Donde el corazón recuerda

Recuerdos del corazón

El aire del cementerio estaba impregnado del olor a tierra húmeda y flores marchitas. Para Elara, de doce años, el mundo se había detenido aquel día.

Vestida de negro, permanecía apartada del resto de los adultos, que conversaban en murmullos mientras terminaban de despedir a su padre. Tenía los puños apretados dentro de los bolsillos y se mordía el labio inferior hasta hacerse sangre, intentando contener las lágrimas. Odiaba que la vieran débil.

A unos metros de allí, junto a una tumba cubierta de lirios blancos, un joven de dieciséis años la observaba. Kael había ido al cementerio para dejar flores por el aniversario de la muerte de su madre, pero la figura de aquella niña, rígida y silenciosa, llamó su atención. Reconoció de inmediato aquella postura. Era la coraza de alguien que intentaba contener un océano entero dentro del pecho.

Lentamente, Kael se acercó hasta detenerse a su lado. No dijo nada al principio. Solo miró la lápida recién colocada frente a ellos.

—Es más difícil cuando intentas guardártelo todo —dijo finalmente.

Su voz era suave, profunda para su edad, pero no tenía una pizca de lástima. Elara se sobresaltó y lo miró de reojo. Era más alto que ella y tenía una mirada seria, pero extrañamente serena.

—¿Y a ti qué te importa? —dijo, con la voz apretada.

Kael dirigió la mirada hacia la tumba de su madre.

—A mí también me dijeron que tenía que ser fuerte cuando ella se fue. —Señaló la lápida a lo lejos—. Pero aguantar el dolor solo hace que te queme por dentro. Aquí nadie te va a juzgar.

Aquel desconocido no la miraba como lo habían hecho todos los demás. No había compasión vacía. Solo comprensión. Y había algo en su presencia, una tranquilidad tan inesperada, que la coraza de Elara finalmente se quebró.

Un sollozo desgarrador escapó de su pecho. Después otro. Y las lágrimas comenzaron a caer sin control.

Kael no intentó detenerlas. No le dijo que dejara de llorar. No le dijo que fuera fuerte. Simplemente se quedó a su lado. Y, por primera vez desde que había perdido a su padre, Elara sintió que no tenía que fingir.

Pasaron varios minutos antes de que su llanto se calmara. Ella se limpió las mejillas con la manga de su abrigo, sorprendida por aquella extraña sensación de ligereza. Entonces Kael comenzó a contarle una pequeña anécdota sobre algo torpe que le había ocurrido días atrás.

Elara soltó una risa pequeña. Tímida. Casi olvidada. Pero suficiente para que Kael sonriera.

—Me llamo Selene Elara... —susurró ella—, pero todos me dicen Ela.

Kael la observó unos segundos.

—Un gusto, Elara.

Ella levantó la mirada.

—¿Elara?

—No sé... —respondió él con una ligera sonrisa—. Me gusta más.

Por alguna razón, aquellas palabras hicieron que ella sonriera nuevamente.

—Yo me llamo Kael Alexander... pero para ti, como tú quieras llamarme.

Elara repitió el nombre en voz baja.

—Alexander...

La voz de su familia comenzó a escucharse a lo lejos. Tenía que irse. Antes de hacerlo, volvió a mirarlo. Había algo en aquel muchacho que no sabía explicar. Algo que le hacía sentir que, aunque acababa de conocerlo, una parte de ella ya lo conocía desde mucho antes.

—Alexander... —¿preguntó—, ¿cómo sé que no voy a olvidar esta tranquilidad?

Kael la miró fijamente. Por un instante recordó las palabras que su madre solía repetirle cuando él era pequeño. Entonces respondió:

—Hay recuerdos que el corazón guarda...

Elara lo observó en silencio. Y, sin saber por qué, completó la frase:

—... aunque la memoria los olvide.

Ambos se quedaron inmóviles. Como si aquellas palabras pertenecieran a los dos

desde mucho antes de conocerse.

La familia de Elara volvió a llamarla. Ella dio un paso atrás.

—Adiós, Alexander.

—Adiós, Elara.

Fue la última vez que se vieron. Esa misma tarde, el destino los separó durante seis largos años. Ninguno de los dos sabía que, con el tiempo, olvidarían el rostro del otro. Pero ninguno olvidaría aquellas palabras.

Porque algunas promesas no necesitan ser pronunciadas. Y algunos recuerdos no desaparecen. Solo esperan el momento de volver.




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