Donde el Cielo se rompe

Medias verdades

Cuando Ezequiel descendió las escaleras, Terra permanecía estática con la mirada fija en el horizonte costero, apoyada en el marco de la entrada que había quedado abierta tras la llegada de Valentina. Su lenguaje corporal denotaba una inusual agitación; acariciaba con la yema de los dedos la cicatriz de media luna de su cuello, sintiendo en ella una temperatura considerablemente más elevada de lo habitual.

—Terra, es imperativo que te estabilices y procedas a evacuar —le ordenó él, manteniendo una distancia prudencial.

Ella vaciló unos segundos antes de responder, conteniendo el aliento.

—No es posible... —admitió, con una marcada dificultad para articular cada palabra—. Si me retiro al refugio, las salvaguardas de este santuario se romperán por completo. Mi presencia física en este plano es el foco que las activa; sin mí, las paredes de abedul blanco resultarán una barrera insuficiente para aislar la huella de Valentina. Su rastro quedará expuesto ante su propio linaje de forma inmediata.

—Terra... Careces de alternativas. No hay elección —sentenció Ezequiel, endureciendo sus facciones de plata—. Tu juramento de no luchar te ata las manos. Respeto tu magia y tu devoción por la vida, soy consciente de tu inmenso poder. Pero en la batalla que se avecina, no hay cabida para una negativa a combatir; eso podría ser una sentencia de muerte. Vete al refugio, protege tus votos. Aquí solo serías un peligro para todos, incluyéndote a ti misma y a Valentina.

Al escuchar la dura advertencia de Ezequiel, una corriente helada recorrió cada átomo bajo la piel de Terra. Se negaba a admitirlo, pero comprendía que el guerrero púrpura estaba en lo cierto. Ezequiel tenía la certeza de que era una bruja de extrema antigüedad, pero desconocía la verdad sobre el poder apocalíptico que corría por sus venas. Sabía que, si sus tres hermanos lograban dar con ella, no solo la arrastrarían al abismo; ese reencuentro forzoso desataría el caos. Su santuario de abedul blanco, inmutable tras milenios dedicados a su sanación, amenazaba con dejar de ser un escudo hermético si no rompía su promesa de paz.

Terra se tensó mientras sus ojos se inundaban de lágrimas; unas gotas tan brillantes que parecían arrastrar fragmentos de polvo estelar. Un detalle que Ezequiel no podía ver, dado que ella se rehusaba a girarse desde que escuchó sus pasos descender. La aflicción por el inevitable desenlace, el temor ante lo que pudiera pasar y la rabia derivada de su total falta de libre albedrío se fusionaban en su semblante desencajado.

—¿Qué ha ocurrido hoy en el perímetro? —preguntó Terra, desviando el conflicto—. ¿Qué motivo te llevó a manifestarte como Hydra frente a ella esta mañana?

—Medusa se ha liberado del confinamiento; lograron anular sus vectores de contención —explicó él aproximándose a su posición. Le posó una mano en el hombro para obligarla a darse la vuelta—. Se dirigía a interceptar a Valentina mientras se encontraba con Mikael en el espigón, y el arcángel fue incapaz de registrar su proximidad... Esto supone una anomalía grave. Ya se ha desencadenado el suceso que temíamos, Terra —informó, mirándola a los ojos aún vidriosos—. Anhelo tuvo la oportunidad de haber ejecutado su mandato y arrancarla de esta frecuencia en la playa. Todavía no logro descifrar su razón para ralentizar el ataque esperando a que hiciéramos acto de presencia.

—¿Cómo voy a romper este vínculo con ella? Tú sabes lo que significa tenerla lejos.

—Te asistiré en todo lo que me esté permitido y te mantendré informada. Pero es estrictamente necesario que te ocultes en el refugio mientras diseñamos una estrategia para mantener a Valentina a salvo sin comprometer la estabilidad de ninguno de los planos.

Terra asintió, resignada. Ezequiel la estrechó contra sí, irradiando su aura violeta para neutralizar el inmenso vacío emocional que comenzaba a apoderarse de ella.

***

Con los rayos solares del mediodía cruzando las puertas batientes de la terraza abierta, Valentina abrió los ojos con pereza. Se encontraba tal y como se había dormido: apoyada sobre el pecho de Mikael y envuelta en su abrazo. Sentía el brazo que había quedado atrapado bajo su propio peso completamente entumecido, así que se giró despacio, midiendo cada movimiento para no despertar al chico.

—¿Intentas escaparte de mí? —la sorprendió él mientras se incorporaba un poco, cargando el peso de su cuerpo sobre la almohada con el antebrazo.

—No se me ocurriría. —Ella esbozó una leve sonrisa—. Perdóname, no quería despertarte.

—Tranquila, ya estaba despierto. No he podido dormir.

«Necesito pasar despierto cada bendito segundo que me queda contigo», pensó en un grito silencioso. La densa sombra de culpa y angustia nubló sus iris celestes mientras Valentina se sentaba en la cama y apoyaba la espalda contra el cabezal de madera.

—¿Estás bien? —le preguntó ella, deslizando los dedos entre su cabello. Notó de inmediato que este había cambiado: pasó del azul eléctrico de la mañana anterior a un tono tan oscuro que se asemejaba al negro.

—Todo lo bien que se puede estar después de lo que pasamos anoche —fingió una sonrisa, buscando camuflar su agonía—. Pero no te preocupes, todo acabará pronto.

Mikael se sentó junto a ella. Incluso él se notaba extrañamente callado aquella mañana. Le quedaban tan solo unas horas a su lado y no tenía la menor idea de cómo pasarlas. Anhelaba confesarle la verdad, pronunciar las palabras que se habían perdido la mañana anterior en el espigón, recuperar la intimidad de ese instante... pero el trato se lo impedía. Sabía que lo correcto era comenzar a distanciarse, mostrarse más frío y hostil para que el golpe no fuese tan demoledor. Sin embargo, su alma se revelaba ante esa idea.

En mitad de aquella desesperación silenciosa, Mikael fijó su atención en las manos de Valentina. La chica daba vueltas a un objeto en su puño cerrado, meditabunda. Él le tomó los dedos entre los suyos para apaciguar su gesto nervioso y descubrir qué ocultaba.




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