El laberinto de pasto parecía estirarse a medida que avanzábamos. Mis manos rozaban las briznas secas, y cada crujido del suelo bajo mis botas sonaba como un disparo en aquel silencio sepulcral. De pronto, el océano verde se interrumpió. Frente a nosotros, una cerca de alambre viejo y postes de madera podrida marcaba el límite del mundo conocido.
Allí estaba.
Apoyada contra los cables tensos, vimos una estructura que me hizo detener de golpe. Era una tabla ancha, una base improvisada que sostenía algo que desafiaba la lógica.
—Es una cama —murmuró Dylan, acercándose para tocar el borde de la madera— Algún vagabundo debe vivir aquí, escondido de los del pueblo.
—No, no es eso—dije, sintiendo que el vello de mis brazos se erizaba— Mira bien.
No había mantas, ni almohadas, ni rastro de presencia humana. La tabla estaba cubierta por una amalgama de ramas entrelazadas, lodo seco, plumas negras y restos de nidos de pájaros deshechos. Era una cuna orgánica, una cama construida por algo que no usaba manos, sino garras o pico.
—¡No deberían estar aquí! —una voz ronca nos hizo saltar.
Me giré rápidamente. Entre la maleza emergió un hombre de uniforme desgastado. Una estrella de metal brillaba débilmente en su pecho bajo la luz ceniza del cielo: el Sheriff. No estaba solo; lo acompañaba otra persona, un hombre de mirada perdida, estaba en silencio. El Sheriff no parecía enojado, sino aterrado. Sus ojos no dejaban de saltar del nido y luego a nosotros.
—Váyanse. Ahora mismo —ordenó, dando un paso hacia la estructura de madera.
Un instinto visceral, nacido de lo más profundo de mi memoria, me gritó que corriera. No fue una decisión pensada; fue una reacción eléctrica. Agarré a Dylan por el brazo y retrocedimos.
—Vámonos — le susurré, y esta vez él no discutió.
Empezamos a desandar el camino por el pasto alto, pero antes de que el laberinto verde nos tragara por completo, el aire se rompió. Un estruendo brutal, como el sonido de un árbol viejo partiéndose en dos, retumbó a nuestras espaldas. Luego, los gritos.
No nos detuvimos a mirar. Corrimos con los pulmones ardiendo mientras el sonido del ataque nos perseguía. Era un caos de ramas quebrándose y rugidos que no sonaban a ningún animal que yo conociera. Sabía, sin necesidad de verlo, que el Sheriff se había quedado atrás, enfrentando a aquella criatura de la cual desconociamos su existencia.
Llegamos a los límites de la finca, exhaustos y temblando. A lo lejos, vimos al Sheriff emerger del monte. No era el mismo hombre. Caminaba encorvado, con el uniforme desgarrado y una expresión de shock que le había vaciado el alma. Estaba vivo, pero algo en él se había roto para siempre.
—Viene para acá —logró decir cuando nos alcanzó, su voz apenas un hilo—No se va a detener, tiene que irse ahora mismo.
El cielo se oscureció un poco más, y por primera vez, las casas de madera del pueblo no me parecieron un refugio, sino una fila de ataúdes esperando a ser cerrados.