Donde el destino nos encontro

Prologo

Hay despedidas que duelen porque llegan demasiado pronto.

Y hay otras que duelen porque sabes que son la decisión correcta.

La nuestra fue ambas.

El aeropuerto estaba más lleno de lo normal para ser un lunes por la mañana, maletas rodando de un lado a otro. Personas abrazándose con prisa. Voces anunciando vuelos en distintos idiomas. Niños corriendo entre las salas de espera mientras alguien, a lo lejos, buscaba desesperadamente una puerta de embarque.

Pero aquella mañana era diferente.

No porque volara a París.

París siempre había formado parte de mi vida.

Entonces, ¿por qué sentía que estaba dejando una parte de mí en aquel aeropuerto?

Bajé la vista hacia el pase de abordar que sostenía entre las manos.

Dentro de unos días comenzaría las clases de Negocios Internacionales en la misma universidad donde mis padres se habían conocido años atrás.

No era un impulso.

Ni una decisión de último momento.

Era el camino que siempre había querido recorrer.

Y, aun así, nunca imaginé que seguir mis sueños pudiera doler tanto.

—Estás pensando demasiado.

Levanté la vista y sonreí con tristeza.

Ahí estaba él.

Con las manos en los bolsillos de su chaqueta, el cabello ligeramente despeinado y esa tranquilidad que siempre parecía desarmar todos mis miedos.

Durante un instante deseé que el tiempo pudiera detenerse.

Solo unos minutos más.

Solo un poco.

—Es uno de mis talentos ocultos —respondí intentando sonar despreocupada.

Él soltó una risa.

—No. Tu talento oculto es convencer a todo el mundo de que tienes todo bajo control.

—¿Y no lo tengo?

Negó despacio.

—No hoy.

Bajé la mirada.

Tenía razón.

No la tenía.

Porque, por primera vez desde que nos conocimos, nuestros caminos no apuntaban al mismo lugar.

Yo volaría a París.

Él a Oxford.

Dos universidades.

Dos países.

Dos sueños que habíamos construido mucho antes de conocernos.

—Podríamos intentarlo.

Su voz fue tan baja que casi se perdió entre los anuncios del aeropuerto.

Lo miré.

No necesitaba preguntarle a qué se refería.

Una relación a distancia.

Videollamadas.

Mensajes.

Contar los días hasta las vacaciones.

Esperar.

Siempre esperar.

Quise decir que sí.

De verdad quise hacerlo.

Pero el amor nunca me había parecido suficiente cuando empezaba a sentirse como una obligación.

Negué lentamente.

—No quiero aprender a quererte a través de una pantalla.

Vi cómo tragaba saliva antes de responder.

—Yo tampoco.

Y fue en ese momento cuando comprendí que ninguno estaba renunciando al otro.

Simplemente nos estábamos negando a convertir el amor más bonito que habíamos conocido en una rutina de despedidas.

Tomó mi mano con la misma naturalidad con la que lo había hecho cientos de veces.

Entrelacé mis dedos con los suyos.

—¿Sabes qué es lo peor de todo esto? —pregunté.

Él arqueó una ceja.

—¿Qué?

Sonreí, aunque sentía un nudo imposible de deshacer en la garganta.

—Que en cualquier otra historia nosotros seríamos el final feliz.

Alejandro dejó escapar una pequeña risa.

—Todavía no sabes cómo termina nuestra historia.

—¿Y tú sí?

Negó con la cabeza.

—No.

Guardó silencio unos segundos antes de volver a hablar.

—Pero sí sé una cosa.

Esperé.

Él apretó suavemente mi mano.

—Si el destino cree que todavía nos debemos una historia... encontrará la forma de volver a cruzar nuestros caminos.

No respondí.

Porque había promesas demasiado grandes para contestarlas con palabras.

El altavoz anunció mi vuelo por segunda vez.

París.

Era hora.

Di un paso hacia él.

Él dio otro hacia mí.

Y, sin decir nada más, nos abrazamos.

No fue un abrazo desesperado.

Fue lento.

Tranquilo.

Como si ambos estuviéramos intentando memorizar la sensación de tener al otro cerca.

Apoyé la cabeza sobre su pecho y cerré los ojos.

Podía escuchar los latidos de su corazón mezclándose con el murmullo de los viajeros, las maletas rodando sobre el suelo y los anuncios de embarque.

—Cuídate mucho —susurró.

—Tú también.

Nos separamos apenas unos centímetros.

Lo suficiente para volver a mirarnos.

Sonreía.

Pero conocía esa sonrisa.

Era la misma que aparecía cada vez que intentaba ser fuerte por los dos.

Tomó mi mano una última vez.

—Ve a conquistar París, Eli.

Sentí cómo se me humedecían los ojos.

—Y tú Oxford.

Permanecimos unos segundos en silencio.

Ninguno quería ser el primero en soltar la mano del otro.

Hasta que tuve que hacerlo.

Retrocedí un paso.

Luego otro.

Sin dejar de mirarlo.

Él seguía allí.

Con las manos en los bolsillos.

Observándome con esa calma que siempre conseguía hacerme sentir en casa.

Le regalé una última sonrisa antes de girarme hacia la puerta de embarque.

No miré atrás.

No porque no quisiera.

Sino porque sabía que, si lo hacía, no tendría fuerzas para subir a ese avión.

A veces, amar también significa seguir caminando, incluso cuando todo dentro de ti quiere quedarse.

Y mientras avanzaba hacia la puerta de embarque, tuve una certeza tan absurda como reconfortante.

Si el destino realmente escribía historias de amor...

Algún día encontraría el camino de regreso hasta nosotros.



#2506 en Novela romántica

En el texto hay: destino, reencuentro, amor

Editado: 09.07.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.