Selene
En la habitación a oscuras, el sonido del pestillo al girar se sintió como una sentencia. Selene permanecía sentada en el suelo, junto a la cama, abrazándose las piernas. Tenía los ojos rojos y el rostro húmedo por las lágrimas que había intentado contener durante horas.La puerta se abrió. Cassian Veyr entró lentamente. Ya no quedaba ni rastro de la furia que había mostrado antes, y eso era precisamente lo que más miedo le daba. Su rostro estaba tranquilo. Demasiado tranquilo.—Levántate —ordenó.Selene levantó la mirada, intentando mantener la compostura.—No voy a ir a ningún lado contigo, Cassian.Él la observó en silencio durante unos segundos. Después, caminó hacia ella a paso lento.—Tenemos una fiesta.—No quiero ir.Cassian la sujetó bruscamente del brazo y la obligó a ponerse de pie. Selene intentó apartarse, pero él la empujó con fuerza contra el armario. El golpe que recibió en el abdomen le robó el aire por completo. Se dobló sobre sí misma, apoyando las manos en sus rodillas, intentando respirar.Cassian la tomó con firmeza del mentón y levantó su rostro a la fuerza.—Vas a arreglarte —dijo con una calma que resultaba mucho más aterradora que un grito—. Vas a ponerte un buen vestido y vas a sonreír toda la noche. Si intentas decir algo, si haces una escena o intentas escapar… —Cassian hizo una pausa dramática, apretando más el agarre—. Te juro que te vas a arrepentir.Selene sintió un escalofrío helado recorrerle todo el cuerpo.—¿Entendiste?Ella asintió con la cabeza. No porque estuviera de acuerdo, sino porque había aprendido que, con un hombre como Cassian, sobrevivir significaba elegir cuidadosamente cuándo luchar.Una hora después, frente al espejo, Selene apenas reconocía a la mujer que veía reflejada. A los veintiún años, había heredado la delicadeza y la belleza de su madre; poseía un rostro de facciones suaves y elegantes, pero eran sus ojos los que verdaderamente llamaban la atención: había una profunda tristeza oculta en ellos.Su cabello largo y ondulado caía sobre sus hombros. Había intentado arreglarlo cuidadosamente, igual que su maquillaje. Sus ojos azules resaltaban bajo las luces del dormitorio y su rostro conservaba una belleza delicada que, aquella noche, parecía completamente fuera de lugar. Por fuera lucía perfecta. Por dentro estaba completamente aterrada.Se puso el vestido que Cassian había elegido para ella. Antes de salir, se miró una última vez en el reflejo. Y, por un instante, recordó una voz de hacía nueve años: «No tienes que ser fuerte todo el tiempo». La voz de Alexander.Cerró los ojos, abrumada. ¿Por qué había recordado precisamente a aquel desconocido? No lo sabía. Ni siquiera entendía por qué, después de tantos años, aquel recuerdo seguía apareciendo en su mente justo cuando más miedo sentía.
Kael
La terraza del pent-house estaba inundada de luces cálidas, música suave y conversaciones animadas entre personas que parecían conocerse desde siempre. Kael Alexander Ravenscroft permanecía de pie junto a una de las ventanas, sosteniendo una copa en la mano.Había regresado a la ciudad apenas unos días atrás. En nueve años habían cambiado muchas cosas; también él. A sus veinticinco años, Kael era un hombre difícil de ignorar: alto, de hombros anchos y con una postura innatamente elegante. Su cabello castaño estaba ligeramente despeinado, como si nunca hubiera dedicado demasiado tiempo a intentar dominarlo, y lucía una pequeña cicatriz sobre una ceja. Sus ojos azules, profundos y serenos, contrastaban con la expresión habitualmente reservada de su rostro. Había algo distante en él, una especie de barrera invisible que pocas personas conseguían atravesar.—¡Alex!Kael se giró. Una pequeña sonrisa apareció en su rostro al reconocer la voz. Cassian Veyr se acercaba a grandes zancadas entre los invitados.—Qué gusto verte de nuevo por aquí, hermano.Ambos se estrecharon las manos cordialmente.—Ha pasado tiempo —respondió Kael.—Demasiado.Cassian llevaba un elegante traje oscuro y lucía una sonrisa impecable. A su lado caminaba una mujer. Kael apenas le prestó atención al principio, hasta que pudo ver su rostro. Ella mantenía la mirada baja, los hombros rígidos y las manos ligeramente tensas. No parecía estar disfrutando de la velada en absoluto; más bien, parecía estar intentando desaparecer. Algo en esa actitud defensiva llamó de inmediato la atención de Kael.—Déjame presentarte a mi prometida —dijo Cassian, tomándola del brazo para acercarla—. Alex, ella es Sele.La joven levantó lentamente la mirada y Kael se quedó completamente inmóvil. Sus ojos se encontraron en el acto. Durante un instante, todo el ruido y la música de la fiesta parecieron desaparecer por completo.Selene sintió un vuelco extraño en el pecho. No sabía quién era aquel hombre ni por qué su mirada le provocaba una sensación tan abrumadoramente familiar. Pero había algo en esos ojos azules... algo tranquilo, algo que le recordó de golpe una tarde lejana en un cementerio: un niño que había intentado hacerla sonreír y una voz que le había dicho que no tenía que fingir ser fuerte.Kael experimentó una sacudida idéntica. Aquella mujer tenía unos ojos que despertaban un recuerdo que su mente no conseguía alcanzar del todo. Había algo en ellos, una tristeza que él ya conocía, una forma de mirar que le resultaba inquietantemente familiar. Pero se dijo que no podía ser: la niña que conoció una tarde en el cementerio era solo un recuerdo del pasado, y la hermosa mujer frente a él era una adulta. Además, se llamaba Sele, no Elara.—Mucho gusto, Alex —murmuró ella con voz queda.Kael le extendió la mano.—El gusto es mío.Sus dedos apenas llegaron a rozarse, pero ambos sintieron una descarga eléctrica difícil de explicar. Kael retiró la mano lentamente, procesando el impacto.
Cassian
Cassian observaba la interacción de ambos en silencio, y no le gustó en absoluto lo que vio. Había sido apenas un segundo. Una mirada. Un pequeño e imperceptible silencio. Pero para él fue más que suficiente. La forma en que Kael observaba a Selene no era la de un hombre que acababa de mirar a una desconocida, y la expresión en el rostro de ella tampoco era la habitual.Cassian rodeó de inmediato la cintura de su prometida con el brazo, pegándola a su cuerpo.—Mi mujer trabaja demasiado —dijo con una sonrisa perfecta pero falsa—, pero yo siempre me encargo de cuidarla muy bien. —Apretó ligeramente el brazo alrededor de ella, ejerciendo una sutil presión—. ¿Verdad, amor?Selene sintió que el mensaje y la advertencia eran exclusivamente para ella.—Sí —la palabra salió apenas como un susurro sumiso.Kael observó detenidamente cada detalle del gesto: la sonrisa forzada de Cassian, la súbita tensión en los hombros de Selene y la forma en que ella evitaba volver a mirarlo a los ojos. Algo no estaba bien allí, y Kael tenía una regla de oro que había aprendido hacía mucho tiempo: cuando algo no encaja, nunca es una buena idea ignorarlo.SeleneUn grupo de conocidos se acercó a saludarlos en ese instante, rompiendo la tensión.—¡Sele! Qué milagro verte. Estás muy callada hoy, ¿pasa algo?Selene forzó una sonrisa, tratando de disimular.—No… solo estoy muy cansada por el trabajo.Una de las chicas pareció aceptar la respuesta sin darle vueltas. Kael, en cambio, no lo hizo. Él había visto el sutil temblor de sus manos, había notado que su sonrisa no llegaba a reflejarse en sus ojos y, sobre todo, había visto algo más: miedo.Selene levantó la mirada una vez más y sus ojos volvieron a encontrarse con los de él. Por alguna extraña razón, sintió que podía confiar en aquel hombre, y eso la asustó profundamente porque, en teoría, no lo conocía de nada. O al menos eso era lo que ella creía.Kael sostuvo su mirada durante unos segundos en un duelo silencioso. Entonces, impulsado por una corazonada, preguntó:—¿Nos conocemos de algún lado?El corazón de Selene dio un vuelco violento. Cassian la miró fijamente de inmediato, clavando sus ojos en ella. Ella bajó la cabeza rápidamente, intimidada.—No lo creo.Kael asintió lentamente, aunque sus ojos seguían fijos en ella.—Yo tampoco.Pero ninguno de los dos quedó convencido con la respuesta. Porque, aunque sus rostros hubieran cambiado con el paso de los años, había algo que el tiempo no había conseguido borrar: una sensación, un eco del pasado, una frase perdida en algún rincón de la memoria.Y ninguno de los dos sabía todavía que estaban parados frente a la persona que habían estado buscando, sin saberlo, durante nueve largos años.