Donde el corazón recuerda

La jaula y el secreto

Selene

Nueve años habían pasado desde aquel día en el cementerio. Nueve años desde que una niña había llorado frente a la tumba de su padre y un desconocido le había ofrecido un poco de paz. Nueve años desde que había escuchado aquellas palabras por primera vez: «Hay recuerdos que el corazón guarda, aunque la memoria los olvide».

Selene ya no era aquella niña. Pero, algunas noches, sentía que seguía siendo la misma.

Sentada sobre la cama de la habitación principal, observaba la pantalla de su teléfono con las manos temblorosas. Había recibido el video minutos atrás. El número era desconocido y no venía acompañado de ningún mensaje; solo el archivo. Al principio pensó que se trataba de una broma. Después lo abrió, y su mundo se detuvo.

En la pantalla estaba Cassian. Su novio. Con otra mujer.

Selene sintió que el estómago se le revolvía. Volvió a reproducir el video, negándose a creer lo que veía. Pero entonces notó las marcas en la espalda de Cassian: esos rasguños y cicatrices que conocía demasiado bien. No había lugar para dudas, ni para explicaciones, ni para excusas.

Las lágrimas comenzaron a acumularse en sus ojos, pero no permitió que cayeran. No esta vez. Durante meses había soportado su indiferencia, sus cambios de humor y aquella sensación constante de que algo no marchaba bien. Había intentado salvar una relación que Cassian parecía haber abandonado mucho antes que ella. Pero aquello era suficiente.

Escuchó pasos acercándose por el pasillo y su corazón comenzó a latir con fuerza. La puerta se abrió. Cassian entró con su tranquilidad habitual, dejó las llaves sobre la mesa y la miró de arriba abajo.

—¿Por qué tienes esa cara?

Selene levantó lentamente el teléfono.

—Terminamos.

Cassian frunció el ceño.

—¿Qué?

—Recoge tus cosas o me voy yo ahora mismo —su voz temblaba, pero no de miedo, sino de rabia—. Se acabó.

Por un instante, Cassian pareció sorprendido. Después, su expresión cambió por completo. La sorpresa desapareció y algo mucho más oscuro ocupó su lugar. Se acercó a ella a paso lento.

—Tú no vas a dejarme.

Selene retrocedió un paso.

—No me toques.

—Después de todo lo que he hecho por ti…

—¡Vi el video! —lo interrumpió ella, levantando el teléfono—. Sé lo que hiciste.

Él apretó la mandíbula, furioso.

—No sabes nada.

—Sé lo suficiente.

Cassian dio dos pasos más, acortando la distancia. Selene intentó apartarse, pero su espalda chocó contra la pared de inmediato.

—¡Suéltame!

Él la sujetó con fuerza por los brazos, lastimándola.

—No vuelvas a hablarme así.

—¡Cassian, suéltame!

Por un instante, Selene sintió que volvía a ser aquella niña indefensa que no podía controlar el llanto. Pero esta vez no quería llorar; quería escapar.

Cassian la empujó bruscamente hacia la cama. Selene cayó sobre el colchón y levantó la mirada justo a tiempo para verlo dirigirse a toda prisa hacia la puerta.

—¿Qué haces?

Él no respondió. Sacó una llave de su bolsillo y el sonido metálico de la cerradura hizo que el corazón de Selene se hundiera por completo.

—Cassian…

La puerta se cerró de golpe.

—¡Abre! —golpeó la madera con desesperación—. ¡Cassian! ¡Déjame salir!

Del otro lado, su voz llegó fría, calculadora y cortante:

—Te quedarás ahí hasta que te calmes y entiendas cómo son las cosas.

Después escuchó sus pasos alejarse. El seco eco de la puerta principal al cerrarse a lo lejos fue lo último que oyó.

Selene permaneció inmóvil antes de dejarse caer lentamente al suelo. Abrazó sus rodillas contra el pecho y entonces llegó el recuerdo que más le dolía: su bebé.

Años atrás había despertado en un hospital con el corazón destrozado. Le habían dicho que su hijo no había sobrevivido. Ella había llorado hasta quedarse sin fuerzas, preguntando una y otra vez por qué, y Cassian había estado allí, tomándole la mano y asegurándole que todo estaría bien.

Selene cerró los ojos con fuerza. No sabía que aquella había sido otra cruel mentira. No sabía que su hijo seguía con vida, ni que Cassian, ayudado por su propia madre, lo había hecho desaparecer de su mapa. Y mucho menos sabía que esa verdad estaba a punto de regresar.

Kael

A kilómetros de allí, Kael Alexander Ravenscroft observaba las luces de la ciudad desde la ventana de una elegante habitación de hotel. Habían pasado nueve años desde la última vez que había estado en ese lugar. Nueve años desde que se marchó. Nueve años desde que una niña llamada Elara había desaparecido por completo de su vida.

Kael había intentado olvidarla. Al principio recordaba su rostro con claridad; después, solo el brillo de sus ojos. Con el tiempo, incluso esos recuerdos comenzaron a desvanecerse en la rutina. Pero había algo que jamás, ni por un solo segundo, había conseguido arrancar de su mente: una frase. La voz de su madre seguía resonando en su cabeza cada vez que pensaba en aquella tarde lluviosa en el cementerio.

Kael cerró los ojos, suspirando. Tal vez algunas cosas no se quedan enterradas para siempre. Tal vez porque había preguntas que necesitaban respuestas urgentes, o quizá porque el destino tenía una manera extrañamente retorcida de devolvernos aquello que dábamos por perdido.

Su teléfono vibró sobre la mesa, rompiendo el silencio. Era un mensaje corto de un nombre conocido: Cassian Veyr.

Kael observó la pantalla fijamente durante unos segundos. Había pasado demasiado tiempo desde la última vez que se habían cruzado. Y, aunque no podía explicar la razón, la idea de aquel encuentro le producía una punzada incómoda en el estómago. Era como si estuviera a punto de abrir una puerta peligrosa que había permanecido sellada bajo llave durante años.

Tomó su chaqueta del perchero. No sabía que, mientras él se dirigía hacia aquella misteriosa reunión, una mujer permanecía encerrada y desesperada a pocos kilómetros de su ubicación. No sabía que esa mujer era la misma niña que una vez llamó Elara.




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