El teléfono llevaba varios segundos sonando cuando Pedro finalmente lo miró.
Número privado.
La luz de la pantalla cortaba la penumbra del departamento, dibujando sombras suaves sobre las paredes aún dormidas. Afuera, Santiago comenzaba a despertar lentamente, pero dentro de ese espacio el tiempo parecía suspendido, contenido en ese instante preciso donde la esperanza y el miedo conviven sin tocarse.
Su corazón latía más rápido.
Había una parte de él —irracional, obstinada— que quería creer que era Akane. Que había encontrado una forma. Que había roto todo lo que la retenía. Que todo lo ocurrido… no era definitivo.
El teléfono seguía sonando.
Pedro respondió.
—¿Hola?
El silencio llegó primero.
Pesado. Intencional.
No era ausencia.
Era presencia contenida.
Luego, una voz.
Calmada. Segura. Impecable.
—Así que tú eres Pedro.
El cambio fue inmediato.
Su cuerpo no se movió, pero todo en él se tensó.
—¿Quién habla?
Una pausa breve, casi elegante.
—Satoshi Ono.
El nombre no le era familiar… pero algo en la forma en que fue dicho bastó para que su instinto reaccionara.
Pedro apretó el teléfono con más fuerza.
—¿Quién eres? ¿Cómo conseguiste este número?
Una leve risa cruzó la línea. Controlada.
—Digamos que el mundo de Akane y el tuyo funcionan de maneras… incompatibles.
Pedro no respondió de inmediato. Midió el silencio. Lo sostuvo.
—¿Dónde está Akane?
La pregunta salió firme. Sin fisuras.
—¿Cómo la conoces?
La respuesta fue inmediata.
—En casa.
Una pausa.
—Donde pertenece.
El aire en la habitación se volvió más frío.
—Y la conozco mucho mejor que tú.
Pedro apretó la mandíbula. Sus ojos se desviaron hacia la ventana, donde el amanecer comenzaba a filtrarse con timidez. Necesitaba mantener el control.
—Quiero hablar con ella.
—Me temo que eso no será posible.
La voz no cambió.
—Pero pensé que sería… educado presentarme.
Pedro no cayó.
El silencio se estiró, tenso, fino como un hilo a punto de romperse.
—He oído mucho sobre ti —continuó Satoshi.
Otra pausa.
—El hombre que decidió enamorarse de alguien que está muy por encima de su mundo.
Pedro dejó escapar un leve suspiro.
No de duda.
De claridad.
—No llamaste para hablar de amor.
Un leve reconocimiento al otro lado.
—Eres inteligente.
Ahora sí, directo.
—Llamé para decirte algo que tal vez te interese.
Pedro esperó.
—Dentro de una semana se celebrará una gala.
El silencio entre ambos se volvió más denso.
—Una gala muy especial en el palacio Takamura.
Pedro sintió cómo algo dentro de él comenzaba a ordenarse. Como si cada palabra empujara la realidad hacia un lugar inevitable.
—Estoy pensando en un evento al estilo veneciano —continuó Satoshi—. Máscaras. Música. Personas importantes.
Una pausa.
—Y, por supuesto… la unión de dos grandes familias tradicionales de Japón.
Pedro no necesitó más.
—¿Una boda?
Una risa baja.
—Todavía no.
Silencio.
—Pero digamos que será… el anuncio oficial.
Pedro cerró los ojos un instante.
Uno solo.
Cuando volvió a abrirlos, algo había cambiado.
—Akane estará allí —añadió Satoshi.
Pedro no respondió.
—Probablemente con un hermoso vestido. Tal vez rojo… o negro.
Una pausa más lenta.
—Como corresponde a alguien de su posición.
Y entonces—
—Aunque supongo que tú ya la viste sin él.
El golpe fue limpio.
Preciso.
Pero Pedro no reaccionó.
No le dio ese espacio.
—¿Por qué me llamas?
La respuesta llegó sin rodeos.
—Porque quiero que entiendas algo.
Una pausa.
—Este mundo no es para ti.
Pedro bajó la mirada.
El libro seguía ahí.
Abierto.
“Nostalgia”.
Sus dedos se tensaron levemente sobre la mesa.
—Tal vez no lo sea… —dijo en voz baja— pero amo a Akane más que cualquier cosa en este mundo.
Silencio.
Luego, un suspiro.
—Entonces te daré un consejo.
Una pausa.
—Olvídala.
Pedro no dudó.
—No lo haré.
El silencio que siguió fue distinto.
Más pesado.
Más real.
—¿No? —preguntó Satoshi.
Pedro habló sin elevar la voz.
—No voy a olvidarla.
Una pausa.
—Y no voy a permitir ninguna unión de familias.
Esta vez, el silencio no fue controlado.
Fue incómodo.
Sutil.
Pero estaba ahí.
Cuando Satoshi volvió a hablar, su voz seguía siendo fría… pero ahora tenía filo.
—Interesante.
Una pausa.
—Las personas como tú suelen creer que el mundo se adapta a lo que sienten.
Silencio.
—No lo hace.
Otra pausa.
—Y cuando insisten demasiado…
La frase quedó suspendida.
Incompleta.
—Simplemente dejan de estar.
Pedro no reaccionó.
No porque no entendiera.
Sino porque ya había tomado una decisión.
Levantó la mirada hacia la pantalla del computador.
Japón.
Tokio.
Palacio Takamura.
—Tal vez.
No necesitaba decir más.
Satoshi habló por última vez.
—Entonces disfruta la distancia.
Una pausa.
—Porque dentro de una semana…
Y ahora sí, sin ningún matiz:
—Akane será parte de mi mundo.
La llamada se cortó.
El silencio regresó de golpe.
Pedro se quedó inmóvil unos segundos, con el teléfono aún en la mano.
Luego lo dejó sobre la mesa.
El aire no le alcanzaba.
Algo en su pecho se tensó—
Y se rompió.
El grito salió desde lo más profundo de su cuerpo.
Crudo.
Visceral.
Desgarrador.
Le quemó la garganta. Lo dejó sin voz por un instante.
El departamento volvió a quedar en silencio.
Pero ya no era el mismo silencio.