Donde el Cielo se rompe

Hija de Marte

—Valentina...

Una vez más, aquella voz extrañamente familiar la despertaba de un sueño que en los últimos meses se repetía de forma obsesiva. Y, una vez más, abría los ojos para encontrarse con que a su lado no había nadie. Nadie para calmar esa sensación de vacío inmenso que amenazaba con apoderarse de todo; una punzada que se volvía más intensa cada mañana, sumiéndola en un estado de alerta y ansiedad que cada día resultaba más difícil de disimular.

Durante los años que llevaba viviendo en esa casa, junto a la mujer que se había convertido en su única familia, rara vez había sentido la necesidad de preguntar por su pasado. Cuando lo hizo, fue más por una curiosidad inocente que por añoranza. Sin embargo, esas últimas semanas, se obsesionó por intentar recordar algo: un rostro, una palabra, un nombre... Necesitaba saber a quién pertenecía aquella voz. Cualquier cosa que explicara el porqué de esa inquietud, de su pérdida de memoria o de su peculiar aspecto.

Era una chica bonita, alta y de piel dorada. Pero lo que la hacía más magnética era su pelo gris titanio veteado por unas mechas rosas que parecían desprender luz; y sus ojos del mismo gris rasgados por sutiles grietas rosáceas.

Mientras se perdía en el vaivén de sus pensamientos, el sonido dulce y armónico de una voz al otro lado de la puerta, la sacó de su ensimismamiento.

—Valentina, han venido a buscarte.

—Bajo enseguida.

Se puso a toda prisa sus vaqueros rotos y la camiseta blanca sin mangas con capucha azul, decorada en ambos lados de la espalda por el bordado de unos lirios. Guardó las deportivas en la mochila, cogió los patines que tenía bajo el escritorio para ponérselos abajo y se desenredó el cabello mientras se dirigía a la puerta.

Antes de abrirla, su mirada se desvió un instante hacia el rincón oculto justo detrás de la hoja de madera. Allí, en su santuario privado, el revestimiento de ébano negro conservaba las viejas marcas irregulares rayadas por la niña que fue. Con un gesto inconsciente, su pulgar ajustó los dos gastados dedales de tela blanca y elástica que cubrían los dedos índice y corazón de su mano derecha. El tejido lucía descolorido y deshilachado por el uso constante a través de los años, pero seguían siendo su posesión más preciada; un detalle plenamente simbólico que Mikael le había hecho siete años atrás, cuando descubrió que ella, presa del pánico en mitad de sus crisis de amnesia, se destrozaba las yemas de esos mismos dedos grabando obsesivamente con las uñas su nombre en la madera oscura.

«No te los quites nunca, Val —le había rogado él con la voz quebrada mientras se los colocaba—. Prométeme que no lo harás. Esto es lo que protegerá tus deditos cuando yo no pueda estar cerca.»

Él mismo se había rasgado su propia camiseta para fabricárselos y se los entregó junto a una promesa de protección eterna; desde entonces, ella se negaba a quitárselos.

Mikael la esperaba fuera, como cada mañana, para ir juntos al instituto. A ella le encantaba salir y encontrarlo allí, enfundado en sus pantalones tácticos negros, mientras el viento costero ondeaba su pelo azul marino con reflejos más claros. Sus ojos celestes ya estaban clavados en la entrada mucho antes de que ella cruzara el umbral; la buscaba con una calma y una vigilancia infinitas, como si el resto del mundo no tuviera importancia hasta que ella apareciera.

Valentina se lanzó a sus brazos nada más verlo, en un movimiento casi reflejo que repetía cada día, aferrándose a su camiseta blanca con fuerza. Él soltó de inmediato la chaqueta que llevaba colgada del brazo, dejándola caer sin importarle, para rodearla por la cintura y pegarla contra su pecho.

En ese instante, podía romperse el mundo en mil pedazos; estar cerca de Mikael lo arreglaba todo. Ningún lugar en el universo era más seguro que sus brazos. No existía miedo ni dolor que pudiera alcanzarla allí.

Mientras el repicar suave de las campanillas de cuarzo cristal inundaba el porche, Valentina se sentó en la escalera para ponerse los patines. Fue en ese momento cuando Terra salió con el almuerzo de ambos. Le tendió la bolsa al chico, que se acercó y la besó en la mejilla con respeto.

—Mikael… Cuídala.

—Para eso estoy aquí —contestó con una mirada cómplice.

Valentina se puso en pie cuando estuvo lista. Recogió la chaqueta de Mikael que había dejado en su regazo y se acercó a Terra para despedirse antes de marcharse.

***

De camino al instituto iban jugando y riendo como hacían siempre, pero en el rostro de Valentina se mantenía una sombra que no lograba disimular del todo.

—Esos sueños siguen desvelándote, ¿verdad? —preguntó él, suavizando el paso.

Ella asintió.

No quería preocuparlo. Nunca quería preocuparlo; por eso evitaba el tema la mayor parte del tiempo, aunque sabía perfectamente que a él no podía engañarlo. Mikael leía sus silencios mejor que nadie.

—Solo son sueños… ya lo sé —murmuró, forzándose a avanzar—. Pero la sensación de que se repiten por un motivo es tan fuerte... Y esa voz... Te juro que la he escuchado antes, pero no consigo recordarla. —Un deje de desesperación quebró sus palabras. Se detuvo en seco en mitad de la acera y se llevó los dedos al cuello, aferrando el colgante que llevaba—. Las dos últimas veces me he despertado agarrando esto.

Esa punta de flecha de cuatro aristas era un entresijo rúnico de plata que protegía un cristal de ondas rosas y grises. La cadena blanca, corta y con eslabones en forma de infinito se sentía fría al contacto con la piel de su cuello. Era el recuerdo permanente de que pertenecía a algún lugar; lo único que le quedaba de su anterior vida.

—¿Me estoy volviendo loca, Mika?

Él la sujetó por los brazos de inmediato, obligándola a levantar la cabeza debido a su altura para forzarla a mirarlo. No había brusquedad en el gesto, solo una firmeza absoluta.

—Vamos… —dijo con suavidad—. Esa pizca de locura siempre ha sido parte de ti, es lo que te hace tan especial. Además, si estás perdiendo la cabeza, la perderemos juntos. —Intentó quitar importancia a sus inquietudes con una media sonrisa.




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