Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 26- El plan de escape

La música seguía fluyendo por el salón con una elegancia impecable, envolviendo cada rincón en una armonía cuidadosamente construida. Todo parecía en orden. Las luces cálidas caían desde los candelabros como una bendición artificial, las copas brillaban, las conversaciones se sostenían en ese tono exacto donde nada sobresale demasiado. Desde fuera, la escena era perfecta. Intocable.

Y, sin embargo, algo estaba a punto de romperse.

En medio de ese equilibrio aparente, Akane permanecía apoyada contra el pecho de Pedro. No era una postura social ni un gesto aprendido. Era necesidad. Una decisión silenciosa de no separarse, de no permitir que la realidad volviera a imponerse sobre ese instante.

Porque ahí, entre sus brazos, todo tenía sentido.

Sus ojos estaban cerrados, no por descanso, sino por miedo. Un miedo profundo, casi infantil, a que al abrirlos él ya no estuviera. A que todo aquello no fuera más que un recuerdo adelantado. Un espejismo cruel nacido de la desesperación.

—Sentí que te perdía para siempre… —susurró.

Su voz tembló contra el pecho de Pedro, quebrándose apenas en la última palabra.

Él no respondió de inmediato. No porque no tuviera qué decir, sino porque entendía que, a veces, las palabras no eran necesarias. Su mano se cerró suavemente sobre la de ella, firme, cálida, real.

—Nunca —dijo finalmente.

La palabra fue baja, casi íntima. Pero en ella no había duda.

Akane levantó el rostro con lentitud, como si temiera romper algo invisible. Sus ojos lo buscaron a través de la máscara, y en ese instante el resto del mundo perdió importancia. El ruido del salón se volvió distante, las luces dejaron de pesar, las miradas desaparecieron.

Todo se redujo a él.

No del todo.

A unos metros, entre la multitud perfectamente vestida, una figura se detuvo. Su atención no era casual. Observaba. Medía. Un segundo más de lo normal. Demasiado.

Pero Akane no lo notó. No podía. No había espacio en su mente para nada que no fuera Pedro.

—¿Qué estás haciendo aquí? —preguntó, casi sin aliento.

No era una simple pregunta. Era el reflejo de todo lo que había contenido. Miedo, esperanza, incredulidad.

Pedro la miró y, por un instante, sonrió. No de forma amplia ni evidente, sino con esa expresión contenida que ella conocía bien. Esa que no necesitaba mostrarse para sentirse.

—¿Qué voy a hacer?… —repitió en voz baja.

La giró con naturalidad, integrando el movimiento al ritmo del baile. Sus cuerpos se ajustaron con una precisión que no se aprende, que simplemente existe. Como si nunca hubieran estado separados. Como si el tiempo no hubiera logrado tocarlos.

Akane se aferró un poco más, sin darse cuenta. Su cabeza volvió a apoyarse en su pecho, buscando ese latido que le confirmaba que él estaba ahí.

Fuerte.

Constante.

Real.

Y en ese instante comprendió algo que no podía explicar con palabras: ahí no había miedo. Solo paz. Una paz que no había sentido en días, tal vez semanas. Tal vez desde el momento en que lo perdió.

—Nos van a descubrir… —susurró, sin apartarse.

Pero no hizo ningún intento por alejarse.

Dos guardias cruzaron el salón a unos metros de ellos. Sus movimientos eran lentos, calculados, sus miradas recorrían a los invitados con una atención que no correspondía a un evento social. Había algo en el ambiente que comenzaba a tensarse.

Pedro apenas deslizó sus dedos sobre los de ella, un gesto pequeño, pero lleno de intención.

—Tengo un plan.

Akane abrió los ojos. Su respiración cambió, volviéndose más rápida, más consciente.

—No tenemos mucho tiempo —continuó él.

La música seguía envolviéndolos, protegiéndolos bajo una apariencia de normalidad que no iba a durar. Pedro inclinó ligeramente el rostro hacia ella, lo suficiente para que sus palabras quedaran entre ellos.

—Escúchame bien.

Akane asintió sin separarse.

—Vas a salir al jardín. Diles que necesitas tomar aire.

Ella tragó saliva.

—Pedro…

Había duda en su voz, pero también algo más profundo. Confianza.

—Confía en mí.

Y en ese instante, todo lo demás perdió importancia. El plan, el riesgo, las consecuencias. Solo importaba él.

Pedro la acercó un poco más. Demasiado. Un segundo más y dejaría de parecer un baile.

—Voy a estar en la puerta de servicio del palacio —murmuró—. Tengo un auto para escaparnos.

Akane sintió su corazón golpear con fuerza contra el pecho.

—Pero no puiedo esperar para siempre —añadió Pedro—. Y si algo falla… improvisamos.

El silencio se instaló entre ellos por un segundo que se sintió más largo de lo que era.

—¿De verdad…? —susurró ella.

Pedro sostuvo su mirada sin vacilar.

—No crucé medio mundo para quedarme mirándote desde lejos.

Los dedos de Akane se aferraron con más fuerza. Como si ese contacto fuera lo único que la mantenía en pie.

Por un instante, creyó que podían quedarse ahí. Suspendidos. A salvo.

Pero Pedro no había terminado.

—No vine solo a verte —dijo con firmeza—. Vine a sacarte de aquí.

Su expresión cambió. Se volvió más sólida, más definida.

—Y voy a hablar con tu padre.

A la distancia, casi imperceptible para cualquiera que no supiera qué buscar, Kenji Takamura observaba el salón. Su postura era tranquila, pero su mirada no lo era. Había algo en ella que no se perdía ningún detalle.

Akane se separó apenas.

—¿Qué…?

—De hombre a hombre. Sin máscaras. Sin juegos —continuó Pedro—. No voy a esconderme.

El impacto fue inmediato.

Miedo.

Amor.

Orgullo.

Todo al mismo tiempo.

—Pedro… él no es alguien con quien—

—Lo sé.

La interrumpió con suavidad, pero sin dudar.

—Y aun así lo haré. Porque no voy a volver a perderte.

El silencio que siguió no fue vacío. Fue definitivo.

—Y esta vez… no vamos a separarnos nunca más.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.