Hay una regla no escrita sobre el instinto: si sientes que algo está mal, es porque lo está. Cruzar el límite de la ciudad de Skagway fue como entrar en una habitación donde alguien acababa de dejar de hablar. El silencio de Alaska no es vacío; es denso, pesado, cargado de una estática que te eriza toda la piel. Al bajar del ferry mire hacia las calles desiertas, las personas con una mirada perdida. La incomodidad se instaló en mi pecho, fría y afilada, convenciéndome de que yo no era una residente nueva, sino una intrusa en un lugar que ya tenía dueño.