El primer paso que di fuera del sendero fue el más difícil. No porque el camino fuera empinado, sino porque el aire mismo se sentía denso, como si estuviera caminando a través de un recuerdo que no terminaba de formarse. El aroma me golpeó de inmediato: no era el olor a tierra seca o a ciudad al que estaba acostumbrada; era un perfume penetrante a pino frío, resina antigua y madera mojada por una lluvia que debió caer hace siglos.
Me detuve en medio de la calle principal. Todo a mi alrededor estaba construido en madera oscura, con tablones anchos y pesados que parecían haber sido tallados a mano. Las casas tenían una arquitectura robusta, con tejados inclinados y balcones pequeños que me recordaban a esas aldeas europeas que solo aparecen en los libros de historia vieja. No había cables de luz cruzando el cielo, ni el ruido de motores a lo lejos. Solo el silencio, un silencio tan profundo que podía escuchar mi propia respiración.
—Ya he estado aquí — susurré para mi misma haciendo que mis palabras quedarán flotando en el aire sin que nadie las reclamara.
Miré mis botas sobre la acera de madera. Cada paso provocaba un crujido, un eco que parecía rebotar en las fachadas cerradas de las casas. Las ventanas eran pequeñas, de vidrio grueso y opaco, como ojos que me observaban sin pestañear. No había nadie en las calles, pero las chimeneas soltaban hilos de humo gris que se perdían en un cielo siempre nublado, de un color ceniza que no dejaba pasar la luz del sol.
Dylan que venía conmigo caminaba un par de pasos atrás. Parecía un fantasma más en ese lugar, alguien cuya presencia aceptaba sin cuestionar, ya que en lo absoluto me molestaba.
—Es un pueblo extraño —dijo él, rompiendo el hechizo del silencio— Parece que el tiempo se olvidó de este sitio, se ve abandonado.
—No es solo el tiempo —respondí, sintiendo una presión en el pecho— Es la sensación de que las casas están aguantando la respiración. Como si algo fuera de aquí las mantuviera vigiladas.
Caminamos sin rumbo fijo un rato, dejando atrás la plaza central y los edificios más altos. Poco a poco, las casas empezaron a distanciarse unas de otras, y la madera de las aceras dio paso a un camino de tierra negra y raíces expuestas. El pueblo no terminaba de forma abrupta; simplemente se disolvía entre la naturaleza.
Fue entonces cuando vimos una entrada a lo lejos. Un portón de madera vieja, medio caído, que marcaba el inicio de una granja que parecía tragarse el horizonte. Hectáreas de monte bajo y verdoso se extendía ante nosotros, pero lo que más me llamó la atención fue el pastizal.
—Ten cuidado —advirtió Dylan mientras dábamos el primer paso dentro de la propiedad— El pasto está demasiado alto aquí.
Tenía razón. A medida que avanzábamos, las hojas verdes y afiladas empezaron a subir por mis costados hasta que, finalmente, superaron mi cabeza e igualmente lo hicieron con Dylan. De repente, el pueblo de madera desapareció de mi vista. Estábamos en un pasadizo vegetal, un laberinto donde el único sonido era el roce de nuestras ropas contra aquellas hojas verdes de pasto y el latido acelerado de nuestros corazones .
—Aquí hay algo, y tenemos que llegar al final—dije, aunque no muy segura de cómo lo sabía—
Seguimos caminando, hundidos en ese océano verde, sin saber que cada paso nos alejaba más de la seguridad del pueblo y nos acercaba a algo que podría ser nuestro final.