Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 28- Huida hacia lo inevitable.

El auto avanzaba con una velocidad que rozaba lo imprudente, cortando la noche de Tokio como una línea de decisión imposible de revertir. Las luces de la ciudad se estiraban a través del parabrisas, difusas, irreales, como si el mundo exterior ya no les perteneciera del todo. Dentro del vehículo, en cambio, todo era más denso. Más íntimo. Más frágil.

Akane no soltaba la mano de Pedro.

La sostenía con una fuerza silenciosa, casi inconsciente, como si ese contacto fuera lo único que garantizaba que él seguía allí… que no volvería a desaparecer como en esas semanas que aún le ardían por dentro.

Su respiración todavía no encontraba un ritmo estable. No era miedo. No exactamente. Era algo más antiguo, más profundo. Era la huella de la ausencia.

Pedro conducía con la mirada fija al frente, atento, preciso, pero su mente no estaba en la carretera. Estaba en el peso de esa mano entrelazada con la suya, en el temblor leve que todavía no desaparecía, en todo lo que no se habían podido decir.

—Ya casi salimos del perímetro —dijo en voz baja, sin apartar la vista del camino—. Después de eso será más difícil que nos sigan.

Akane lo observó.

Sus ojos brillaban, pero no por las luces de la ciudad. Había algo contenido allí, algo que había esperado demasiado tiempo.

—No vuelvas a dejarme… —susurró.

Pedro no respondió de inmediato. Solo ajustó ligeramente el agarre de su mano, como si ese gesto pudiera contener todo lo que aún no encontraba palabras.

—No lo voy a hacer.

Akane negó suavemente, como si necesitara ir más allá de esa respuesta.

—No… no entiendes.

Su voz se quebró apenas, pero no retrocedió.

—Estas semanas… han sido atroces.

La palabra quedó suspendida entre ellos, cargada de todo lo que no había sido dicho. No necesitaba explicación.

Pedro giró el rostro lo justo para mirarla.

Y en ese instante, sin necesidad de más, lo comprendió todo.

—Lo sé —dijo con una calma firme, distinta—. Y por eso no voy a volver a perderte.

Hubo un breve silencio. No incómodo. No vacío. Un silencio que acomodaba lo esencial.

Akane lo observó como si midiera la verdad en cada matiz de su voz.

—¿Qué vamos a hacer ahora?

Pedro no dudó.

—Voy a hablar con tu padre.

Ella frunció levemente el ceño, sorprendida.

—¿Hablar?

—De hombre a hombre —continuó él—. Sin máscaras. Sin juegos. Le voy a decir lo que siento… y lo que quiero.

Por primera vez, su voz no tenía defensas.

—No me voy a esconder más.

Akane sostuvo su mirada unos segundos. Y algo en su expresión cambió. El miedo retrocedió apenas… y en su lugar apareció algo más luminoso. Más firme.

—Eso es muy tú —murmuró.

Pedro sonrió, apenas.

Y en ese pequeño gesto, el aire dentro del auto dejó de ser opresivo.

Akane lo siguió observando, en silencio, como si lo redescubriera. Luego, con una suavidad que no necesitaba preparación, habló:

—Te amo.

No hubo temblor. No hubo duda.

Pedro no respondió con palabras. No podía. Pero su mano se cerró con más fuerza alrededor de la de ella, y ese gesto, simple y definitivo, lo dijo todo.

Akane inclinó ligeramente la cabeza, lo estudió un segundo más… y entonces, como si necesitara romper la intensidad del momento, sus labios se curvaron en una sonrisa distinta.

—Aunque…

Pedro arqueó una ceja.

—¿Aunque?

Ella se acercó un poco más, observándolo con una curiosidad casi infantil.

—Esa barba tuya…

Pedro frunció el ceño, desconcertado.

—¿Qué pasa con mi barba?

Akane no respondió. Simplemente alzó la mano, la rozó con cuidado… y tiró suavemente.

—¡Oye! —protestó él, soltando una risa inevitable.

Y entonces ella rió.

Una risa limpia. Real. Libre.

Después de todo.

—Es real… —dijo entre risas—. Tenía que comprobarlo. Pensé que era parte de tu disfráz.

Pedro negó con la cabeza, sonriendo.

—No puedo creer que este sea el momento para eso.

—Es el mejor momento —respondió ella, mirándolo con una calma nueva—. Porque sigo aquí.

Y esa frase… lo cambió todo.

El silencio que siguió ya no pesaba.

Respiraba.

--

A varios kilómetros de distancia, otro vehículo avanzaba con la misma velocidad, pero con una intención completamente distinta. No había emoción en ese trayecto. Solo cálculo.

Satoshi Ono permanecía inmóvil en su asiento, con la mirada fija en la carretera, como si cada detalle quedara registrado con precisión quirúrgica.

—El vehículo —dijo de pronto—. Negro. Cuatro puertas. Placa…

La repitió sin titubeos.

Exacta.

El guardia a su lado asintió de inmediato.

—No se preocupe, señor Ono. Ya alerté a seguridad. Lo están rastreando.

Satoshi no respondió. Sus ojos no parpadeaban.

—No van a escapar —murmuró.

El teléfono del guardia vibró. Contestó de inmediato. Escuchó. Y su expresión cambió.

—Señor… los encontraron.

El silencio dentro del vehículo se volvió más denso.

—¿Dónde?

—Van rumbo al parque Inokashira.

Por primera vez, una sonrisa apareció en el rostro de Satoshi. No era amplia. No era evidente. Pero era suficiente.

Y no tenía nada de humano.

Lentamente, bajó la mirada.

El arma descansaba a su lado.

La tomó con calma.

Como si siempre hubiera estado destinada a su mano.

—Vamos.

--

El auto de Pedro se detuvo finalmente.

El motor se apagó.

Y el silencio del lugar los envolvió de inmediato.

El parque Inokashira se extendía frente a ellos como un refugio improbable. Oscuro, amplio, casi irreal después del ruido, la presión y la huida.

—Lo logramos… —susurró.

Pedro la observó desde el auto. No dijo nada. Pero por primera vez desde que todo había comenzado… sintió lo mismo.

Habían escapado.

O al menos… eso parecía.

Akane se acercó a él. Sus manos buscaron su rostro con una naturalidad que no pedía permiso.




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