Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 10- Nostalgia

La lluvia caía sin descanso sobre Santiago, constante y persistente, como si el cielo hubiera decidido no callar. No había truenos ni relámpagos, solo ese sonido uniforme golpeando las ventanas, llenando cada rincón con una presencia que, lejos de acompañar, acentuaba el silencio dentro del departamento.

Pedro estaba sentado en el sofá, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y una taza de café sostenida entre sus manos. El líquido ya estaba frío. No recordaba cuándo lo había preparado, ni por qué había dejado que se enfriara sin tocarlo. En realidad, había muchas cosas que no recordaba con claridad desde que ella se había ido.

Su mirada se mantenía fija en el espacio a su lado. Vacío. Pero no era un vacío cualquiera. Era el lugar donde Akane se sentaba, donde cruzaba las piernas mientras estudiaba, donde fruncía el ceño cuando algo no le salía y, segundos después, dejaba escapar una risa suave, casi infantil, cuando lograba pronunciar correctamente una palabra. Era también el lugar donde, sin aviso, apoyaba la cabeza en su hombro, como si ese gesto simple fuera suficiente para hacer del mundo algo más fácil.

Pedro tragó saliva. El movimiento fue leve, pero su cuerpo lo sintió. Bajó la mirada hacia la taza, que tembló apenas entre sus manos antes de que la dejara con cuidado sobre la mesa, como si incluso ese pequeño sonido pudiera romper algo más de lo que ya estaba roto.

Entonces lo vio.

El suéter.

Seguía doblado sobre el respaldo de una silla, exactamente en el mismo lugar donde ella lo había dejado. Pedro no lo había movido. No había podido. Se levantó lentamente, con esa pesadez extraña que aparece cuando el cuerpo no quiere acompañar lo que la mente ya decidió, y caminó hasta él. Lo tomó con cuidado, casi con respeto, y al hacerlo, el aire pareció detenerse.

Aún conservaba su aroma.

Suave. Familiar. Dolorosamente cercano.

Pedro cerró los ojos y apretó la tela entre sus dedos. No fue un llanto. Fue algo más contenido, más profundo, como si todo su cuerpo intentara sostenerse en un punto exacto que ya no existía.

—Akane… —murmuró, apenas.

Su voz se quebró en el aire, pero no insistió. Se quedó ahí unos segundos, respirando con dificultad, antes de exhalar lentamente y dejar el suéter en su lugar, con el mismo cuidado con el que lo había tomado. Como si aún le perteneciera a ella. Como si fuera a volver por él en cualquier momento.

Su mirada se desplazó entonces hacia la mesa.

El libro.

Seguía ahí, abierto, como si hubiera quedado suspendido en el tiempo, esperando que alguien continuara donde ella lo había dejado. Pedro se acercó con una lentitud distinta, más consciente, como si intuía que ese objeto guardaba algo más que recuerdos. Lo tomó entre sus manos, y en cuanto sus dedos rozaron el papel, las imágenes regresaron sin pedir permiso.

Pasó una página.

Anotaciones pequeñas, ordenadas, llenas de vida. Palabras en español acompañadas de traducciones en japonés, escritas con una caligrafía delicada que parecía reflejar su forma de ser. Entre dos hojas, una flor seca, cuidadosamente guardada, como si ese pequeño fragmento de mundo tuviera un significado que solo ella entendía.

Pedro la observó en silencio.

—Siempre recogías cosas… —murmuró, sin intención de ser escuchado.

Pasó la página.

Un dibujo sencillo. Torpe. Un perro.

Un golden retriever.

Una leve sonrisa apareció en su rostro, apenas un gesto, antes de desaparecer con la misma rapidez. Continuó avanzando, dejando que sus dedos recorrieran las páginas como si buscara algo que aún no sabía nombrar.

Y entonces la vio.

Una sola palabra.

“Nostalgia”.

Sus dedos se detuvieron sobre ella, y por un instante, todo lo demás dejó de existir.

El recuerdo llegó sin aviso.

Aquella tarde. La luz entrando por la ventana. Akane frente a él, con el libro entre las manos y esa expresión de concentración que siempre terminaba rompiéndose en curiosidad.

—¿Sabes qué significa? —le había preguntado Pedro.

Ella negó suavemente, mirándolo con atención, con esa forma tan suya de escuchar como si cada palabra importara de verdad.

Pedro sonrió, inclinándose levemente hacia ella.

—Es cuando tu corazón extraña algo… incluso cuando todavía lo tiene.

Akane parpadeó, como si algo dentro de ella hubiera reaccionado antes de comprenderlo del todo.

—Nos… tal… gia… —repitió, con cuidado.

—Nostalgia —corrigió él, sin dejar de mirarla.

Ella lo intentó otra vez, más suave, más lento. Y en ese momento no apartó la mirada. Como si esa palabra no solo se estuviera aprendiendo, sino quedándose.

El presente volvió de golpe.

Pedro abrió los ojos.

La lluvia seguía cayendo. El silencio también.

Bajó la mirada al libro y entonces lo notó.

El apellido.

“Takamura”.

Frunció el ceño. Pasó el dedo sobre la palabra. Una vez. Otra. Otra más. No era casualidad. Era repetición. Práctica.

Debajo, escrito con la misma letra:

“Akane Takamura”.

Algo dentro de él se tensó. No era aún una certeza, pero sí una incomodidad que crecía.

Cerró el libro lentamente.

Demasiado lentamente.

Se quedó de pie unos segundos, en silencio, dejando que los recuerdos comenzaran a reorganizarse por sí solos. La llamada. El tono de voz. La forma en que ella evitaba hablar de su vida en Japón. Siempre desviaba. Siempre suavizaba. Siempre protegía algo.

Pedro tomó su teléfono.

Sus dedos se detuvieron sobre la pantalla por un instante. No era miedo. Era la intuición clara de que lo que estaba a punto de ver iba a cambiarlo todo.

Escribió:

Akane Takamura.

Presionó buscar.

Los resultados aparecieron de inmediato.

Imágenes. Artículos. Titulares.

Demasiado.

Pedro abrió el primero.

Y la vio.

Akane.

Pero no la Akane que él conocía.




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