorprendida.

—¿Hablas en serio?

—Totalmente —respondió—. Te lo devuelvo, lo prometo. Solo… déjame quedármelo un tiempo.

Asentí. No me importó. Había algo liberador en ese gesto, en prestar algo propio sin miedo a perderlo. Tal vez porque con Susana todo se sentía ligero, sin cálculo, sin temor a las consecuencias.

—Entonces queda así —dije—. Tú te quedas con el vestido y yo con tu número.

—Trato justo —respondió, chocando su hombro con el mío.

Seguíamos en el mismo lugar cuando Edward apareció.

No lo vi llegar de inmediato. Lo sentí antes, como se sienten ciertas presencias que no necesitan anunciarse. Susana seguía a mi lado, tan cerca que su hombro rozaba el mío cada vez que nos movíamos al ritmo de la música. Estábamos quietas, observando, dejando que la noche pasara sin exigirle nada.

Entonces lo vi.

Edward venía riendo con Guillermo, caminando entre la gente como si todo le perteneciera un poco. Se empujaban, decían algo que no alcancé a escuchar, y esa ligereza suya volvió a instalarse en el aire, incómoda, inevitable.

No me moví.

Susana levantó la vista y se quedó mirándolo apenas un instante. Fue una pausa mínima, casi imperceptible, como si reconociera algo sin detenerse en ello. Luego chocó su hombro con el mío, un gesto leve, cotidiano, y volvió a sonreír.

—Mira eso —dijo, señalando cualquier otra cosa.

Edward pasó cerca. Habló con Guillermo, rió más fuerte, pero no me buscó. O tal vez sí, y yo no quise notarlo. No hubo palabras, ni saludo, ni intento de acercamiento.

Me quedé un momento más, lo suficiente para saber que no tenía nada que hacer ahí. Me despedí de Susana con un gesto tranquilo.

—¿Ya te vas? —preguntó.

—Sí —respondí—. Es mejor así.

Salí sin mirar atrás. La música quedó adentro, las risas también. Afuera, el aire era más claro, más honesto.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.