Donde el corazón no sobrevive. (cruzaste el mundo por mi)

Capítulo 43- El despertar.

La habitación estaba en silencio, pero no era un silencio incómodo ni reciente; era un silencio que ya se había instalado allí, como si el tiempo hubiese aprendido a moverse más lento dentro de esas paredes. Todo parecía suspendido, contenido, a la espera de algo que no terminaba de llegar.

Akane abrió la puerta con cuidado, como lo hacía cada día, sin prisa, casi con respeto, como si temiera romper algo invisible. Llevaba flores en las manos, frescas, delicadas, elegidas con una dedicación que ya se había vuelto parte de su rutina. Se acercó a la mesa junto a la cama y las acomodó con suavidad, retirando las que comenzaban a marchitarse y dejando las nuevas en su lugar, como si ese pequeño gesto pudiera sostener la vida dentro de la habitación.

—Hoy son distintas… —murmuró en voz baja, con una leve sonrisa que apenas alcanzaba a sostenerse—. Creo que te habrían gustado.

Entonces lo miró.

Pedro seguía ahí, inmóvil, ajeno, respirando al ritmo impuesto por las máquinas que lo mantenían con vida. Un sonido constante, frío, necesario, que marcaba cada segundo con una precisión que a Akane le dolía escuchar.

Aun así, algo en ella era distinto esa tarde.

Se sentía más liviana.

Se sentó a su lado y, como siempre, buscó su mano. Sus dedos se entrelazaron con los de él con naturalidad, como si ese contacto todavía pudiera atravesar la distancia en la que Pedro estaba perdido.

—Hoy… tengo algo que contarte —dijo, bajando la mirada por un instante, como si necesitara reunir el valor para pronunciarlo en voz alta.

Sus labios temblaron, pero no por tristeza. Había algo más ahí. Algo más cálido.

—En unas horas… tengo la primera ecografía.

El silencio no respondió, pero ella sonrió igual.

—Nuestro hijo… —corrigió suavemente, apretando un poco más su mano—. Ojalá pudieras estar ahí.

Su voz se quebró apenas, lo justo para no romperse del todo.

—Me gustaría que lo vieras primero… como hacías con todo… como si el mundo siempre fuera nuevo.

Una pequeña risa escapó de sus labios, breve, frágil, pero real. Con el pulgar, comenzó a acariciar lentamente la mano de Pedro.

—Si es niño… ojalá sea como tú.

Respiró hondo, y esta vez sus ojos se humedecieron sin que intentara evitarlo.

—Y si es niña…

Se detuvo.

No por duda, sino por emoción.

—Que sea como mi madre.

Una sonrisa más profunda apareció en su rostro, distinta, más íntima.

—Fuerte… pero con esa forma de amar que no necesita palabras.

El aire en la habitación cambió. Se volvió más denso, más humano, como si cada palabra hubiese dejado algo flotando entre ellos.

Akane bajó la mirada hacia sus manos unidas.

—Extraño tu risa… —susurró, y esta vez ya no intentó sostener la voz—. Extraño cómo me mirabas… cómo me hablabas… cómo me besabas…

Cerró los ojos.

—Daría lo que fuera por tenerte aquí.

El silencio regresó, pero ahora pesaba.

Se inclinó levemente hacia él, acercando su rostro, como si aún pudiera sentirlo cerca.

—Quiero estar contigo para siempre…

La lágrima no se contuvo. Cayó lentamente, deslizándose hasta posarse sobre la mano de Pedro.

Y entonces…

algo ocurrió.

Fue pequeño. Casi imperceptible.

Pero suficiente.

Los dedos de Pedro se estremecieron.

Akane abrió los ojos de golpe. Su respiración se detuvo, suspendida en un instante que no se atrevía a creer.

—…¿Pedro?

El movimiento volvió, esta vez más claro, más innegable.

Los labios de Pedro temblaron, como si las palabras tuviesen que abrirse paso desde muy lejos.

—A… a…

El corazón de Akane comenzó a latir con fuerza descontrolada.

—Pedro… amor… ¿me escuchas?

—A… ka…

El mundo desapareció.

Todo lo demás dejó de existir.

—¡Pedro!

Su voz se quebró por completo mientras apretaba su mano con ambas, como si temiera perderlo otra vez.

—¡Estoy aquí… estoy aquí!

Sin dejar de mirarlo, presionó el botón de emergencia.

—¡Enfermera!

Pero no soltó su mano.

No podía.

No ahora.

—Vuelve… —susurró, con una desesperación que ya no intentaba esconder—. Vuelve conmigo… por favor…

Los ojos de Pedro comenzaron a abrirse lentamente, pesados, desorientados, como si regresara desde un lugar demasiado profundo. La luz lo obligó a parpadear. Su respiración cambió, dejó de ser mecánica, se volvió irregular… viva.

Al principio todo era borroso.

Pero Akane estaba ahí.

Siempre ahí.

—Pedro… —susurró entre lágrimas.

Y entonces, finalmente, él logró verla.

En medio de la confusión, del dolor, del regreso…

la reconoció.

Sus labios se curvaron apenas.

Una sonrisa.

Pequeña.

Pero suficiente para quebrarlo todo.

Akane dejó escapar un sollozo contenido durante semanas y apoyó su frente contra su mano, cerrando los ojos como si necesitara asegurarse de que era real.

—Volviste…

No dijo más.

No hacía falta.

Muy lejos de ahí, Kenji Takamura permanecía de pie frente a la ventana de su oficina. La ciudad se extendía ante él, imponente, silenciosa, ajena a lo que acababa de ocurrir. Su teléfono vibró suavemente en su mano. Leyó el mensaje.

“Despertó Pedro.”

Cerró los ojos con lentitud.

Y por primera vez en mucho tiempo…

sonrió.

Una sonrisa leve, contenida, casi imperceptible.

—Gracias… Atsuko… —murmuró en voz baja— por guiarlo de regreso.

El silencio volvió a rodearlo.

Pero esta vez…

no estaba vacío.




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