Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 22- Tras la máscara.

La noche en Tokio brillaba con una elegancia distante, casi indiferente. Desde lo alto, la ciudad se extendía como un océano de luces silenciosas, ajenas a lo que estaba por ocurrir dentro de los muros del palacio Takamura.

El edificio se alzaba imponente, iluminado con una precisión casi teatral. Las luces cálidas se derramaban por sus ventanales, dibujando sombras elegantes sobre la piedra pulida. Uno a uno, los vehículos de lujo llegaban hasta la entrada principal, dejando descender a hombres y mujeres envueltos en trajes impecables y máscaras venecianas que ocultaban más de lo que revelaban.

Era una noche de apariencias.

Y de verdades peligrosas.

Pedro detuvo el auto a unos metros de la entrada.

El motor se apagó.

Y con él… todo.

El silencio lo envolvió como un golpe seco.

Se quedó inmóvil frente al volante, con las manos aún apoyadas, los dedos tensos sin darse cuenta. Respiró una vez. Luego otra. Como si su cuerpo necesitara recordarle cómo seguir funcionando.

Bajó la mirada.

Sus manos estaban firmes… pero no en calma.

Había algo vibrando bajo la superficie. Algo contenido. Algo que no podía permitirse soltar.

Entonces alzó la vista.

Ahí estaba.

El lugar donde todo cambiaría.

Sus ojos recorrieron la fachada iluminada, las figuras que entraban, las sombras que se deslizaban entre la luz. Durante un instante, una parte de él —la más humana— quiso detenerlo todo. Dar marcha atrás. Volver a algo más simple. Más seguro.

Pero ese camino ya no existía.

—Bien… —murmuró apenas, con la voz baja y firme—. Es ahora.

Tomó la máscara.

Negra. Elegante. Sobria.

La sostuvo frente a su rostro durante unos segundos, observando su reflejo fragmentado en el brillo oscuro del material. Como si ese objeto tuviera el peso de una decisión final.

Porque lo tenía.

Al colocársela, algo cambió.

No fue inmediato.

No fue visible.

Pero fue real.

Pedro dejó de ser Pedro.

Y se convirtió en alguien capaz de entrar a ese mundo… sin pertenecer a él.

Abrió la puerta y salió del auto. El aire nocturno era frío, pero no logró atravesarlo. La tensión en su cuerpo era más intensa que cualquier temperatura.

Avanzó.

Cada paso lo acercaba.

Cada latido se hacía más fuerte.

Lo sentía en el pecho. En la garganta. En las manos.

No era miedo.

No exactamente.

Era determinación.

Dos guardias custodiaban la entrada principal. De traje oscuro, postura perfecta, miradas entrenadas para detectar lo que no encajaba.

Pedro se detuvo frente a ellos.

Uno de los hombres dio un paso adelante.

—Su invitación, por favor.

El mundo pareció estrecharse en ese instante.

Pero Pedro no dudó.

No podía hacerlo.

Sostuvo la mirada.

—Ya la presenté —respondió en perfecto japonés—. Salí un momento a atender una llamada urgente de la oficina de gobierno.

El guardia frunció levemente el ceño.

—¿Su nombre?

Un segundo.

Solo uno.

El tiempo se tensó como un hilo a punto de romperse.

Pedro sintió el pulso en sus sienes, marcando cada latido como un recordatorio de lo que estaba en juego. Pero no retrocedió.

No bajó la mirada.

—¿Disculpe? —dijo entonces, y su tono cambió por completo.

Más frío.

Más alto.

Más peligroso.

—¿Está insinuando que no pertenezco a este lugar?

El guardia dudó.

Fue apenas un gesto.

Pero Pedro lo vio.

Y avanzó.

Un paso.

Su voz se volvió firme. Cortante.

—Si vuelve a dirigirse a mí de esa forma… —hizo una pausa breve, medida— tendré que llamar directamente a la oficina de gobierno.

Sacó el teléfono lo justo.

No como amenaza.

Como advertencia.

—Y pediré que contacten al señor Satoshi Ono… —lo miró fijamente— para informarle del trato que estoy recibiendo.

Silencio.

Pesado.

Definitivo.

El guardia bajó la mirada casi de inmediato.

—Disculpe, señor.

Una leve reverencia.

—Puede pasar.

Pedro no respondió.

No hacía falta.

Avanzó.

Y cruzó la entrada.

El sonido lo golpeó de inmediato.

Música en vivo, suave pero constante. Voces entrelazadas en conversaciones medidas. El tintinear de cristales. Risas contenidas que parecían ensayadas.

El salón era imponente.

Candelabros gigantes descendían desde el techo, derramando luz dorada sobre las mesas perfectamente dispuestas. Los invitados se movían con una elegancia coreografiada, como si cada gesto hubiera sido aprendido de memoria.

Pedro se detuvo apenas unos segundos.

Observando.

Analizando.

Midiendo.

—No destacar… —recordó—. Mezclarme.

Un mesero pasó a su lado.

Pedro tomó una copa de champagne. El cristal estaba frío. Sus dedos se cerraron con más fuerza de la necesaria.

La llevó a sus labios.

No para beber.

Para respirar.

El líquido tembló apenas.

Y entonces…

lo vio.

Kenji Takamura.

No necesitaba presentación.

Su sola presencia imponía orden.

De pie, recto, inquebrantable.

Un hombre que parecía haber sido construido, no criado.

A su lado…

Satoshi Ono.

La mandíbula de Pedro se tensó.

Sus dedos se cerraron con fuerza sobre la copa.

—Tú… —murmuró apenas, sin voz.

Pero no se movió.

No aún.

La impulsividad era un lujo que no podía permitirse.

Su mirada continuó recorriendo el salón, más lenta ahora, más precisa.

Más desesperada.

Máscaras.

Rostros ocultos.

Vestidos elegantes.

Trajes impecables.

Nadie era quien parecía ser.

—¿Dónde estás…? —susurró.

Buscó entre la multitud una y otra vez.

Sin encontrarla.

La ansiedad comenzó a crecer.

No de golpe.

Sino como una grieta que se abre en silencio.




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