Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 31- Donde el tiempo se rompe.

El mundo dejó de tener forma.

No ocurrió de golpe. No fue un solo segundo, ni un único disparo, ni siquiera el instante exacto en que Pedro cayó en sus brazos. Fue algo peor. Una fractura invisible. Una grieta que se abrió bajo los pies de todos y tragó el orden, el aire, la lógica. De pronto, nada encajaba. Nada obedecía. Nada parecía pertenecer al mismo mundo de hacía apenas unos minutos.

—¡Rápido! ¡MUÉVANSE! —la voz de Kenji Takamura se quebró como nunca antes se había quebrado—. ¡Llamen una ambulancia ahora! ¡NO HAY TIEMPO!

Corría.

No con la elegancia fría de un hombre acostumbrado a mandar, ni con la seguridad de quien domina cada sala en la que entra, sino con torpeza, con desesperación, con esa clase de urgencia que solo nace cuando el miedo ya ha atravesado el orgullo y ha llegado al hueso.

—¡Señor, ya estoy llamando! —gritó uno de los guardias, con el teléfono en la mano—. ¡Está en camino!. Llegan en unos minutos.

Pero Kenji ya no escuchaba. Algo dentro de él se había adelantado a la realidad. Algo oscuro, helado, definitivo. La sospecha insoportable de que podía ser demasiado tarde.

A unos metros de allí, la noche parecía haberse vuelto más pesada.

Akane estaba de rodillas en el suelo.

No lloraba con contención. No había dignidad en su dolor, ni belleza, ni silencio. Su cuerpo temblaba sin control. Respiraba mal. A tirones. Como si el aire también se hubiera roto y ya no supiera entrar a sus pulmones. Tenía la ropa manchada, las manos cubiertas de sangre, el cabello deshecho, la mirada extraviada en un punto donde el horror ya había dejado de ser una amenaza para convertirse en realidad.

Pedro estaba en sus brazos.

Pesaba demasiado.

No era solo el peso de su cuerpo. Era otra cosa. Algo que Akane sintió con una claridad insoportable. Como si la vida dentro de él ya no se afirmara igual al mundo. Como si poco a poco, segundo a segundo, algo se estuviera soltando.

La sangre seguía saliendo.

Caliente. Espesa. Implacable.

Le corría por las manos, por las muñecas, por los antebrazos. Le manchaba el vestido, la piel, las piernas. Todo olía a hierro. A carne herida. A tragedia.

—No… no… no… —susurraba sin darse cuenta de que lo estaba diciendo—. Pedro… mírame… mírame, por favor…

Pero los ojos de él ya no obedecían del todo.

Se abrían.

Se cerraban.

Volvían a abrirse con un esfuerzo que parecía imposible.

Y otra vez se hundían.

Cada vez más lento.

Cada vez más lejos.

El eco del segundo disparo seguía vivo dentro de Akane. No como recuerdo. Como herida. Como un sonido que se hubiera quedado atrapado en sus huesos y repitiera sin descanso el mismo instante.

Ese estallido seco.

El cuerpo de Pedro sacudiéndose hacia atrás y adelante.

El gemido de dolor que escapó de su boca como algo arrancado de lo más profundo.

La sensación brutal de cómo el peso de él cambió entre sus brazos.

La certeza inmediata de que algo se había roto de un modo que no tenía regreso.

Ella lo había sentido todo.

Y ahora lo estaba perdiendo.

De verdad.

—¡Pedro! —su voz se quebró, se hizo pedazos en el aire—. ¡Pedro, mírame!

Le sostuvo el rostro con ambas manos, pero la sangre lo volvía todo resbaloso. No podía sujetarlo bien. No podía retenerlo. No podía hacer nada.

—No me dejes… —murmuró, y luego lo repitió como si repetirlo pudiera cambiar el mundo—. No me dejes… me prometiste… me prometiste que no me ibas a dejar…

Pedro intentó respirar.

Pero el aire no entraba.

Su pecho apenas se movía, y cada esfuerzo parecía un combate que su cuerpo ya no estaba seguro de poder sostener. Abrió la boca, como si fuera a decir algo, y entonces la sangre apareció entre sus labios.

Oscura.

Espesa.

Terriblemente real.

Akane se quedó inmóvil un segundo.

Solo uno.

El tiempo suficiente para comprender lo que estaba viendo.

Y después se quebró por completo.

Se inclinó sobre él, abrazándolo con una fuerza desesperada, como si pudiera amarrarlo a este mundo con sus propios brazos.

—¡NO ME DEJES! —gritó con toda su alma—. ¡NO ME DEJES!

Su voz no sonó humana.

Sonó rota.

Como algo que se desgarraba por dentro.

Y entonces gritó todavía más fuerte, con el terror ya desbordando cualquier límite, con la garganta ardiendo, con el cuerpo entero temblando de una desesperación que no conocía forma ni orgullo.

—¡¡AYUDA!! —su grito reventó en la noche—. ¡¡ALGUIEN ME AYUDE!!

—¡¡POR FAVOR!!

—¡¡AYUDA!!

El sonido golpeó el espacio, subió, chocó contra el silencio y volvió hecho eco. Pero por un segundo insoportable, nadie respondió. Nadie llegó. Nadie pudo hacer nada.

Pedro abrió los ojos otra vez.

Fue un esfuerzo sobrehumano.

Como si estuviera cruzando dolor puro solo para encontrarla.

Y la encontró.

Siempre la encontraba.

Intentó sonreír.

Apenas.

Una sombra de sonrisa. Algo tan pequeño y frágil que dolió más que cualquier herida.

—Oye… —murmuró, con la voz arrastrándose entre sangre—… estás… llorando mucho…

Akane negó de inmediato, rota, asustada, furiosa contra el mundo.

—¡CÁLLATE! —sollozó—. ¡No hables! ¡No hables, por favor!

Pedro volvió a intentar respirar. Un espasmo le cruzó el pecho. Todo su cuerpo se tensó por un segundo y el dolor pasó por él con una violencia visible.

—No… no llores… —susurró, y hasta en ese borde de la muerte quiso aliviarla—… no te ves… linda así…

La sonrisa murió antes de nacer.

Akane sintió que algo dentro de su pecho se abría como una herida imposible de cerrar.

—¡NO DIGAS ESO! —lo tomó del rostro con más fuerza, obligándolo a mirarla—. ¡No me hables así! ¡No me hables así como si te estuvieras despidiendo!

Pedro la miró.

Y por un instante, en medio del caos, del dolor, de la sangre, del espanto, pareció que todo desaparecía.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.