Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 27- Reencuentro bajo los cerezos.

La música terminó, pero el mundo no.

El último acorde quedó suspendido en el aire como un suspiro contenido, delicado, casi sagrado, mientras las parejas se detenían con elegancia sobre el mármol pulido. Los vestidos dejaban de girar, las máscaras recuperaban su rigidez, y el brillo del salón volvía a ser solo una apariencia cuidadosamente construida.

En el centro de todo, Akane permaneció inmóvil.

La mano de Pedro aún sostenía la suya.

Un segundo más.

Solo uno.

Como si ambos comprendieran, sin necesidad de palabras, que ese instante no volvería a repetirse. Que, en cuanto se soltaran, todo lo que habían logrado sostener en ese breve espacio de tiempo sería reclamado por el mundo al que pertenecían.

Entonces Pedro hizo una leve reverencia. Elegante, precisa, silenciosa. Y la soltó.

El contacto desapareció.

Pero no lo que había ocurrido.

Akane no se movió. Su respiración no encontraba ritmo, como si su propio cuerpo estuviera intentando ponerse de acuerdo con lo que acababa de suceder. Sus manos temblaron suavemente frente a ella, ajenas, frágiles, y las observó con una necesidad casi desesperada de entender.

Las giró. Las examinó.

Como si buscara una prueba tangible.

Como si temiera que todo hubiera sido un engaño de su propia mente.

Su corazón latía con una fuerza que ya no podía contener.

Demasiado rápido.

Demasiado vivo.

Aquello no era un recuerdo.

Era presente.

Era real.

Porque algo dentro de ella había despertado.

No era solo amor.

No era solo nostalgia.

Era ella.

La verdadera.

La que había estado dormida durante semanas.

Desde el nivel superior del salón, Kenji Takamura observaba en silencio. Su mirada, entrenada durante años para descifrar intenciones, poder y debilidad en los demás, se detuvo en su hija con una precisión inquietante. Pero lo que vio no encajaba con nada que conociera.

No vio a la heredera.

Vio a alguien más.

Había algo en su postura, en la forma en que respiraba, en ese leve desorden que rompía la perfección que siempre la había definido. Algo que no pertenecía a ese lugar.

Un brillo.

Fugaz. Pero inconfundible.

Un recuerdo cruzó su mente sin permiso, arrastrando consigo una emoción que creía enterrada. Ese mismo brillo… lo había visto antes.

En los ojos de su esposa.

Kenji frunció apenas el ceño. No por enojo. Por reconocimiento.

Algo estaba cambiando.

Y por primera vez en mucho tiempo… no estaba seguro de poder controlarlo.

—Akane.

La voz llegó desde su lado con la precisión de quien nunca interrumpe sin intención.

Satoshi Ono.

Perfecto. Impecable. Intocable.

Akane giró el rostro lentamente. Lo miró… pero no lo vio. Su mente seguía en otro lugar. Su cuerpo, en cambio, ya comenzaba a reaccionar.

—¿Todo está bien? —preguntó él con calma medida.

Ella tardó un segundo más en responder. Uno que, para alguien como Satoshi, no pasó desapercibido.

—Yo… —respiró hondo— necesito salir un momento.

Satoshi la observó en silencio. Analizando. Midiendo. Había algo fuera de lugar. No sabía exactamente qué… pero estaba ahí.

—¿Salir? —repitió, con una suavidad que no admitía cuestionamientos.

Akane asintió levemente.

—A tomar aire fresco.

Hubo una pausa breve. Tensa.

Satoshi sostuvo su mirada un instante más, como si buscara algo detrás de sus palabras. Luego sonrió. Apenas.

Controlado.

—No te demores —dijo finalmente—. Tengo un anuncio importante que hacer esta noche.

Sus ojos se fijaron en ella con una claridad incómoda.

—Y tú eres la estrella de esta gala.

Las palabras no sonaron como una invitación.

Sonaron como una certeza.

Como una estructura ya definida en la que ella simplemente debía encajar.

Akane asintió.

Pero por dentro, algo se quebró con un silencio definitivo.

Se giró sin decir más y comenzó a caminar. Al principio despacio, manteniendo la elegancia que se esperaba de ella. Pero cada paso parecía arrancarla un poco más de ese lugar. A medida que avanzaba, su ritmo cambió, su respiración se volvió más profunda, más urgente.

Atravesó el salón sin mirar a nadie.

Las luces, las voces, las miradas… todo comenzó a perder sentido.

Las puertas se abrieron.

Y el aire frío de la noche la recibió como una verdad.

El silencio fue inmediato. Real. Profundo.

El jardín se extendía ante ella como un mundo aparte, ajeno al control, ajeno a las expectativas. Un espacio donde, por primera vez en mucho tiempo, podía respirar sin ser observada.

Lo hizo.

Una vez.

Otra.

Y entonces lo vio.

Bajo un cerezo en flor, inmóvil, como si formara parte del paisaje… estaba Pedro.

Esperándola.

No había duda en su postura.

No había prisa.

Solo certeza.

El viento se movió suavemente, arrastrando consigo los pétalos que comenzaron a caer alrededor de él con una lentitud casi irreal.

Akane no caminó.

Corrió.

Y cuando llegó, no habló. No preguntó. No dudó.

Se lanzó a sus brazos.

Pedro la sostuvo con una firmeza que no dejaba espacio a la incertidumbre. Sus brazos la envolvieron como si el mundo entero pudiera desaparecer… y aun así eso bastara.

—Pensé que te había perdido… —susurró ella contra su pecho, con la voz quebrada.

Pedro cerró los ojos un instante, absorbiendo ese contacto como si también lo necesitara para mantenerse en pie.

—Te dije que no te abandonaría.

Akane levantó el rostro. Lo miró de verdad. Sin filtros. Sin miedo. Sin distancia.

Y entonces lo besó.

No fue un gesto elegante ni contenido. Fue urgente. Intenso. necesario. Como si cada segundo tuviera peso propio. Como si ese beso fuera lo único que podía sostenerlos en medio de todo lo que estaba a punto de romperse.

Pedro respondió de inmediato, acercándola más, profundizando ese instante con la misma necesidad.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.