Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 32- No te mueras.

La noche no avanzaba.

Se rompía.

La ambulancia la atravesaba como una herida abierta, desgarrando calles, semáforos, luces que apenas alcanzaban a existir antes de desaparecer detrás de su paso. Las sirenas no eran un sonido; eran un grito continuo, una insistencia violenta de que algo estaba ocurriendo… algo que no debía estar ocurriendo.

Pero dentro…

dentro el mundo era otro.

Más pequeño.

Más cerrado.

Más insoportable.

El aire no se respiraba: se sentía.

Denso.

Espeso.

Marcado por el olor metálico de la sangre, por esa presencia invisible de la muerte que ya no estaba afuera, sino ahí… compartiendo el mismo espacio.

Las manos se movían rápido. Demasiado rápido. Instrumentos, compresiones, voces superpuestas que intentaban sostener algo que se estaba escapando segundo a segundo.

—¡Presión cayendo!

—¡No responde!

—¡Manténganlo consciente!

Las órdenes salían, pero no había control.

Solo urgencia.

Solo miedo.

Y en medio de todo eso, Akane Takamura no escuchaba nada.

El mundo se había reducido a un solo punto.

A un solo rostro.

A una sola vida que se le estaba yendo entre las manos.

Pedro.

Lo sostenía como si el peso de su cuerpo fuera lo único que aún lo mantenía en este mundo. Como si soltarlo, aunque fuera un segundo, fuera traicionarlo… abandonarlo… dejarlo caer en algo del que ya no podría volver.

—Pedro… —su voz no era voz, era un hilo quebrado—… mírame… por favor…

Su respiración se rompía contra su propio llanto. No lograba controlarla. No quería controlarla. Porque controlar algo implicaba aceptar… y ella aún no podía.

Pedro intentaba respirar.

O eso parecía.

Su pecho apenas se movía, y cada intento era una batalla perdida antes de empezar. El aire entraba con dificultad… y salía con sangre, espesa, oscura, caliente. Demasiada.

Su cuerpo ya no le pertenecía.

Pero aun así…

la buscó.

Sus ojos, pesados, luchando contra algo más fuerte que la voluntad, se movieron hasta encontrarla.

—A…ka…ne…

El sonido fue débil.

Roto.

Pero suficiente.

Akane reaccionó como si ese susurro hubiera sido un golpe.

—¡Estoy aquí! —dijo, inclinándose más, desesperada—. ¡Mírame! ¡No cierres los ojos!

Sus manos temblaban sobre su rostro, sobre su pecho, sobre cualquier parte de él que pudiera tocar. Necesitaba sentirlo. Necesitaba comprobar que aún estaba ahí.

—No me voy a ir… —repitió—… ¿me escuchas?… no me voy a ir…

Era una promesa que no le estaba haciendo a él.

Se la estaba haciendo a sí misma.

Pedro intentó moverse.

No pudo.

Intentó sonreír.

El dolor le atravesó el cuerpo.

Un espasmo lo sacudió desde el pecho, profundo, brutal, como si algo dentro de él se estuviera desgarrando definitivamente.

—Siempre… quise…

La frase murió.

No por decisión.

Por falta de vida.

Akane negó de inmediato, acercándose más, invadiendo el poco espacio que aún existía entre ellos.

—No… no hables… no gastes fuerzas… por favor…

Pero él insistió.

Porque hay cosas que el cuerpo deja de sostener… pero el alma no.

—Morir… —susurró, apenas—… viendo el rostro… de una diosa…

Sus ojos se clavaron en ella.

Y por un segundo…

el dolor desapareció.

—Eres… hermosa… amor…

Akane se rompió.

No en partes.

Por completo.

—¡CÁLLATE! —gritó, desesperada, furiosa, rota—. ¡NO DIGAS ESO!

Lo tomó del rostro, obligándolo a quedarse, a no irse, a no soltarse.

—¡No te estás muriendo! ¿Me escuchas? ¡NO TE ESTÁS MURIENDO!

Pero Pedro la miró…

y en sus ojos ya no había lucha.

Había algo peor.

Aceptación.

—Akane…

—No… —su voz se quebró en un susurro—… no te despidas de mí…

Apoyó su frente contra la de él.

Cerró los ojos.

Como si así pudiera detener el tiempo.

—No me dejes… por favor… Pedro… no me dejes…

Y entonces…

el sonido cambió.

Un tono.

Agudo.

Constante.

Irreal.

El tipo de sonido que no se explica.

Se siente.

—¡Se está yendo!

—¡Pulso débil!

—¡Prepárense!

Akane sintió que algo dentro de ella se rompía en silencio.

—No… —susurró—… no… no…no...no...

Pedro intentó apretar su mano.

No pudo.

Sus dedos se soltaron.

Sin fuerza.

Sin intención.

—¡Está entrando en paro!

El mundo dejó de moverse.

—¡NO! ¡NO! ¡NO! —gritó Akane—. ¡PEDRO!

La mano de él cayó.

Pesada.

Ajena.

Sus ojos quedaron abiertos.

Pero ya no estaban.

Mientras una lágrima descendió por su mejilla.

Lenta.

La última.

Akane lo miró.

Y esta vez…

no gritó.

Porque el dolor había cruzado ese límite donde ya no existe el sonido.

—¡Comenzamos RCP!

—¡Uno, dos, tres…!

El cuerpo de Pedro se movía con cada compresión.

Violento.

Artificial.

Como si ya no le perteneciera.

—¡Más rápido! —gritó uno de los paramédicos—. ¡LO PERDEMOS!

—¿Cuánto al hospital?

—¡Cinco minutos!

—¡ACELERA!

La ambulancia rugió.

Pero dentro…

el tiempo ya no existía.

—¡Pedro! —la voz de Akane salió rota—… mírame… vuelve a mí…

Pero no había respuesta.

—¡Carguen!

—¡Despejen!

El impacto eléctrico lo sacudió.

Su cuerpo se arqueó.

Y volvió a caer.

Vacío.

Akane cerró los ojos.

Solo un segundo.

Y en ese segundo…

vivió toda una vida.

El parque.

El libro cayendo.

Su risa.

La harina en la cocina.

Sus manos.

Su voz.

El “no te voy a abandonar”.

El “te amo”.

—Vuelve… —susurró—… por favor… vuelve…

Silencio.

Un segundo que no terminó nunca.

El monitor no respondió.

Y en ese instante…

aunque la ambulancia seguía avanzando…




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.