Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capitulo 35- No me abandones.

La sala de espera no estaba en silencio.

Estaba contenida.

Había algo en el aire que no se podía nombrar, pero que se adhería a la piel como una capa invisible. Un peso denso, casi físico, que se filtraba en cada respiración y hacía que incluso inhalar doliera. Las luces blancas del hospital caían sin piedad sobre el lugar, revelándolo todo: el temblor de unas manos, la rigidez de una postura, la fragilidad de quienes estaban al borde de perderlo todo.

Akane permanecía sentada, inmóvil, como si cualquier movimiento pudiera romper algo más dentro de ella. Sus manos estaban entrelazadas sobre sus piernas, pero no lograban sostenerse firmes; temblaban apenas, en un ritmo casi imperceptible, como si su cuerpo estuviera cediendo poco a poco.

Su mirada estaba fija en el suelo.

Pero no veía nada.

Porque mirar implicaba pensar.

Y pensar… significaba entender.

Y entender… significaba aceptar.

Y aceptar… significaba perderlo.

A su lado, Kenji Takamura permanecía de pie.

Recto.

Impecable.

Como siempre.

Pero solo desde fuera.

Por dentro, algo en él se había quebrado con una precisión silenciosa. Sus ojos no se apartaban de la puerta del quirófano. No parpadeaban. No descansaban. Como si en ese gesto mínimo —cerrarlos, aunque fuera un segundo— pudiera permitir que todo desapareciera definitivamente.

Como si, al dejar de mirar, Pedro dejara de existir.

El tiempo no avanzaba.

Se arrastraba.

Irregular. Cruel. Como una herida abierta que no termina de sangrar.

Y entonces, el teléfono vibró.

El sonido fue seco. Brutal en su simpleza. Real.

Kenji respondió de inmediato.

—Habla.

La voz al otro lado no tenía matices. No había emoción. No había duda. Solo información.

Satoshi Ono había sido localizado.

Se estaba moviendo.

Y todo indicaba que intentaría abandonar el país en las próximas horas.

Durante un segundo, el mundo no reaccionó.

Ni un gesto. Ni un sonido.

Nada.

Luego, Kenji cerró los ojos.

Solo un instante.

Cuando los abrió… ya no era el mismo hombre.

—Atrápenlo.

No elevó la voz.

No lo necesitaba.

Era una orden absoluta.

Sin margen.

Sin discusión.

Indicó cierres de rutas, aeropuertos, fronteras. Activar todo. No perderlo. No fallar.

Y cuando finalmente lo tuvieran…

—Me avisan.

El silencio al otro lado no fue duda.

Fue obediencia.

La llamada terminó.

Kenji bajó el teléfono lentamente, pero el aire a su alrededor ya no era el mismo. Se había vuelto más frío. Más denso.

Más peligroso.

Ya no era solo un padre esperando noticias.

Era un hombre que había tomado una decisión.

Y esa decisión… no tenía retorno.

En ese instante, la puerta del quirófano se abrió.

El sonido fue leve.

Pero para Akane…

fue un trueno.

Levantó la mirada de inmediato. Su corazón se detuvo en seco, como si el mundo hubiera dejado de funcionar por un segundo.

El médico salió.

Su rostro estaba marcado por el cansancio, por la tensión de lo vivido… pero había algo distinto.

Algo que no estaba antes.

Algo que Akane no se atrevía a nombrar.

—Doctor… —susurró.

El hombre los miró.

A ambos.

Y habló.

—Logramos estabilizarlo.

El mundo se detuvo.

Pero no como antes.

Esta vez, el golpe fue otro.

—Es un milagro —continuó—. Estuvo clínicamente muerto durante varios minutos. Perdió mucha sangre. Hay daño en órganos vitales… pero logramos traerlo de vuelta.

Akane no respiró.

No al principio.

Y cuando el aire volvió a entrar en su cuerpo, lo hizo de golpe, como si le desgarrara el pecho desde dentro.

—Está vivo.

Dos palabras.

Nada más.

Y aun así… lo cambiaron todo.

Pero la esperanza no llegó limpia.

—Sigue en estado crítico. Las próximas horas serán determinantes.

Ahí estaba el precio.

Siempre lo había.

—Lo trasladaremos a la UCI. Podrá verlo… pero solo unos minutos.

Unos minutos.

La frase no cayó.

Se quedó suspendida.

Como una advertencia.

Como una cuenta regresiva.

Akane se puso de pie sin pensar.

—Quiero verlo.

No fue una petición.

Fue una necesidad que no admitía rechazo.

El médico asintió, pidiéndoles unos minutos para estabilizarlo antes del traslado.

Y la espera volvió.

Pero ya no era la misma.

Ahora había algo dentro de ella.

Pequeño.

Frágil.

Peligroso.

Esperanza.

Minutos después, el pasillo de la unidad de cuidados intensivos la recibió con un silencio distinto. Más profundo. Más definitivo. Como si cada paso que daba la acercara a un lugar del que no se vuelve siendo el mismo.

Se detuvo frente a la puerta.

No entró de inmediato.

Las palabras del médico seguían resonando en su mente.

“Solo unos minutos.”

¿Cómo se sostiene un amor en unos minutos?

Cerró los ojos.

Respiró.

Y empujó la puerta.

El sonido del monitor la golpeó al instante.

Constante.

Preciso.

Vivo.

Dio un paso.

Y entonces lo vio.

Pedro.

Inmóvil.

Demasiado quieto.

Demasiado distante.

Cubierto de cables, tubos, vendas… como si su cuerpo ya no le perteneciera del todo.

El aire abandonó sus pulmones.

Ese no podía ser él.

No el hombre que reía.

No el que la hacía bailar.

No el que la miraba como si el mundo, por fin, tuviera sentido.

—Pedro…

Su voz no fue más que un hilo roto.

Avanzó lentamente, como si cada paso pesara más que el anterior. Como si su propio cuerpo entendiera algo que su mente aún se negaba a aceptar.

Llegó a su lado.

Y lo miró.

Largo.

En silencio.

Memorizándolo.

Como si el tiempo se estuviera acabando.




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