La habitación del hospital permanecía en silencio, pero no era un silencio vacío ni frío, sino uno contenido, casi reverente, como si el tiempo mismo se hubiese detenido para no interrumpir lo que estaba ocurriendo ahí dentro. La luz de la tarde entraba suavemente por la ventana, tiñendo todo de un tono cálido que contrastaba con el blanco clínico del lugar. Akane no podía dejar de llorar. No lo intentaba. No le importaba cómo se veía ni quién pudiera entrar en cualquier momento. Las lágrimas caían sin control, nacidas de días interminables de miedo, de noches en vela hablándole a un cuerpo inmóvil, de sostener una esperanza que muchas veces sintió que se le escapaba entre los dedos.
Y ahora, frente a ella, Pedro la estaba mirando.
Sus ojos estaban abiertos, aunque aún pesados, como si el mundo le regresara en fragmentos desordenados. Su respiración era irregular, superficial por momentos, con un leve temblor en el pecho que delataba el dolor todavía presente. Había una fragilidad evidente en cada uno de sus movimientos, pero también algo más fuerte que eso, algo que no se había quebrado. Estaba ahí. Había vuelto.
Sus dedos se movieron con torpeza, buscando sin precisión hasta encontrar la mano de Akane. Cuando lo hicieron, se aferraron a ella con una fuerza débil, pero real, desesperadamente real. Akane dejó escapar un sollozo que le atravesó el pecho y se inclinó hacia él, temblando, como si el momento pudiera romperse si no lo sostenía con todo su cuerpo.
—Pedro… —susurró, con la voz quebrada—. Mírame… estoy aquí…
Pedro no respondió de inmediato. La observó en silencio, como si la estuviera reconociendo, como si todo el trayecto de regreso a la conciencia hubiese tenido un solo destino: ella. Su mirada se sostuvo en la de Akane con una profundidad que no necesitaba palabras.
La puerta se abrió suavemente y una enfermera entró con rapidez contenida. Al ver la escena, desaceleró el paso. Durante un instante, incluso su expresión profesional cedió ante algo más humano. Se acercó a la cama y comenzó a revisar los monitores, la vía, la presión, moviéndose con precisión tranquila.
—Está estable —murmuró, confirmando lo que el corazón de Akane necesitaba oír.
Pero Akane apenas registró sus palabras. Todo su mundo estaba concentrado en la mano que sostenía, en la mirada que había vuelto a encontrarla.
Pedro intentó hablar. El sonido fue apenas un susurro quebrado, áspero, como si la voz tuviera que abrirse paso entre días de silencio. El esfuerzo le tensó el pecho y un dolor agudo le cruzó el torso, cortándole la respiración por un instante. Akane lo notó de inmediato y negó suavemente, llevándose una mano a su rostro con urgencia contenida.
—No… no hables… —susurró—. No te esfuerces…
Pero Pedro insistió. Había algo en su mirada que no quería esperar. Respiró con dificultad, reunió fuerzas y, con una voz rota pero cargada de intención, murmuró:
—Hasta llorando… eres hermosa…
Akane soltó una risa ahogada entre lágrimas, una de esas que nacen justo en el límite donde el dolor y el amor se confunden. Negó con la cabeza, sin poder dejar de mirarlo.
—Eres un idiota… —dijo en un susurro tembloroso, besando su mano una y otra vez—. Un completo idiota…
Pedro esbozó una sonrisa mínima, apenas un gesto cansado que, sin embargo, conservaba toda su esencia.
—No llores… —murmuró—. Si no fue… para tanto…
Akane lo miró con incredulidad, y por un instante pareció debatirse entre retarlo o abrazarlo hasta romperse. Finalmente, su expresión se quebró aún más. Se inclinó hasta apoyar su frente contra la de él, con cuidado, como si incluso ese contacto pudiera lastimarlo.
—Casi mueres… —susurró—. ¿Y me dices que no fue para tanto?
Su voz tembló antes de volverse más baja, más íntima.
—No vuelvas a hacerme esto… nunca más me dejes así… nunca más me hagas sentir que te pierdo…
Sus labios rozaron los nudillos de Pedro en un gesto que era súplica y promesa al mismo tiempo.
Pedro abrió los ojos despacio y la miró. No dijo nada. No podía. Pero su mano se cerró un poco más sobre la de ella, y en ese gesto hubo una respuesta, una promesa silenciosa que Akane sintió con claridad.
La puerta volvió a abrirse poco después. Esta vez fue el médico, acompañado de la enfermera. Su expresión cambió apenas al ver a Pedro consciente y se acercó de inmediato para examinarlo. La luz de la linterna recorrió sus pupilas, luego vinieron las preguntas simples, directas.
—¿Tu nombre?
—Pedro…
—¿Dónde estás?
—Hospital…
—¿Recuerdas qué ocurrió?
El silencio se extendió un instante. La memoria regresó en fragmentos: el ruido seco, el cuerpo de Akane, el impulso de protegerla, el impacto, el dolor. Pedro cerró los ojos apenas.
—Disparos…
El médico asintió, satisfecho, y continuó evaluando su respuesta motora, su sensibilidad, su respiración. Todo indicaba que su recuperación, aunque lenta, iba en la dirección correcta. Finalmente dio un paso atrás.
—Respuesta neurológica normal —dijo—. Está débil, pero fuera de peligro inmediato.
Akane llevó una mano a su boca, pero esta vez no lloró. Solo respiró, como si por primera vez en mucho tiempo el aire volviera a entrarle de verdad.
Pedro giró apenas la cabeza hacia ella, como si esa tranquilidad en su rostro fuera lo único que realmente necesitaba ver.
El médico revisó una última vez la tablet antes de agregar:
—Su padre viene en camino.
La frase cayó en la habitación con un peso distinto. Pedro frunció ligeramente el ceño. No entendía. Su mente aún iba detrás de los acontecimientos. No sabía cuánto tiempo había pasado ni qué había ocurrido después de esa noche. Su mano se tensó levemente.
Akane lo sintió y se acercó más, entrelazando sus dedos con los de él.
—Han pasado muchas cosas… —dijo con suavidad.
Pedro la miró, atento, vulnerable.
Akane respiró hondo antes de continuar.