La tarde se extinguía lentamente sobre Santiago, arrastrando consigo una sensación extraña, casi anticipatoria, como si la ciudad supiera que algo estaba por romperse. Las luces comenzaban a encenderse una a una, dibujando reflejos débiles sobre las ventanas, mientras el cielo se cubría de nubes densas que oscurecían el horizonte antes de tiempo.
Dentro del departamento, el aire era distinto. Pesado. Inmóvil. Como si cada objeto hubiese quedado suspendido en una espera silenciosa.
Pedro caminaba de un lado a otro por la sala sin encontrar un punto donde detenerse. Sus pasos eran cortos, repetitivos, cargados de una tensión que no lograba disipar. No miraba a ningún lugar en particular, pero tampoco podía dejar de moverse. Akane, en cambio, permanecía en el sofá, encogida sobre sí misma, abrazando sus piernas con una fragilidad que contrastaba con la imagen que siempre había proyectado. Su mirada estaba perdida en un punto indefinido del suelo, como si observarlo demasiado pudiera hacer que la realidad terminara de caer sobre ella.
No se habían hablado en un largo rato.
Desde la llamada, el silencio entre ambos había cambiado de naturaleza. Ya no era cómodo ni lleno de significado. Era un silencio que empujaba, que obligaba, que anunciaba algo inevitable.
—No tienes que irte —dijo Pedro finalmente.
Su voz no fue fuerte, pero rompió el ambiente con una claridad que no dejaba espacio para ignorarla.
Akane levantó la mirada. Sus ojos estaban húmedos, pero no por un llanto reciente, sino por algo más contenido, más profundo, que parecía haberse instalado en ella sin permiso.
—Pedro…
—Podemos hablar con él —continuó, dando un paso hacia ella—. Explicarle.
Akane negó suavemente. Fue un gesto pequeño, casi imperceptible, pero cargado de una certeza que Pedro aún no lograba comprender.
—No conoces a mi padre.
Pedro se detuvo frente a ella. La distancia entre ambos era mínima, pero por primera vez se sentía insalvable.
—Entonces que venga —respondió, con una firmeza que nacía más de la necesidad que de la convicción—. No voy a dejar que te arranque de mi vida.
Akane sintió cómo el pecho se le cerraba. Su respiración se volvió irregular, como si cada intento por tomar aire chocara contra algo invisible.
—Él no discute —susurró—. Él decide.
Pedro tomó sus manos. Las sostuvo con cuidado, como si temiera que pudieran desaparecer si apretaba demasiado, pero al mismo tiempo con una firmeza que dejaba claro que no estaba dispuesto a soltarlas.
—Entonces que decida mirándome a los ojos.
Akane abrió los labios para responder. Había algo que quería decir, algo que llevaba horas conteniéndose, pero no alcanzó.
Los golpes en la puerta cortaron el momento.
Fueron tres. Secos. Precisos. Sin duda.
Akane dejó de respirar por un instante. No necesitó preguntar. Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
Pedro giró hacia la puerta.
—Espera… —intentó decir ella, pero su voz se perdió antes de completarse.
Cuando Pedro abrió, el contraste fue inmediato.
Tres hombres ocupaban el pasillo. Vestían trajes oscuros impecables, sus posturas eran rígidas, y sus miradas carecían de cualquier rastro de emoción. No estaban ahí para negociar.
—Señorita Takamura —dijo uno de ellos, dando un paso al frente.
Akane se puso de pie lentamente. Sus piernas respondieron más por inercia que por decisión.
—Ya llegaron…
El hombre entró sin esperar invitación, como si el espacio ya le perteneciera.
—El señor Takamura envía el automóvil.
Pedro reaccionó al instante, colocándose frente a Akane sin pensarlo, como si su cuerpo entendiera antes que su mente lo que estaba ocurriendo.
—Ella no va a ningún lado.
El hombre lo miró. No hubo desafío en su expresión, tampoco desprecio. Solo una ausencia total de interés.
—No es una petición.
Pedro dio un paso hacia él. La tensión en su cuerpo era evidente.
—Entonces dile a tu jefe que venga él mismo.
No hubo respuesta verbal.
El guardaespaldas simplemente avanzó hacia Akane y tomó su brazo con firmeza. No fue un gesto brusco en apariencia, pero sí lo suficientemente fuerte como para marcar el límite.
Akane se estremeció.
—Suéltame…
Pedro reaccionó de inmediato. Sujetó el brazo del hombre y lo apartó de ella con un movimiento seco.
—No vuelvas a tocarla.
El aire se tensó.
Fue un instante breve, casi imperceptible, pero suficiente.
El segundo guardaespaldas se movió con precisión.
Pedro apenas alcanzó a girar el rostro cuando el golpe impactó. Fue directo, seco, brutal en su rapidez. Su cabeza se sacudió hacia un lado y el mundo perdió estabilidad por un segundo. Sintió el impacto antes de comprenderlo. El cuerpo cedió y terminó golpeando la mesa con un sonido apagado.
El aire se le escapó de los pulmones.
—¡PEDRO!
El grito de Akane rompió todo.
Pedro apoyó una mano en el suelo, intentando recuperar el equilibrio. El sabor metálico llenó su boca de inmediato. Sangre. Caliente. Inconfundible.
El hombre que lo había golpeado se inclinó ligeramente hacia él.
—Escúchame bien —dijo, en un tono bajo, perfectamente controlado—. Si vuelves a interponerte entre la señorita Takamura y su familia…
Se acercó un poco más, lo suficiente para que no quedara duda.
—La próxima vez no será solo un golpe.
Pedro levantó la mirada con esfuerzo. El dolor estaba ahí, claro, presente, pero no era lo que dominaba su expresión.
—Vete al infierno —murmuró.
El hombre se enderezó sin responder.
—Señorita Takamura.
Akane no se movía. Sus manos temblaban. Su respiración era corta, entrecortada, como si su propio cuerpo no supiera cómo sostener lo que estaba sintiendo.
Miró a Pedro.
Lo miró como si quisiera quedarse ahí para siempre.
—Lo siento…
Pedro negó de inmediato, con una urgencia casi desesperada.