Cuando el sol comenzó a perder intensidad sobre el horizonte, Mikael logró reunir las fuerzas suficientes para fingir que no había motivos para alarmarse. Se levantó del último escalón de madera blanca del porche, sacudió la tensión acumulada en los hombros y tomó la decisión de subir a comprobar cómo se encontraba Valentina.
Al ponerse en pie, un aroma sutil a incienso impregnó el aire de la tarde. Era un olor dulce, denso y exótico, que se disipaba envolviendo cada rincón de la casa y el porche con un velo balsámico y relajante. La fragancia ganaba una intensidad casi hipnótica a medida que él se acercaba al umbral de la entrada.
—Sándalo, ¿verdad? —le preguntó a Terra.
Ella asintió.
La mujer se encontraba encajando con cuidado una varilla aromática encendida en una pequeña hendidura del pasamanos de la escalera.
—He pensado que podría ayudarla a conciliar un sueño más profundo. Es lo único que puedo hacer por ella —le dedicó una media sonrisa cargada de melancolía.
Mikael la contempló con una inmensa oleada de gratitud en los ojos. Era plenamente consciente de la magnitud de todo lo que Terra había sacrificado por Valentina desde que apareció en su vida, y del peligro real que arriesgaba ahora mismo por mantenerla resguardada bajo su techo. Y sabía a la perfección que ninguna amenaza haría que se arrepintiera de la decisión que había tomado siete años atrás.
—Gracias, Terra —le dijo, asentando una mano estable sobre su hombro.
—Tenemos... —La mujer interrumpió su propia frase, conteniendo el aliento un segundo para recuperar la entereza—. Tienes que protegerla, Mikael. No podemos permitir bajo ningún concepto que la arranquen de nuestro lado.
—Eso no pasará jamás.
Mikael ejerció un poco más de presión con los dedos sobre el hombro de Terra, reforzando la promesa entre ambos. Acto seguido, dio la vuelta y se encaminó con paso firme hacia el piso de arriba, dispuesto a velar el sueño de su protegida.
***
Mientras permanecía en el exterior de la casa, Mikael había alimentado la firme convicción de que lo mejor era confesarle toda la verdad a Valentina para restaurar sus recuerdos por completo. Sin embargo, ahora, plantado frente a la oscura entrada de su habitación, las dudas comenzaron a asaltarlo en bloque y el valor se le esfumaba entre los dedos. Valentina le repetía a menudo que él era el pilar que la mantenía firme, el escudo hecho a su medida cuando ella misma amenazaba con quebrarse. Lo que él jamás le había confesado es que, en realidad, era ella quien lo dotaba de esa fuerza. Ahora temía que aquella revelación trazara una distancia insalvable entre ambos, que su amor se transformara en odio al descubrir que le había ocultado su origen durante tanto tiempo. Todo lo que habían construido, su intimidad asfixiante y sagrada, corría el riesgo de disolverse en el instante en que él pronunciara la verdad.
Permaneció en silencio un instante frente a la puerta, respiró hondo para calmar los latidos de su pecho y giró el pomo milímetro a milímetro, buscando no interrumpir el descanso de la chica. Al asomarse, descubrió que la cama estaba vacía. Su mirada viajó instintivamente hacia la terraza, el rincón donde habían consumido cientos de horas suspendidos en la hamaca. Valentina se encontraba allí de pie, apoyada en la barandilla de madera. Vestía aún su chaqueta azul, resguardándose de las ráfagas de aire fresco que comenzaban a levantarse con la caída del atardecer. Mikael se aproximó con paso silencioso y situó los brazos en la celosía, justo a su lado. Intentó escoger mentalmente las palabras exactas para minimizar el impacto del golpe, pero resultaba una tarea colosal iniciar una conversación donde tenía que revelarle a su mejor amiga que toda su existencia era una elaborada mentira... y que él había sido artífice de ese engaño.
—Deberías estar descansando —le sugirió con suavidad.
—Estoy bien. Terra hace auténticas maravillas con el incienso de sándalo—contestó ella, volviéndose con una sonrisa.
Mikael la contempló fijamente, modulando su respiración para que el tono de su voz fluyera relajado y confiado.
—Valentina...
—No, Mika... —lo interrumpió ella, deteniendo el golpe. Se giró por completo hacia él, atrapando la tela de su camiseta blanca con ambas manos mientras le clavaba una mirada intensa—. Siempre que utilizas mi nombre completo es para arrastrarme a algo serio o demasiado formal. —Apoyó la frente con suavidad en el centro de su pecho—. Hoy no, por favor. No lo hagas.
—Val… —pronunció él en un suspiro, rodeándola de inmediato con los brazos para estrecharla contra sí.
—Sea lo que sea, puede esperar. Tenemos toda una vida por delante.
El chico reforzó la presión del abrazo, acortando cualquier distancia física y bajando sus labios hasta rozar los filamentos grises y rosas de su melena.
—Haremos que sea una eternidad.
Mikael depositó un beso en su coronilla con un alivio casi doloroso. Sin necesidad de mirarla, percibió cómo las comisuras de Valentina se curvaban, provocando que un intenso destello rosado en sus ojos brotara de las grietas de sus iris grises.
Habrían podido prolongar aquel refugio mutuo durante horas, pero apenas transcurrieron un par de minutos cuando el repicar suave de las campanillas de cuarzo cristal ascendió desde el porche. Acto seguido, la voz de Elisabeth se coló por la rendija de la puerta entreabierta del dormitorio.
—¿Valen?
—Pasa —respondió ella. Se distanció unos centímetros de Mikael, aunque mantuvo una de sus manos aferrada a la camiseta del chico.
—Terra me ha dicho que podía subir a verte —dijo Elisabeth con la voz entrecortada por la preocupación—. ¿Cómo estás?
—Estoy bien, ya os dije que solo era agotamiento.
Elisabeth contempló la absoluta sinceridad de la sonrisa de su amiga tras el horror que había vivido en el claro del bosque e, impulsada por el desahogo, se abalanzó sobre ella para darle un abrazo enérgico.
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Editado: 10.09.2026