Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 33- No se lo lleven.

La ambulancia se detuvo con un frenazo seco frente a la entrada de urgencias, y durante un instante —apenas perceptible— todo pareció quedar suspendido en un punto imposible entre la vida y la muerte. Luego las puertas traseras se abrieron de golpe, y el aire frío de la noche irrumpió con violencia en el interior, mezclándose con el olor espeso y metálico de la sangre.

No hubo transición.

Solo urgencia.

Solo tiempo que se acababa.

La camilla descendió con un movimiento brusco pero controlado, las ruedas golpeando el suelo antes de comenzar a avanzar sin pausa hacia el interior del hospital. Las manos que la empujaban trabajaban con precisión, pero ya no había calma en ellas. Solo insistencia. Solo resistencia.

Pedro yacía sobre la camilla.

Demasiado quieto.

Su piel había perdido el calor, como si la vida se hubiese retirado de él centímetro a centímetro. Sus labios estaban descoloridos, entreabiertos apenas, y su pecho… su pecho ya no respondía.

—Seguimos sin pulso…

—Tres minutos…

—No lo perdemos ahora…

Un paramédico comprimía su pecho con un ritmo constante, mecánico, casi brutal, como si intentara obligar al corazón a recordar cómo latir.

—Uno, dos, tres, cuatro…

Otro mantenía la ventilación, empujando aire dentro de un cuerpo que ya no parecía recibirlo.

—Presión cayendo…

—Cargando.

—Despejen.

La descarga atravesó el cuerpo de Pedro y lo arqueó con violencia sobre la camilla. Fue un movimiento que no tenía nada de vida, nada de respuesta… solo una reacción eléctrica, fría, impersonal.

Después…

nada.

Akane corrió detrás.

No pensó.

No respiró bien.

No sintió el suelo bajo sus pies.

Solo lo vio a él.

—Pedro… —logró decir, apenas, como si su voz se quebrara antes de nacer—

—mírame… por favor…

Pero él ya no podía hacerlo.

Las puertas del hospital se abrieron y la luz blanca lo cubrió todo. Voces, pasos, órdenes que se superponían. El eco de lo urgente golpeando las paredes.

—Quirófano listo.

—Muévanse.

La camilla desapareció por el pasillo.

Akane corrió detrás, sintiendo que cada segundo era un desprendimiento, una pérdida, algo que ya no podría recuperar.

—¡Pedro! —gritó ahora, sin poder contenerse—. ¡Pedro, por favor!

Las puertas del quirófano se abrieron apenas un instante.

Suficiente.

Suficiente para arrebatárselo.

Una enfermera la detuvo antes de que pudiera cruzar.

—Señorita, no puede entrar.

Akane intentó soltarse, desesperada, como si su cuerpo supiera que ese era el último momento.

—¡Déjeme! ¡Tengo que estar con él!

—No puede pasar.

—¡Pedro! —su voz se quebró en un grito que no parecía humano—. ¡Lucha! ¡Lucha por mí!

Las puertas se cerraron frente a ella.

Y ese sonido…

fue el final de algo.

Akane se quedó de pie unos segundos, sin comprender del todo lo que acababa de ocurrir. Su respiración era irregular, corta, como si el aire no alcanzara. Luego, lentamente, bajó la mirada hacia sus manos.

Sangre.

Sus manos estaban cubiertas de sangre.

La sangre de Pedro.

Un temblor recorrió su cuerpo.

—No… —susurró, negando sin darse cuenta—

—no…

Las rodillas cedieron.

Cayó.

El golpe contra el suelo no tuvo sonido en su mundo.

Nada lo tenía.

—Pedro… —murmuró, con la voz completamente rota—

—no me abandones…

Se abrazó a sí misma, encogiéndose, como si intentara sostener lo que quedaba de ella.

—Lucha… por favor… lucha por mí…

Pero ya no sabía si él podía escucharla.

Ni siquiera sabía si seguía ahí.

--

Cuando las puertas del hospital volvieron a abrirse minutos después, Kenji Takamura entró con paso firme, pero con algo fracturándose en silencio dentro de él.

Había visto sangre antes.

Había tomado decisiones que destruían vidas.

Había aprendido a no dudar.

Pero nada…

nada lo preparó para esa imagen.

Akane.

En el suelo.

Cubierta de sangre.

Deshecha.

Durante un segundo, no fue su hija.

Fue Atsuko.

El mismo rojo en las manos.

La misma fragilidad.

La misma sensación insoportable de haber llegado demasiado tarde.

El recuerdo no fue suave.

Fue brutal.

Y lo atravesó completo.

No.

No otra vez.

—Akane…

Su voz salió baja, quebrada por algo que no podía controlar.

Ella levantó la mirada.

Y al verlo…

se rompió por completo.

—Papá…

Kenji no pensó.

Se movió.

La abrazó con fuerza, con una desesperación que hacía años no permitía mostrarse.

No como un hombre poderoso.

Como un padre que estaba a punto de perderlo todo.

—Estoy aquí… —susurró, sosteniéndola—

—no estás sola…

Akane se aferró a él con una fuerza desesperada.

—Pedro… —sollozó—

—se interpuso…

El cuerpo de Kenji se tensó.

—Las balas… eran para mí…

Sus manos temblaban.

Cubiertas de sangre.

Él las vio.

Y por un segundo, el mundo se detuvo.

—Él dio su vida por mí… —susurró ella, quebrándose—

—no quiero perderlo…

Levantó la mirada hacia él.

Completamente rota.

—Papá… ayúdame…

Kenji cerró los ojos un instante.

Y en ese segundo…

algo en él cedió.

Definitivamente.

Cuando volvió a abrirlos, ya no quedaba el hombre que juzgaba.

Solo el que entendía.

—Escúchame —dijo con una firmeza que nacía desde lo más profundo—. Ese hombre no es débil.

Akane temblaba.

—Te ha demostrado valor.

—Honor.

Hizo una pausa.

Y entonces…

—Es digno de un samurái.

Las palabras cayeron con un peso distinto.

Akane rompió en llanto.

Pero en medio de ese dolor…

hubo algo más.

Una mínima esperanza.

—Entonces… no puede morir… —susurró.




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