Donde el corazón recuerda

La red que aprieta

Selene

Las semanas transcurrieron lentamente. Para Selene, cada día parecía una repetición exacta del anterior: sonrisas fingidas frente a desconocidos, vestidos elegantes, fiestas ostentosas y fotografías perfectas. Detrás de todo aquello, su vida se estaba desmoronando en silencio.

Cassian había perfeccionado su máscara. En público era el hombre atento que sostenía su cintura con delicadeza, abría las puertas para ella y le preguntaba al oído si estaba cómoda; el prometido perfecto que todos admiraban. Pero Selene conocía la cruda verdad. Cuando las puertas de la casa se cerraban, aquella máscara desaparecía por completo. Cualquier comentario que él considerara una falta de respeto, una mirada que interpretara como desafío o incluso un silencio demasiado largo se convertía en un motivo para castigarla. Selene había aprendido a esconder las consecuencias bajo la ropa. No porque quisiera, sino porque el miedo la paralizaba.

Cada mañana, frente al espejo, se obligaba a recordar que debía parecer normal. Nadie podía saberlo. Nadie podía descubrir lo que ocurría detrás de las paredes de aquella casa, porque Cassian se había encargado de grabarle a fuego que, si hablaba, las consecuencias serían mucho peores. Sin embargo, había una sola variable que Cassian no podía controlar: Kael.

Kael

Desde aquella primera noche, Kael no había podido dejar de pensar en Selene. Era absurdo; la había visto apenas unas cuantas veces y hablado con ella durante minutos, pero cada encuentro dejaba en él una sensación imposible de ignorar. Había algo en esa mujer que no conseguía identificar. No era solamente su indiscutible belleza. Selene tenía el cabello largo y ondulado, de un tono castaño claro que adquiría reflejos dorados bajo las luces de los salones. Sus facciones eran delicadas y elegantes, pero lo que más llamaba la atención de Kael eran sus ojos azules: intensos, pero cargados de una profunda tristeza que ella se esforzaba demasiado por disimular. Sus ojos parecían pedir ayuda sin decir una sola palabra.

Kael comenzó a observarla discretamente durante las reuniones. Siempre hacía lo mismo: primero buscaba a Cassian, después a Selene, y casi siempre encontraba algún detalle que no encajaba. Notaba la forma en que ella se tensaba cuando su prometido se acercaba, la manera en que dejaba de hablar abruptamente cuando él aparecía y cómo las sonrisas desaparecían de sus ojos en un segundo. Era evidente su necesidad de fingir que todo estaba bien.

Una noche, Kael encontró a Selene sola en uno de los balcones.

—¿Estás bien?

Ella se sobresaltó, apartando la mirada.

—Sí.

—Siempre dices eso.

Selene forzó una sonrisa.

—Porque es verdad.

Kael la observó unos segundos en silencio, analizando su postura defensiva.

—No tienes que mentirme.

La falsa sonrisa desapareció de su rostro de inmediato. Durante un instante, Selene estuvo a punto de soltar la palabra que le quemaba la garganta: «Ayúdame». Pero entonces escuchó pasos en el interior del salón y se apartó inmediatamente, asustada.

—Tengo que volver.

Kael quiso detenerla, dando un paso al frente.

—Sele…

Ella se giró sobre sus talones.

—¿Sí?

Kael dudó. No sabía qué quería preguntar realmente. ¿Por qué me resultas tan familiar? ¿Por qué siento que te conozco? ¿Por qué cuando te miro recuerdo un lugar en el que no he pensado en años? Finalmente, solo pudo decir:

—Nada.

Selene asintió con la cabeza y se marchó a toda prisa. Kael permaneció en el balcón, observándola alejarse entre la multitud. Por primera vez, dejó de pensar que aquella familiaridad era una simple coincidencia. Había algo oscuro detrás de todo aquello, y pensaba descubrir qué era.

Selene

Las fiestas se convirtieron en el único momento en que Selene podía respirar. No porque fueran agradables, sino porque Cassian solía desaparecer durante largos períodos para alejarse con amigos, beber o coquetear con otras mujeres. A Selene ya no le sorprendían sus infidelidades; lo único que le importaba era que, durante esas horas, podía estar lejos de su control.

Y casi siempre, Kael aparecía. No hablaban demasiado, a veces eran apenas unos minutos sobre la ciudad, el trabajo o cualquier cosa que no fuera sus tormentosas vidas. Pero esos minutos significaban el mundo para ella. Con Kael no tenía que fingir; podía respirar, sonreír y sentirse como la mujer que había sido antes de que el miedo se apoderara de su existencia. Eso también la asustaba, porque empezaba a ansiar esos encuentros.

Una noche, mientras observaban las luces de la ciudad desde una terraza, Kael rompió el silencio con una pregunta directa:

—¿Eres feliz?

Selene permaneció inmóvil. La pregunta parecía demasiado sencilla y, al mismo tiempo, destructivamente difícil.

—Hace mucho que no me hago esa pregunta —confesó en un susurro.

Kael la miró fijamente.

—Entonces probablemente ya sabes la respuesta.

Selene bajó la mirada. Por un instante, el aroma de la noche fue sustituido en su mente por el olor a tierra húmeda y lirios blancos de un cementerio lejano. Recordó una voz tranquila y un nombre: Alexander. No entendía por qué aquel recuerdo infantil aparecía cada vez que estaba cerca de Kael, pero algo muy profundo dentro de ella comenzaba a despertar.

Kael

Cassian había comenzado a notar la cercanía. No decía nada explícito, pero Kael podía verlo en la forma en que lo observaba cuando hablaba con Selene o en la manera en que aparecía de la nada cuando se quedaban solos. Su sonrisa permanecía intacta, pero sus ojos no; había una posesividad peligrosa en ellos. Kael empezó a preguntarse qué clase de infierno vivían realmente detrás de las cámaras.

Una noche, Cassian se le acercó mientras Selene conversaba con una amiga a lo lejos.

—Te estás encariñando demasiado con mi prometida.

Kael sostuvo su mirada sin pestañear.




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