Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 13- Una visita inesperada.

El jardín de la residencia Takamura permanecía en silencio, pero no era un silencio natural. Había en él una precisión incómoda, una calma demasiado perfecta como para ser real. La primavera comenzaba a desplegarse lentamente en Tokio, y los cerezos del patio interior dejaban caer sus primeros pétalos sobre el camino de piedra con una delicadeza casi cruel, como si cada uno marcara el paso de un tiempo que avanzaba sin pedir permiso.

Akane caminaba entre ellos sin prisa, dejando que sus pasos apenas rozaran el suelo. Había algo en su forma de moverse que parecía contenido, como si incluso el sonido pudiera delatarla. Llevaba días en Japón, pero no lograba medirlos con claridad. El tiempo, dentro de esa casa, no avanzaba de forma normal. Se acumulaba.

Su padre no hablaba demasiado, pero no lo necesitaba. Su presencia era constante, ineludible. Estaba en los hombres que custodiaban la entrada, en el chofer que permanecía siempre disponible, en las puertas que se cerraban con una anticipación que no dejaba espacio a la elección. Estaba en el aire, pesado, invisible, ocupándolo todo.

Akane se detuvo y observó el jardín con detenimiento. Ese lugar que alguna vez había sido un refugio ahora se revelaba con una claridad dolorosa. No era una casa. Era una estructura diseñada para contener. Una jaula perfecta, hermosa en su forma, impenetrable en su esencia. Y ella… era parte de ese diseño.

Bajó la mirada, sosteniendo el libro que llevaba en las manos sin realmente verlo. No tenía teléfono, no tenía acceso al exterior, no tenía forma de comunicarse con Pedro. El pensamiento no llegó como una sorpresa; llegó como una certeza que dolía cada vez que se repetía. Solo un milagro podría devolverle esa conexión. Y los milagros no existían en el mundo al que pertenecía su familia.

Se sentó en una banca de madera bajo uno de los cerezos. Un pétalo cayó suavemente sobre su mano. Lo observó unos segundos, atrapada en su fragilidad, preguntándose cuánto podía durar algo hermoso antes de desaparecer sin dejar rastro. Intentó concentrarse en el libro, pero las palabras no lograban formar sentido. Porque su mente no estaba ahí.

Estaba en Santiago.

En un departamento pequeño donde el espacio era justo, donde la vida no tenía protocolos ni guardias. En una cocina donde el café siempre quedaba demasiado fuerte y, aun así, era perfecto. Una sonrisa leve, casi imperceptible, cruzó su rostro antes de desvanecerse.

Pedro.

El nombre no salió de sus labios, pero llenó el espacio a su alrededor.

El sonido de pasos sobre la piedra quebró el momento. No fue abrupto. Fue preciso.

Akane levantó la mirada.

Y su cuerpo reaccionó antes que su mente.

Se tensó.

Satoshi Ono avanzaba hacia ella con la misma elegancia controlada de siempre. Su presencia no era ruidosa, pero era imposible de ignorar. Vestía impecable, como si incluso el entorno se adaptara a su forma de existir. Caminaba con la seguridad de alguien que nunca ha tenido que justificar su lugar.

Akane se puso de pie sin retroceder.

—¿Qué haces aquí?

Satoshi esbozó una sonrisa mínima, calculada.

—Qué recibimiento tan frío. Creí que te alegraría verme.

—Nunca me alegra verte —respondió ella, sin vacilar.

El viento cruzó entre ambos, arrastrando algunos pétalos que descendieron lentamente, como si observaran la escena.

Satoshi miró alrededor con calma.

—Tu padre siempre ha tenido buen gusto —dijo—. Es un lugar hermoso.

Akane no se movió.

—Dime qué quieres.

Satoshi la observó unos segundos más de lo necesario, como si evaluara algo que solo él podía ver.

—Quería saber cómo estabas —respondió finalmente—. Después de lo ocurrido.

El estómago de Akane se contrajo.

—¿Lo ocurrido?

—La escena en Chile —continuó él con suavidad—. Un hombre que decidió cruzar un límite que no le correspondía.

La risa que siguió fue baja, contenida, pero suficiente para romper algo en el ambiente.

Akane dio un paso hacia él.

—¿Sabías?

Satoshi levantó levemente las manos.

—Sabía que algo así podía pasar. Las emociones, cuando no se controlan, siempre terminan mal.

El aire se volvió más denso. Akane sintió cómo la contención que había sostenido durante días comenzaba a ceder.

—Satoshi…

Pero no terminó la frase.

El golpe llegó antes.

Su mano impactó el rostro de él con un sonido seco que cortó el silencio del jardín.

—¡Si algo le pasa a Pedro…!

Satoshi giró lentamente el rostro hacia ella. No había rabia en su expresión. Solo frialdad.

—Es una pena —dijo—. Para nosotros… no es nadie.

Akane intentó golpearlo nuevamente, pero esta vez él la detuvo. Su mano atrapó su muñeca en el aire, firme, sin esfuerzo visible. La presión fue suficiente para marcar el límite.

—Jamás estará a mi altura —añadió con calma.

La soltó como si no tuviera importancia.

—Tú y yo estamos unidos por algo más grande que esto. Y, tarde o temprano… vas a entenderlo.

Akane lo miraba con un odio limpio, sin matices.

Satoshi comenzó a caminar a su alrededor, despacio, como si midiera el espacio que ella ocupaba.

—Pronto será la gala —continuó—. Nuestras familias estarán presentes. Todo tomará forma.

—Estás enfermo —dijo Akane.

—Tal vez —respondió él—. Pero sigo aquí.

Se detuvo frente a ella.

—Y él no.

El silencio que siguió fue insoportable. Akane sintió cómo el ardor en sus ojos amenazaba con traicionarla, pero se sostuvo. No iba a llorar frente a él.

Satoshi la observó con una calma que rozaba lo inquietante.

—Tu padre no sabía nada —agregó—. Tuve que decírselo.

El golpe no fue visible, pero fue devastador. Todo encajó de golpe. La causa. El momento. La ruptura.

Él.

Siempre había sido él.

—Te odio —dijo Akane en un susurro firme.

Satoshi inclinó ligeramente la cabeza.

—El odio cambia —respondió—. Siempre lo hace.




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