Donde el Cielo se rompe

Despierta

Aquella mañana, al despertar, Valentina abrió los ojos y se quedó tumbada en la cama, abrazando la almohada durante varios minutos. Recortes de imágenes pasaban una y otra vez por su cabeza como en un bucle infinito. No había tenido pesadillas; no se había despertado agitada ni empapada en sudor como tantas otras veces durante los últimos meses. Al contrario, una sonrisa involuntaria se le escapaba cuando descansaba entre los brazos de Mikael. Sin embargo, recordar algunos de los detalles que había visto mientras dormía le resultaba profundamente inquietante.

Mikael. Su lado de la cama estaba vacío. Se levantó y, aún frotándose los ojos con pereza, salió a la terraza de la habitación. A ambos les fascinaba la paz de ese rincón, ya fuera tumbados en la hamaca de tela o sentados sobre la celosía de madera blanca contemplando las increíbles vistas litorales. Pero allí tampoco estaba. Volvió al dormitorio para vestirse. El sol se proponía brillar con fuerza ese día, así que escogió un pantalón corto blanco y una camiseta sencilla de tirantes roja con un corazón bordado en dorado a la altura del suyo. Se sentó en el suelo para calzarse las botas deportivas de lona que llevaba casi todos los días. Al ponerse en pie, descubrió la chaqueta azul de Mikael colgada en la silla junto a la cama. Supuso de inmediato que seguía en la casa; él era extremadamente cuidadoso con sus pertenencias y jamás las dejaba en ningún lugar si no estaba cerca.

Tomó la chaqueta y los dedales de tela entre sus manos y bajó a la cocina. Lo encontró allí, conversando con Terra en voz baja mientras guardaba botellas en una mochila pequeña.

—¡Buenos días, dormilona! —la saludó con su sonrisa habitual—. Pensaba que tendría que anular los planes de pasar el día juntos.

Cualquier rastro de agobio, preocupación o estrés que hubiera oscurecido el rostro de Mikael la tarde anterior había desaparecido sin dejar rastro. No quedaba ni una sola evidencia de las inquietudes que lo atormentaban horas antes. Se veía radiante, vestido con unas bermudas negras de estilo táctico y la camiseta blanca y azul que le hacía resaltar los reflejos más claros de su melena. El gran ventanal que se abría tras su silueta proyectaba la luz del sol directamente sobre sus ojos celestes, que volvían a irradiar aquella calma mística tan típica en ellos.

Mikael se acercó con paso ligero, la rodeó con un brazo por los hombros y le besó la frente con ternura.

—¿Nos vamos? Hoy tenemos mucho de qué hablar —le dijo mirándola fijamente a los ojos, sin aflojar el abrazo.

—Sí, claro... —asintió ella, colocándose las fundas en sus dedos.

Sentirse rodeada por él la tranquilizaba, sobre todo al verlo tan seguro de sí mismo, pero su mente no tenía la misma facilidad para borrar los extraños sucesos del día anterior.

Mikael cargó la mochila al hombro, donde había guardado las botellas de agua y los bocadillos para el almuerzo. Agarró a Valentina de la mano, entrelazando sus dedos, y se acercó a despedirse de Terra con un abrazo afectuoso.

—Tened mucho cuidado —advirtió la mujer. Le resultó imposible ocultar la mezcla de tristeza y temor que empañaba su voz—. Ese lugar no siempre es seguro.

—Tranquila, Terra, no vamos a adentrarnos mucho. Iremos hasta el merendero —la calmó Valentina tras besarle la mejilla.

Hacía días que Valentina notaba a Terra demasiado recelosa cuando se trataba de salir de casa, especialmente desde que el insomnio se estaba volviendo crónico. Tenía solo diez años cuando aquella médica que no la conocía de nada le abrió las puertas de su hogar tras el incidente en el embalse. No compartían lazos de sangre, pero siempre la trató como si fuera su hija, sin una sola palabra o gesto que demostrara lo contrario. Valentina la respetaba y la quería con la misma intensidad. No le había dado la vida, pero era la madre que su memoria recordaba.

De niña, uno de sus pasatiempos favoritos consistía en sentarse en el taburete alto de la cocina para observarla en silencio fijamente mientras preparaba la comida, intentando memorizar cada uno de sus rasgos. Poco a poco, había grabado en su mente la imagen de Terra como si fuera una fotografía imborrable. Era un poco más bajita que ella, de una piel excesivamente blanquecina que hacía resaltar el color de su cabello castaño caoba. Siempre lo llevaba recogido por encima de los hombros en un moño atravesado por dos palillos chinos tallados en turmalina. Sus ojos, del mismo tono rojizo que el pelo, expresaban cualquier emoción con una transparencia absoluta. O, quizás, era Valentina quien los leía con total claridad debido al profundo vínculo que las unía. Sin embargo, el detalle que más fascinaba a la chica era la cicatriz blanca en forma de media luna creciente en la parte de posterior de su cuello, y que Terra dejaba al descubierto con sus recogidos porque sabía cuánto le gustaba a Valentina contemplarla.

Inmersa en esos pensamientos, sintió el leve tirón de la mano de Mikael que la guiaba hasta el umbral de la puerta. Antes de cruzarlo, Valentina se detuvo y se giró hacia el interior de la estancia.

—Te quiero mucho, Terra —le sonrió.

Salieron a la calle cerrando la puerta tras ellos, sin llegar a ver las lágrimas que resbalaban por las mejillas de Terra en mitad del silencio de la cocina. Valentina detuvo sus pasos solo un instante en el porche, observando cómo el viento de la mañana hacía tintinear las campanillas de cuarzo cristal con un movimiento suave y melódico.

***

Valentina y Mikael caminaban por el sendero que nacía casi un kilómetro por detrás de la casa. El camino, llano al principio, avanzaba bordeado de piedras volcánicas con brotes de vegetación silvestre que desafiaban la dureza de las rocas. A medida que se adentraban, los arbustos se volvían más frondosos; las flores y frutos silvestres impregnaban el aire de un aroma denso que inyectaba vitalidad. Un poco más adelante, allí donde los árboles se abrían paso a través de las enredaderas y la maleza, y al sol le costaba más filtrar sus rayos hasta el suelo, llegaron a un claro artificial. Varias mesas redondas con bancos de madera se repartían por el lugar. A la derecha del merendero, una gran fuente de piedras jaspeadas cruzaba todo el parador, refrescando el ambiente con el sonido del agua.




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