Donde el Cielo se rompe

Realidad

Valentina cerró el puño fuertemente con la pulsera de Elisabeth en su interior, y dirigió su mirada de nuevo al mar. Una sensación de inmensa inquietud se apoderó de ella y la impulsaba a volver, necesitaba encontrar a su amiga, saber si estaba bien. Dio un par de pasos en dirección a donde estaba antes y, aquella voz que la despertaba una y otra vez de sus pesadillas, la llamaba ahora en su realidad.

-Valentina...

Se quedó paralizada unos segundos. El hecho de haberse quedado dormida explicaría muchas de las cosas que habían pasado en los últimos minutos. Quizás, al recostarse en las rocas y cerrar los ojos cuando empezó a salir el sol, la venció el cansancio que la invadió después de sentir las descargas que le recorrían el cuerpo cuando veía a Analía. Pero no, estaba convencida de que todo lo que había pasado, no era parte de un sueño. Sacudió la cabeza intentando despejarla, y se dispuso a seguir el camino.

-Valentina, no vayas.

Se giró bruscamente, buscando de donde provenía la voz. Si hubiese estado soñando, se hubiera despertado, como siempre que la escuchaba. Si no lo estaba, alguien tenía que estar ahí para llamarla.

No consiguió ver a nadie.

-¡No! ¡Ya está bien! ¿Por qué debería de hacerte caso sin saber quién eres? ¡Si ni siquiera puedo verte! -dijo mientras se llevaba las manos a la cabeza, pensando si se estaría volviendo loca, hablando a la nada.

Bajó del espigón y se sentó en la arena, cogiéndose las rodillas con las manos y apoyando la cabeza en ellas, derrotada, sin saber qué debía de hacer, qué le había pasado a Elisabeth o qué era esa criatura que había arrastrado a Mikael bajo el agua. Ya ni se molestaba en secar sus lágrimas, porque no encontraba el modo de hacer que parasen.

De pronto, sintió como alguien se sentaba detrás de ella y le ponía la mano en el hombro, presionando ligeramente.

-Lo siento, Valentina.

Reconoció la voz al instante. Aun apoyada en sus rodillas, abrió los ojos de par en par, pero sintió que no era lo suficientemente fuerte como para levantar la mirada.

En ese momento, el suelo volvió a temblar e, instintivamente, se echó hacia atrás, quedando apoyada en quien había puesto la mano en su hombro. Del suelo, empezaron a salir árboles enormes y arbustos que dejaban un ligero aroma a jazmín y hierbabuena en el aire. Unos pasos delante de ella, en el agua, las rocas del espigón se elevaron hasta formar una cascada. Unos segundos después, Valentina se vio en un sitio totalmente diferente a donde se encontraba antes, vestida con una simple túnica de algodón blanco que se abría a los lados de ambas piernas casi hasta la cadera y atada a la cintura con un cordel trenzado de color dorado y rosa. Se apoyaba en alguien que la rodeaba con sus brazos, y que le transmitía una enorme sensación de seguridad y bienestar. Sus ojos seguían muy abiertos, la escena le resultaba tremendamente familiar, a pesar de no saber dónde se encontraba, y miraba cada detalle de aquel lugar: los grandes cedros envueltos por las enredaderas de jazmín, las rocas volcánicas que bordeaban la cascada y que se desperdigaban por el césped del lugar, el agua tan mágicamente transparente y en calma...

-Lo siento, Valentina...

Y, repentinamente, un destello de luz verdosa la cegó, y los brazos que la rodeaban habían desaparecido. En su lugar, sólo sentía un frío que la paralizaba, que no la dejaba respirar, que la ahogaba... y comprendió que estaba dentro del agua, y la fuerza de la cascada la volteaba y empujaba hacia el fondo. Mientras, sólo escuchaba su propio pensamiento... 'Papá...

En ese momento, sintió un ligero zarandeo y unas manos extremadamente suaves que sostenían sus mejillas con una ternura inmensa, mientras intentaban hacer que volviera en sí. Sacudió poco a poco su cabeza y se llevó una mano a la nuca, mientras con la otra se sostenía a la camisa de quien tenía en frente, dándose cuenta poco a poco que seguía sentada en la playa.

-Mika... -dijo aun sin mirar.

Pero no era Mikael. A su lado, pudo ver a un chico alto, con una brillante melena por debajo del hombro, rubia y con unas mechas del mismo color que las que ella tenía. Sus ojos eran totalmente rosas, exactos a las grietas que adornaban los de Valentina, pero sin el gris que caracterizaba los de ella, y vestía con un pantalón y camisa de lino asalmonado con vetas blancas.

-Tú... -Valentina no supo reaccionar, sólo fue capaz de ponerse en pie, sobresaltada.

-Espera, déjame explicarte. Soy Sam...

-¡No! Sé quien eres -lo interrumpió mientras daba unos pasos atrás-. No deberías estar aquí, no deberías haber vuelto -y echó a correr hacia su casa, mientras el cielo despejado que había amanecido aquella mañana, se volvía oscuro y dejaba caer una intensa lluvia que cubría con un manto frío y gris todo lo que Valentina alcanzaba a ver.

*****

Terra, que estaba en la mecedora del salón, leyendo, se sobresaltó al escuchar la forma en la que golpeaban la puerta y el penetrante sonido del repicar de las campanillas del porche, que sonaban de manera inquietante en ese momento, como si alguien los agitase enérgicamente. Se levantó apresuradamente y se dirigió a la entrada. Cuando abrió, vio a Valentina temblando, con las mejillas totalmente bañadas en lágrimas, y con un terror en la mirada que se mezclaba con un millón de dudas. Tenía la respiración entrecortada, como si hubiese estado corriendo varios kilómetros hasta llegar a su casa. Terra la abrazó, aterrorizada, pero Valentina no le devolvió el abrazo, se quedó totalmente inmóvil, sintiendo cómo el frío de su ropa se le calaba hasta los huesos al sentirla presionada contra su piel mientras Terra la abrazaba. Por primera vez, no quería que la abrazara, sólo quería entender lo que estaba pasando, así que se alejó un poco, sin brusquedad.

-Sam... -susurró.

Terra se tensó al escuchar el nombre en labios de Valentina, una tensión que se hizo más que evidente.




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